AL
OTRO LADO DE LA CALLE

Volvía a casa pasada la
medianoche. Delante de mí caminaba una mujer joven. Veinte metros, quizá
treinta. Los suficientes para que ninguno de los dos tuviera que preocuparse
del otro.
Eso creía yo.
En la primera esquina giró la
cabeza. Apenas un segundo. Luego aceleró el paso.
Yo seguí andando.
En la siguiente calle volvió
a mirar. Esta vez pude verle la cara. No me estaba mirando. Me estaba
vigilando.
Instintivamente comprobé mi
aspecto como si pudiera verlo desde fuera: vaqueros, chaqueta oscura, manos en
los bolsillos. Un hombre caminando de noche detrás de una mujer.
Nada más.
Y, precisamente, todo eso.
Ella sacó el móvil. Habló con
alguien.
—Sí, ya llego… Estoy entrando
en mi calle.
No sé si había alguien al
otro lado.
Después vi su mano derecha.
Llevaba unas llaves entre los dedos. No en la palma. Entre los dedos, como
pequeñas cuchillas domésticas.
Me molestó.
No ella. Me molestó pensar
que pudiera tenerme miedo. Yo, que no había hecho nada. Yo, que jamás…
Entonces me detuve.
Porque ahí estaba el error.
Ella no tenía por qué saber
quién era yo. No conocía mis buenas intenciones, mi educación, mis antecedentes
penales inexistentes ni que seguramente, al llegar a casa, me pondría el pijama
y abriría la nevera buscando algo dulce.
Solo sabía que un desconocido
caminaba detrás de ella a las doce y media de la noche.
Crucé de acera.
La mujer volvió la cabeza. Me
vio alejarme por el otro lado y guardó lentamente las llaves en el bolso.
Seguí andando.
Unos minutos después vibró mi
móvil.
Era un mensaje de mi hija:
«Papá, ya estoy en casa ❤️».
Le contesté con otro corazón.
Y aquella noche comprendí
algo bastante incómodo: yo había pasado unos segundos preocupado porque una
desconocida pudiera confundirme con un hombre peligroso.
Ella había pasado varios
minutos preocupada porque quizá no se estuviera confundiendo.
«El hombre debe escoger entre
ser rico en cosas o en la libertad de usarlas» (Iván Illich nacido el 4 de
setiembre de 1926 para ser anarquista y pedagogo. La paradoja en una sola
frase: consumir más nos lleva a la pérdida de autonomía)
Y hoy, sin más, una canción de 1951 compuesta por Quintero, León y Quiroga, popularizada por las más grande, la Lola en 1953 e interpretada en el vídeo por el violín de Ara Malikian para ponerte los pelos como escarpias.
LA CADIRA
BUIDA
Cada nit
parava taula per a dos.
Els veïns
deien que s’havia tornat boja. Feia vint anys que ell havia mort.
Ella somreia,
servia el vi, deixava el pa al seu costat i explicava com li havia anat el dia.
Una nit, però,
només va posar un plat.
Va sopar en
silenci.
Després va
recollir la cadira d’ell i la va baixar al carrer.
L’endemà, una
veïna li preguntà si finalment l’havia oblidat.
—No. He après
a recordar-lo sense convidar la pena a sopar.
I aquella nit
va obrir una ampolla bona.
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