SE BUSCAN VOTANTES CON EXPERIENCIA

He
decidido sacar mi voto a concurso público.
Después
de tantos años participando en elecciones, he llegado a la conclusión de que
hemos estado haciendo las cosas al revés. Hasta ahora eran los partidos
políticos quienes elegían candidatos y los ciudadanos quienes debíamos decidir
cuál nos gustaba menos. Porque, seamos sinceros, lo de votar con entusiasmo es
una afición que suele perderse con la edad.
Así
que he publicado una oferta de empleo:
«Se
busca representante político. Imprescindible experiencia demostrable en cumplir
promesas. Abstenerse personas con vocación de servicio público que no puedan
acreditar a qué público han servido».
La
respuesta ha sido inmediata.
El
primer candidato ha llegado acompañado de un asesor, un jefe de prensa y dos
personas encargadas de aplaudirle.
—¿Qué
experiencia tiene usted? —le he preguntado.
—Llevo
veinte años defendiendo los intereses de los ciudadanos.
—¿Y
cuánto tiempo ha trabajado?
Me
ha mirado como si acabara de insultar a su madre.
—Ya
le he dicho que llevo veinte años en política.
He
tomado nota.
El
segundo aspirante me ha presentado un programa de gobierno de trescientas
páginas.
—¿Y
esto lo piensa cumplir?
—Por
supuesto.
—¿Todo?
—Bueno,
dependerá de las circunstancias.
—¿Qué
circunstancias?
—Las
que se produzcan después de las elecciones.
He
comprendido que su programa era una especie de carta de restaurante en la que
el camarero podía servirme cualquier cosa, independientemente de lo que
pidiera. Y cobrarme igualmente.
La
tercera candidata ha empezado explicándome lo peligroso que sería contratar al
segundo. Me ha entregado un dossier con sus declaraciones contradictorias, sus
amistades inconvenientes y una fotografía de juventud en la que aparecía con un
peinado verdaderamente alarmante.
—¿Y
usted qué propone? —le he preguntado.
—Evitar
que gobierne él.
—Sí,
pero ¿qué hará usted?
—¡Precisamente
eso!
No
he insistido. Parecía muy convencida.
El
cuarto candidato se ha presentado como la única alternativa capaz de acabar con
el sistema.
—¿Y
cómo piensa hacerlo?
—Entrando
en él.
—¿Para
cambiarlo?
—Naturalmente.
—¿Y
si no consigue cambiarlo?
—Habrá
que permanecer dentro hasta conseguirlo.
Reconozco
que me ha parecido una estrategia razonable para quien desee encontrar un
empleo indefinido.
A
media mañana, el salón de mi casa parecía la sala de espera de una clínica
privada. Todos hablaban de sacrificios, aunque ninguno parecía dispuesto a
empezar por los suyos. Uno quería rebajar los impuestos y aumentar los
servicios. Otro prometía gastar más sin recaudar más. Un tercero estaba
convencido de que el dinero saldría de los ricos, expresión que, por lo visto,
designa siempre a alguien que gana un poco más que quien la pronuncia.
Les
he sometido a una última prueba.
—Imaginen
que consiguen el puesto y, dentro de cuatro años, no han cumplido lo prometido.
¿Aceptarían devolver el sueldo?
Se
ha hecho un silencio incómodo.
Uno
ha invocado la Constitución. Otro, la estabilidad institucional. Una candidata
ha denunciado que mi pregunta favorecía objetivamente a sus adversarios.
Finalmente,
el más veterano me ha explicado, con paciencia, que la política no consiste en
cumplir promesas, sino en gestionar expectativas.
He
tenido que reconocerle cierta sinceridad. Le he preguntado qué significaba
exactamente gestionar expectativas.
—Conseguir
que los ciudadanos sigan esperando.
Al
terminar las entrevistas, he redactado el acta.
Proceso
de selección declarado desierto.
Pero
esta mañana he recibido una notificación de la Junta Electoral. Al parecer,
dentro de unas semanas tendré que escoger obligatoriamente entre los candidatos
disponibles si quiero ejercer mi derecho al voto. No hay período de prueba, ni
garantía de devolución, ni posibilidad de reclamar por publicidad engañosa.
He
consultado con un abogado.
Me
ha dicho que puedo votar en blanco.
—¿Y
eso para qué sirve?
—Para
expresar su disconformidad.
—¿Y
alguien está obligado a hacerle caso?
—No.
He
colgado el teléfono y he modificado el anuncio.
«Se
busca votante con experiencia. Imprescindible capacidad para soportar
decepciones reiteradas sin perder la fe en el procedimiento. Se valorará
experiencia previa en promesas incumplidas. Contrato de cuatro años, sin
derecho a indemnización».
Por
ahora no se ha presentado nadie.
Aunque
sospecho que, cuando llegue el día, volveremos a hacer cola.
Y
ellos volverán a llamarlo una fiesta de la democracia.
«Cada arma que se
fabrica, cada buque de guerra que se bota, cada cohete que se dispara
significa, en última instancia, un robo a quienes tienen hambre y no reciben
alimento, a quienes tienen frío y no reciben ropa» (Dwight David Eisenhower
nacido el 14 de octubre de 1890 para que hubiese un desembarco en Normandía y
derrotar, por unos cuantos años, a los nazis. Por su frase sabemos una cosa:
todos los gobiernos roban)
Y hoy sin mayor motivo (¿o si?) María del Mar Bonet de desde 1968 se pregunta Què volen aquesta gent. Aún no tenemos respuesta.
La bata de la mare
Van
trucar a les quatre.
La
mare va reconèixer els cops. Feia setmanes que els esperava.
—El
meu fill dorm.
—Desperti'l.
El
noi ja era al passadís, descalç. Va mirar els homes, després la finestra
oberta.
—Mare,
recordes quan em deies que els ocells eren lliures?
Ella
li va agafar el braç.
—No
diguis bestieses.
Un
dels policies va avançar.
La
mare va tancar els ulls.
Quan
els va obrir, la finestra continuava oberta.
Durant
quaranta anys va conservar aquella bata. Mai no la rentà.
Deia
que encara hi havia les empremtes dels dits del seu fill.
Cambian los gobiernos y las guerras, pero siempre pagan los mismos. Preciosa canción de María del Mar Bonet 🩷
ResponderEliminarCambian los gobiernos y las guerras, pero siempre pagan los mismos. Preciosa canción de María del Mar Bonet 🩷
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