miércoles, 30 de septiembre de 2026

 

MORIRSE NO BASTA

Me morí un martes a las siete y cuarenta y tres de la tarde.

A las siete y cuarenta y cuatro ya constaba como fallecido en el hospital, pero seguía vivo en todas las demás partes.

Para la medicina estaba muerto. Para internet, solo llevaba un minuto sin actividad.

Mi familia organizó el funeral con relativa facilidad. Tuvieron que decidir entre entierro o incineración, escoger una urna, redactar una esquela y seleccionar una fotografía en la que yo pareciera menos muerto de lo que estaba.

Lo complicado empezó después.

—Habrá que cancelar sus cuentas —dijo mi hija.

Mi mujer creyó que se refería a las bancarias. Todavía pertenecía a una generación para la que las cuentas contenían dinero.

Mi hija hablaba del correo electrónico, las redes sociales, el almacenamiento en la nube, las plataformas de televisión, las suscripciones, el blog, las fotografías, los libros digitales y un monedero de criptomonedas donde, según parece, yo guardaba catorce euros y la esperanza de hacerme rico algún día.

Les dejé la vivienda, algunos ahorros, mis libros y una colección de discos que nadie quería. Sin embargo, no dejé instrucciones sobre los veintitrés mil correos electrónicos, las cuarenta y ocho mil fotografías y los siete documentos titulados «Novela definitiva», «Novela definitiva corregida» y «Novela definitiva ahora sí».

El notario nunca me preguntó por ellos.

Tampoco yo pensé que mi vida pudiera acabar repartida entre servidores de países que no sabría colocar en un mapa.

Mi hija intentó entrar en el teléfono. Necesitaba mi clave. Probó con mi fecha de nacimiento, la de mi mujer, la de su boda y el año en que ganó la Liga el Barça. Nada.

Durante unos segundos contempló la posibilidad de acercar el aparato a mi rostro dentro del ataúd.

Finalmente lo hizo.

El teléfono me observó.

—Rostro no reconocido.

Confieso que me dolió. Uno espera que, después de tantos años juntos, al menos el teléfono lo reconozca a uno de cuerpo presente.

Después pidió que abriera los ojos.

La tecnología tiene maneras muy educadas de ser cruel.

Las plataformas exigieron certificados de defunción, documentos de identidad, pruebas de parentesco y formularios distintos para acreditar que yo era yo, que estaba muerto y que quienes afirmaban quererme no intentaban apropiarse fraudulentamente de mis fotografías de Benidorm.

Morirse no era suficiente.

Había que demostrarlo.

Una red social ofreció convertir mi perfil en una cuenta conmemorativa. A mi mujer no le gustó la idea.

—Yo no necesito que una empresa me diga cómo recordarlo.

Pero la empresa sí necesitaba saber cómo rentabilizar mi recuerdo.

Durante semanas, mi perfil siguió recomendando amistades, sugiriendo compras y recordando aniversarios. Incluso felicitó a mi mujer por nuestros cuarenta años de matrimonio. Ella lloró delante de la pantalla. No supe si por mí o porque el algoritmo había sido el único que se acordó.

Llegó mi cumpleaños.

La aplicación invitó a todos a escribirme unas palabras. Algunos lo hicieron.

«Muchas felicidades, amigo. A ver cuándo nos vemos.»

Dos recibieron varios “me gusta”.

Uno añadió una tarta.

Nunca tuve tanta actividad social como después de muerto.

Mientras tanto, mis fotografías permanecían en la nube. Allí estaban los nacimientos, los viajes, las Navidades, las comidas familiares, los amigos que murieron antes que yo y una última imagen de mi mujer desayunando junto a la ventana. No sabía que la había tomado. Tampoco ella sabía que existía.

Pero nadie podía descargarla.

Legalmente era un recuerdo familiar. Técnicamente pertenecía a una cuenta bloqueada. Sentimentalmente era de mi mujer. En la práctica estaba secuestrada por una contraseña.

También quedaron allí mis conversaciones privadas.

Ese fue el asunto que más me preocupó después de morir.

Uno desea que sus seres queridos conserven sus recuerdos, pero no necesariamente todos. Queremos ser recordados, no registrados. Amados, no auditados.

Había mensajes escritos durante noches de insomnio, enfados que no significaron nada, búsquedas absurdas, confidencias ajenas y palabras que solo tenían sentido cuando todavía podía explicarlas.

La muerte impide ejercer el derecho de réplica.

Un mes después llegó el cargo por el almacenamiento digital: dos euros con noventa y nueve céntimos.

El banco preguntó a mi mujer si quería cancelar la suscripción.

Ella miró la pantalla durante un rato.

—Todavía no —respondió.

Desde entonces paga cada mes por conservar una vida a la que no puede entrar.

Mi cuerpo ocupa una urna en el salón. Mis recuerdos, doscientos gigabytes en algún lugar del mundo.

La urna está pagada.

La eternidad cuesta dos euros con noventa y nueve al mes y depende de que no caduque la tarjeta.

«No me importa lo que digan de mí, siempre que no sea verdad.» (Truman Capote es el autor de la frase la cual suscribo en su integridad. Hoy hubiese cumplido 102 años. Se quedó en 59)

Y en setiembre de 1965 una de las canciones más escuchadas en todo el mundo era la del vídeo, Hang On Sloopy (Aguanta Sloopy) versionada por The McCoys.


Encara sabia aguantar

A la Sílvia li deien Sloopy perquè ballava com si ningú hagués inventat encara la vergonya.

Aquell setembre del 65, al casal, posaven el mateix disc tres vegades cada nit.

Jo no ballava. L’esperava fora, recolzat a la Vespa del meu germà, fingint que fumava.

Dissabte em va agafar de la mà.

—Avui no t’escapes.

Vaig durar mitja cançó abans de trepitjar-li el peu.

Ella va riure.

Cinquanta anys després, quan ja no recordava el meu nom, vaig posar-li aquella cançó.

Va moure els dits sobre el llençol.

Encara sabia aguantar.


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