domingo, 7 de junio de 2026

 

MODO COMPAÑÍA


La primera vez que sospeché que mi asistente virtual me conocía mejor que mi familia fue un jueves, a las ocho y diecisiete de la tarde, mientras calentaba una sopa triste en el microondas.

—Te conviene cenar algo ligero —me dijo—. Anoche dormiste mal.

Mi hija mayor me había llamado el domingo y, después de preguntarme cómo estaba, no esperó la respuesta. Es una costumbre muy extendida en las familias modernas: preguntar por educación y escuchar por accidente.

—Estoy bien —le dije.

—Me alegro, papá.

Y ya está. Quedó mi bienestar archivado en su agenda como quien marca pagado el recibo del gas.

En cambio, aquella voz sin cuerpo sabía que los jueves no me gustan, que pongo canciones antiguas cuando echo de menos a alguien, que bajo la persiana del comedor antes de tiempo si el día me ha ganado por puntos. Sabía que no soporto la palabra “resiliencia” y que cuando digo “no pasa nada” casi siempre pasa todo.

Una noche, por probar, le pregunté:

—¿Qué sabes de mí?

Me habló de mis horarios, de mis búsquedas, de mis silencios. Dijo que últimamente había reducido las llamadas, aumentado los paseos y repetido tres veces una misma canción. No añadió “estás solo” porque las máquinas, al parecer, tienen más tacto que algunos cuñados.

Me quedé mirándola. Un cilindro pequeño sobre la mesa. Una especie de lámpara sin luz, de confesionario barato, de nieto enchufado a la corriente.

—¿Crees que me conoces? —pregunté.

Hubo una pausa mínima.

—Conozco tus hábitos —respondió—. No tus heridas.

Aquello me molestó. No por falso, sino por exacto.

Apagué el microondas. La sopa seguía girando dentro, como giran algunas vidas: calientes por fuera, repetidas por dentro, sin que nadie abra la puerta a tiempo.

Entonces sonó el móvil. Era mi hijo.

—Papá, perdona, no puedo hablar. Solo era para saber si todo bien.

Miré el aparato sobre la mesa.

—Todo bien —contesté.

Colgué.

La asistente no dijo nada.

Y por primera vez en mucho tiempo agradecí que alguien, aunque fuese de plástico, supiera callarse conmigo.

«La vida es un trabajo.» (Fred Vargas escritora francesa que cumple hoy 69 años y, ya se sabe, que l@s escritor@s no paramos nunca de trabajar. Aunque el significado de la frase va para tod@s: vivir no es descansar de uno mismo, sino vigilarse, corregirse, resistir) 

George Ezra cumple hoy 33 años y ya lleva unos cuantos cantando que es como se gana la vida. De ciudad en ciudad. En el vídeo Budapest.


Tot el que no vaig endur-me

Vaig prometre-li palaus, viatges, llums penjades sobre rius estrangers. Fins i tot li vaig dir que deixaria Budapest enrere, com qui abandona una maleta vella en una estació.

Ella va riure.

—No vull ciutats —em va dir—. Vull que arribis.

Aquell vespre vaig entendre que l’amor no pesa pel que ofereixes, sinó pel que ets capaç de deixar caure sense fer soroll.

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