viernes, 4 de septiembre de 2026

 

AL OTRO LADO DE LA CALLE

Volvía a casa pasada la medianoche. Delante de mí caminaba una mujer joven. Veinte metros, quizá treinta. Los suficientes para que ninguno de los dos tuviera que preocuparse del otro.

Eso creía yo.

En la primera esquina giró la cabeza. Apenas un segundo. Luego aceleró el paso.

Yo seguí andando.

En la siguiente calle volvió a mirar. Esta vez pude verle la cara. No me estaba mirando. Me estaba vigilando.

Instintivamente comprobé mi aspecto como si pudiera verlo desde fuera: vaqueros, chaqueta oscura, manos en los bolsillos. Un hombre caminando de noche detrás de una mujer.

Nada más.

Y, precisamente, todo eso.

Ella sacó el móvil. Habló con alguien.

—Sí, ya llego… Estoy entrando en mi calle.

No sé si había alguien al otro lado.

Después vi su mano derecha. Llevaba unas llaves entre los dedos. No en la palma. Entre los dedos, como pequeñas cuchillas domésticas.

Me molestó.

No ella. Me molestó pensar que pudiera tenerme miedo. Yo, que no había hecho nada. Yo, que jamás…

Entonces me detuve.

Porque ahí estaba el error.

Ella no tenía por qué saber quién era yo. No conocía mis buenas intenciones, mi educación, mis antecedentes penales inexistentes ni que seguramente, al llegar a casa, me pondría el pijama y abriría la nevera buscando algo dulce.

Solo sabía que un desconocido caminaba detrás de ella a las doce y media de la noche.

Crucé de acera.

La mujer volvió la cabeza. Me vio alejarme por el otro lado y guardó lentamente las llaves en el bolso.

Seguí andando.

Unos minutos después vibró mi móvil.

Era un mensaje de mi hija:

«Papá, ya estoy en casa ❤️».

Le contesté con otro corazón.

Y aquella noche comprendí algo bastante incómodo: yo había pasado unos segundos preocupado porque una desconocida pudiera confundirme con un hombre peligroso.

Ella había pasado varios minutos preocupada porque quizá no se estuviera confundiendo.

«El hombre debe escoger entre ser rico en cosas o en la libertad de usarlas» (Iván Illich nacido el 4 de setiembre de 1926 para ser anarquista y pedagogo. La paradoja en una sola frase: consumir más nos lleva a la pérdida de autonomía)

Y hoy, sin más, una canción de 1951 compuesta por Quintero, León y Quiroga, popularizada por las más grande, la Lola en 1953 e interpretada en el vídeo por el violín de Ara Malikian para ponerte los pelos como escarpias.

LA CADIRA BUIDA

Cada nit parava taula per a dos.

Els veïns deien que s’havia tornat boja. Feia vint anys que ell havia mort.

Ella somreia, servia el vi, deixava el pa al seu costat i explicava com li havia anat el dia.

Una nit, però, només va posar un plat.

Va sopar en silenci.

Després va recollir la cadira d’ell i la va baixar al carrer.

L’endemà, una veïna li preguntà si finalment l’havia oblidat.

—No. He après a recordar-lo sense convidar la pena a sopar.

I aquella nit va obrir una ampolla bona.


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