BESO UNO, GRANDE Y, SOBRE TODO, LIBRE

El
viernes por la noche dejaste el móvil boca abajo sobre la mesa.
—Este
fin de semana quiero mil besos —dijiste.
—¿Mil
exactos?
—Mil
para empezar. Luego cien. Después otros mil. Luego cien más…
Te
miré con la seriedad que exigen los asuntos importantes.
—Tendremos
que llevar la cuenta.
—Ni
se te ocurra.
Y me
besaste.
Uno.
El
segundo llegó mientras abría una botella de vino. El tercero, cuando fingiste
ayudarme con la cena y acabaste robándome un trozo de queso. Del cuarto al
decimoséptimo perdimos toda precisión porque nos dio la risa. El ciento y pico
debió de llegar en el sofá. O quizá en la cocina. Hubo algunos lentos, otros
robados, muchos torpes y uno especialmente largo que merecía contar por doce.
El
sábado ya habíamos abandonado cualquier disciplina matemática.
Nos
besamos al despertar, aún con la boca llena de sueño. En el ascensor. En mitad
de una calle. Esperando que cambiara un semáforo. Después de discutir por una
tontería que ninguno recordaba diez minutos más tarde.
—¿Cuántos
llevamos? —pregunté.
—Los
suficientes para que alguien empiece a tenernos envidia.
Así
que decidimos hacer lo que aconsejaban los antiguos: embrollar la cuenta.
Mil,
cien, dos mil, uno, quinientos, catorce, ninguno.
El
domingo por la tarde llegó demasiado pronto.
Preparaste
tu bolso. Yo recogí dos copas abandonadas desde la noche anterior. En la puerta
nos quedamos mirándonos con esa expresión un poco estúpida que se nos pone
cuando sabemos que algo se acaba aunque solo sea un fin de semana.
Entonces
me besaste otra vez.
No
fue el más largo.
Ni
el más apasionado.
Ni
siquiera sé qué número le correspondía.
Fue
simplemente un beso que no pedía nada, no prometía nada y no pertenecía a
nadie.
Por
eso comprendí que Catulo se había equivocado en una sola cosa.
No
necesitábamos miles.
Nos
bastaba uno.
Grande
y, sobre todo, libre.
«Millones siguen
viviendo en la necesidad, a pesar de que nuestra capacidad de producir se ha
multiplicado enormemente.» (Y desde que se pronunció la frase de Hans Jæger
nacido el 2 de setiembre de 1854 hasta hoy, los números de la producción se han
elevado a la enésima potencia, así que hacer la cuenta de cuántos millones
siguen viviendo en la necesidad)
Y como hoy va de besos los vamos a sellar; para que no se nos escapen. Eso cantaba Brian Hyland en 1962... aunque la canción no es suya y es de 1960
No hi ha petons al setembre
Es
van acomiadar al juny amb un petó llarg i una promesa curta:
—Al
setembre.
Durant
l’estiu, ell li va escriure cada dia. Cartes plenes de mar, desig i nits sense
ella. Abans de tancar cada sobre, besava el paper.
Ella
no en va respondre cap.
El
primer de setembre, ell va esperar-la a l’estació amb l’última carta a la
butxaca.
Va
arribar el tren. Després un altre.
Ella,
no.
Aquella
nit va obrir la carta que mai havia enviat.
Només
hi havia escrit:
«Si
tornes, no cal que contestis.»
I va
besar-la per última vegada.
💋Uno para cada recuerdo,
ResponderEliminaruno para cada despedida,
uno para las noches en que te pensé
sin saber si tú también lo hacías.
Y el último, el 1001,
me lo guardé para mañana.
Por si vuelves.