miércoles, 2 de septiembre de 2026

 

BESO UNO, GRANDE Y, SOBRE TODO, LIBRE


El viernes por la noche dejaste el móvil boca abajo sobre la mesa.

—Este fin de semana quiero mil besos —dijiste.

—¿Mil exactos?

—Mil para empezar. Luego cien. Después otros mil. Luego cien más…

Te miré con la seriedad que exigen los asuntos importantes.

—Tendremos que llevar la cuenta.

—Ni se te ocurra.

Y me besaste.

Uno.

El segundo llegó mientras abría una botella de vino. El tercero, cuando fingiste ayudarme con la cena y acabaste robándome un trozo de queso. Del cuarto al decimoséptimo perdimos toda precisión porque nos dio la risa. El ciento y pico debió de llegar en el sofá. O quizá en la cocina. Hubo algunos lentos, otros robados, muchos torpes y uno especialmente largo que merecía contar por doce.

El sábado ya habíamos abandonado cualquier disciplina matemática.

Nos besamos al despertar, aún con la boca llena de sueño. En el ascensor. En mitad de una calle. Esperando que cambiara un semáforo. Después de discutir por una tontería que ninguno recordaba diez minutos más tarde.

—¿Cuántos llevamos? —pregunté.

—Los suficientes para que alguien empiece a tenernos envidia.

Así que decidimos hacer lo que aconsejaban los antiguos: embrollar la cuenta.

Mil, cien, dos mil, uno, quinientos, catorce, ninguno.

El domingo por la tarde llegó demasiado pronto.

Preparaste tu bolso. Yo recogí dos copas abandonadas desde la noche anterior. En la puerta nos quedamos mirándonos con esa expresión un poco estúpida que se nos pone cuando sabemos que algo se acaba aunque solo sea un fin de semana.

Entonces me besaste otra vez.

No fue el más largo.

Ni el más apasionado.

Ni siquiera sé qué número le correspondía.

Fue simplemente un beso que no pedía nada, no prometía nada y no pertenecía a nadie.

Por eso comprendí que Catulo se había equivocado en una sola cosa.

No necesitábamos miles.

Nos bastaba uno.

Grande y, sobre todo, libre.

«Millones siguen viviendo en la necesidad, a pesar de que nuestra capacidad de producir se ha multiplicado enormemente.» (Y desde que se pronunció la frase de Hans Jæger nacido el 2 de setiembre de 1854 hasta hoy, los números de la producción se han elevado a la enésima potencia, así que hacer la cuenta de cuántos millones siguen viviendo en la necesidad)

Y como hoy va de besos los vamos a sellar; para que no se nos escapen. Eso cantaba Brian Hyland en 1962... aunque la canción no es suya y es de 1960


No hi ha petons al setembre

Es van acomiadar al juny amb un petó llarg i una promesa curta:

—Al setembre.

Durant l’estiu, ell li va escriure cada dia. Cartes plenes de mar, desig i nits sense ella. Abans de tancar cada sobre, besava el paper.

Ella no en va respondre cap.

El primer de setembre, ell va esperar-la a l’estació amb l’última carta a la butxaca.

Va arribar el tren. Després un altre.

Ella, no.

Aquella nit va obrir la carta que mai havia enviat.

Només hi havia escrit:

«Si tornes, no cal que contestis.»

I va besar-la per última vegada.


1 comentario:

  1. 💋Uno para cada recuerdo,
    uno para cada despedida,
    uno para las noches en que te pensé
    sin saber si tú también lo hacías.
    Y el último, el 1001,
    me lo guardé para mañana.
    Por si vuelves.

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