ENTRE DOS PISOS
El
ascensor se detuvo entre el cuarto y el quinto con un temblor breve, casi
educado. Después se apagó la pantalla y quedó encendida una luz amarillenta que
nos hizo parecer más íntimos de lo que éramos.
Ella
pulsó la alarma. La voz del técnico prometió quince minutos, que en un ascensor
son una indiscreción.
Se
quitó el abrigo. Al doblarlo, su codo rozó mi camisa. Ninguno pidió disculpas.
Olía a lluvia atrapada en la lana y a algo cítrico que no supe identificar. Yo
me aflojé la corbata. Ella siguió el movimiento con los ojos y luego fingió
interesarse por los números apagados.
—¿Le
incomodan los espacios cerrados? —preguntó.
—Solo
cuando estoy solo.
Sonrió
sin mirarme.
Un
mechón le cayó sobre la mejilla. Lo apartó una vez. Volvió a caer. A la tercera
levanté la mano, pero me detuve antes de tocarla. Ella vio el gesto y no movió
la cabeza.
Entonces
el ascensor dio una sacudida. Su palma quedó apoyada sobre mi pecho. Noté la
presión de sus dedos, su respiración demasiado cerca y el silencio exacto en
que una desconocida deja de serlo.
La
cabina reanudó la marcha. Ella retiró la mano con lentitud.
Cuando
las puertas se abrieron, ninguno de los dos recordó enseguida que aquello era
lo que estábamos esperando.
«El mundo ya no puede
mantenerse unido; se desmorona.» (Esto que cualquiera de nosotr@s puede
suscribirlo hoy, ya lo dijo Ferdinand Friedrich Zimmermann nacido el 14 de
agosto de 1898; coqueteó con los nazis y fue un convencido antisemita aunque
hoy día para alguna izquierda “chupiguay” sería un mérito. Lo dicho: el mundo
se va a la mierda)
James Horner que hoy cumpliría 73 años se "hundió" a los 62 no como su Titanic que se fué a pique en su primer viaje.
La
promesa de tercera classe
A
tercera classe, en Miquel va prometre a l’Anna que, a Amèrica, tindrien
finestres. A coberta, els rics brindaven perquè el mar semblava haver après
modals. Quan el vaixell tremolà, ningú no interrompé l’orquestra: els pobres ja
coneixien aquell so; era el mateix que feia la vida abans d’enfonsar-los.
Ell
li donà l’abric i mentí:
—Només
és una maniobra.
L’Anna
li agafà la mà. A l’horitzó, Nova York continuava encesa dins dels seus ulls.
L’endemà,
només hi arribà la promesa.

A veces un ascensor averiado no es una avería, sino una oportunidad. Quince minutos pueden ser suficientes para que dos desconocidos dejen de serlo… y para que, al abrirse las puertas, algo quede irremediablemente cerrado entre ellos.
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