EL MAR NO PASA LISTA
Todas
las mañanas, Nayah llegaba al puerto con una mochila llena de cuadernos que no
abría. A sus padres les decía que iba al instituto. El instituto la anotaba
como ausente. Al mar no tenía que darle explicaciones.
Se
bajaba del autobús en el paseo marítimo y dejaba la mochila en el minimercado
de Salim.
—Algún
día tendrás que entrar en clase —le decía él.
—Algún
día volveré a Bata.
Salim
no discutía. Quizá también guardaba una ciudad dentro y sabía que hay lugares
de los que uno se marcha sin conseguir abandonarlos.
Su
familia había huido de Guinea Ecuatorial. Sus padres llamaban a aquello empezar
de nuevo. Nayah lo llamaba exilio, aunque nunca en voz alta. Se ponía los
auriculares sin música y caminaba junto al puerto mientras fingía no escuchar.
—¿Qué
hace una niña negra sola todo el día?
—A
estos les dan casa y todavía se quejan.
—Vigila
la cartera.
Las
frases la seguían unos metros y después regresaban a sus dueños, satisfechas de
haber cumplido con su deber.
Al
llegar a la playa se quitaba las zapatillas, enterraba los pies en la arena y
miraba el horizonte. Al otro lado no estaba Bata, pero Nayah pensaba que todas
las aguas terminaban encontrándose. Eso le bastaba.
Cada
día se internaba un poco más. Dentro del mar nadie le preguntaba de dónde era,
ni le recomendaba volver a su país, ni pronunciaba su nombre con esa lentitud
que utilizan algunos para hablar con quien consideran inferior. Allí podía
cerrar los ojos y escuchar a sus amigas llamándola por el apodo que nadie
conocía en aquella ciudad.
Aquel
último día de junio, el cielo estaba bajo y el agua, inquieta. Nayah avanzó
hasta dejar de hacer pie.
Por
primera vez desde que llegó, se sintió ligera.
Una
corriente le rodeó las piernas. Después la cintura. Después el pecho.
—Tranquila,
ya estás conmigo —oyó.
No
supo si era el mar o su propia voz pronunciada, por fin, sin miedo.
A la
mañana siguiente, las olas devolvieron una de sus zapatillas.
La
mochila continuó junto a la caja del minimercado, esperando que Nayah volviera
tarde, como todos los días.
«De hombres de acción
somos ricos; pobres, de pensamiento director.» (Manuel Sales y Ferré nacido el
22 de agosto de 1843 en Ulldecona ya dejó claro en esa frase, su crítica a una
Espanya inclinada a actuar e improvisar antes que a reflexionar, planificar y
fundamentar sus decisiones)
Les coses canvien
Cada vespre, en Miquel li deia:
—Tranquil·la. Les coses
canviaran.
Ho
repetia quan tallaven la llum, quan el noi tornava sense feina, quan la nevera
començava a parlar amb veu de buit.
Ella assentia i posava dos plats.
Un dimarts, en Miquel va arribar
amb roses i una maleta.
—Ho veus? Ja han canviat.
Ella li va obrir la porta, li
besà la galta i es quedà les roses.
Feia mesos que només parava taula
per costum

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