domingo, 23 de agosto de 2026

 

EL VIGESIMOSEXTO PEDO

Dicen los expertos que una persona sana expulsa entre doce y veinticinco pedos al día.

Me tranquiliza saber que la ciencia se ocupa de estas cosas. Mientras nosotros investigamos quién se ha tirado uno en el ascensor, hay científicos averiguando si era el decimotercero o el vigesimocuarto.

Por debajo de doce, al parecer, podríamos tener un problema intestinal. Uno se tira solo once y debe pedir hora con el digestólogo.

—Doctor, estoy preocupado.

—¿Dolor abdominal?

—No. Me falta uno.

El médico te mira con gravedad, te ausculta y te receta un plato de lentejas. Si no funciona, resonancia magnética.

Lo que ninguna fuente explica es qué ocurre cuando superamos los veinticinco. Existe un vacío legal y sanitario preocupante. Hasta el vigesimoquinto eres una persona saludable; en el vigesimosexto, el diagnóstico deja de ser intestinal y pasa a ser moral: eres un guarro con emisiones acreditadas.

Porque una cosa es la salud y otra la convivencia.

El pedo, mientras permanece dentro, pertenece al ámbito de la intimidad. Está protegido por la Constitución, el secreto médico y, probablemente, la normativa europea de protección de gases personales. Pero cuando sale, adquiere naturaleza pública. Deja de ser un asunto de tu colon y pasa a formar parte del aire que respiramos todos.

Mi mujer, desde que conoce la estadística, ha comenzado a llevar la cuenta.

—Ese es el dieciocho —me dijo ayer.

—No puedes demostrar que haya sido yo.

—Estamos solos.

—Eso es un indicio, no una prueba.

A partir del número veinte empecé a administrarlos con prudencia. Reservé dos para después de cenar y guardé los tres últimos para emergencias. Nunca se sabe cuándo puede presentarse una fabada o una reunión familiar.

También he descubierto que hay pedos que deberían contar doble. El silencioso con consecuencias, por ejemplo. Ese que no se oye, pero consigue que seis personas abandonen una habitación culpando al perro. Y luego está el pedo con reincidencia: parece uno, pero regresa a los pocos segundos acompañado de sus familiares.

Lo sorprendente es que esta estadística también se aplica a las mujeres. Por fin hemos alcanzado la igualdad en algo verdaderamente importante. El intestino no entiende de sexo, ideología ni clase social. Puede distinguir entre una ensalada y un cocido, pero no entre un consejero delegado y un becario.

Aunque la sociedad sí distingue.

El pedo de un hombre se recibe con resignación antropológica: «Son cosas de hombres». El de una mujer provoca una crisis cultural. Hay personas convencidas de que ellas no expulsan gases, sino que liberan pequeñas brisas perfumadas con aroma de lavanda.

Propongo que Sanidad reparta contadores, como los podómetros. Una pulsera que vibre a partir del número veinte:

«Le quedan cinco emisiones saludables».

En el veinticinco aparecería una felicitación:

«Objetivo diario alcanzado».

Y en el veintiséis, una advertencia:

«Abra una ventana. Su salud continúa siendo excelente, pero su matrimonio corre peligro».

Porque ese es el límite que los científicos todavía no se han atrevido a fijar. Por debajo de cierta cantidad puede haber un problema intestinal. Por encima, quizá el intestino funcione perfectamente.

Lo que empieza a fallar es la educación.

«El escepticismo, lejos de volver perezosa a la razón humana en la búsqueda de la verdad, la despierta al esfuerzo más intenso.» (Gottlob Ernst Schulze nacido el 23 de agosto de 1761 para ser filósofo y un furibundo adversario de Kant. Lamentablemente para él la gente hicimos más caso a éste último ¿o no?)

Y allá por 1961 causaba furor el ritmo y la canción de Chubby Checker, Let's Twist Again. Anda que no hemos intentado bailarla veces a riesgo de partirnos la cadera.

Encara no

Quan l’orquestra va anunciar el twist, la Mercè deixà el bastó recolzat a la cadira. En Miquel, que feia trenta anys que no li demanava res sense rondinar, li allargà la mà.

Ballaren malament, com abans, quan encara tenien futur i cap ritme. Els fills reien; els nets gravaven.

En acabar, ella recuperà el bastó i ell, l’orgull.

—Demà hi tornem?

La Mercè se’l mirà de costat.

—Demà no. Però no esperis trenta anys.

L’orquestra ja tocava una altra cosa. Ells encara no.


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