¿Y USTEDES A QUÉ SE DEDICAN?
Esta
mañana he cometido la imprudencia de poner las noticias mientras desayunaba.
No
recomiendo hacerlo en ayunas.
El
café puede tomarse solo. La política española, no.
Necesita
omeprazol.
Apenas
había dado el primer sorbo cuando apareció un político diciendo que otro
político debía dimitir porque había mentido.
Inmediatamente
apareció el político acusado asegurando que quien mentía era el primero.
Después
salió un tercero explicando que los dos mentían, pero que uno mentía bastante
más.
Y
finalmente apareció un cuarto reclamando una comisión de investigación para
determinar científicamente quién era el mayor mentiroso.
Supongo
que luego crearán una subcomisión.
España
es probablemente el único país capaz de crear una comisión para investigar por
qué una comisión anterior no consiguió averiguar nada.
Seguí
desayunando.
Hablaron
de filtraciones.
De
mensajes privados.
De
informes.
De
asesores.
De
fiscales.
De
jueces.
De
audios.
De
novias.
De
hermanos.
De
esposas.
De
empresarios amigos.
De
amigos empresarios.
Solo
faltaba que apareciese algún cuñado y ya teníamos organizada la comida de
Navidad.
En
algún momento reparé en algo curioso.
Llevaba
quince minutos escuchando hablar de política y nadie había hablado de
ciudadanos.
Ni
uno.
Aquello
era como asistir a una reunión de vecinos en la que solo habla la junta de
propietarios y ninguno recuerda ya que existe el edificio.
Entonces
me hice una pregunta:
¿A
qué se dedican nuestros políticos?
No
quiero decir profesionalmente.
Eso
lo sé.
A la
política.
Pregunto
a qué dedican su extraordinaria energía.
Porque
hay que reconocerles una cosa: energía tienen.
Para
insultarse, infinita.
Para
investigarse, admirable.
Para
pedir dimisiones, olímpica.
Para
solucionar determinados problemas, parece que sufren una repentina bajada de
tensión.
Los
políticos españoles han conseguido crear una actividad económica nueva: el
político que vive pendiente del político.
Hay
diputados cuya principal ocupación parece consistir en descubrir qué hizo otro
diputado hace seis años, tres meses y catorce días.
Hay
partidos enteros dedicados a demostrar que los otros son peores.
El
programa electoral podría resumirse perfectamente así:
«Vote
por nosotros. Los otros son unos sinvergüenzas».
Y
enfrente:
«No
les vote a ellos. Los sinvergüenzas son ellos».
Magnífico.
Treinta
y cinco millones de electores convocados periódicamente para decidir qué banda
considera más indecente a la otra.
Mientras
tanto, ahí fuera existe una cosa llamada realidad.
No
sale demasiado en televisión porque tiene poca audiencia.
La
realidad es bastante vulgar.
Consiste,
por ejemplo, en levantarse a las seis de la mañana.
Coger
el metro.
Trabajar
ocho horas.
Volver
a casa.
Abrir
el frigorífico.
Mirar
la cuenta corriente.
Y
descubrir que quedan diecisiete días para terminar el mes.
Eso
no tiene épica.
No
admite rueda de prensa.
Nadie
grita «¡dimisión!» delante del recibo de la electricidad.
Aunque
ganas no faltan.
La
realidad también consiste en que un joven tenga treinta y dos años, dos
carreras, un máster, tres idiomas y una habitación alquilada.
Durante
años nos dijeron:
—Estudia.
Estudiamos.
—Prepárate.
Nos
preparamos.
—Aprende
idiomas.
Aprendimos
idiomas.
—Sé
flexible.
Nos
convertimos prácticamente en contorsionistas.
Y
cuando lo conseguimos todo nos dijeron:
—Fantástico.
Son 850 euros por la habitación.
Algo
hemos debido interpretar mal.
También
están los trabajadores pobres.
Ese
concepto me fascina.
«Trabajador
pobre».
Dos
palabras que nunca deberían haber conseguido convivir y, sin embargo, ahí
están, perfectamente casadas.
Porque
uno podía entender que alguien fuese pobre porque no tenía trabajo.
Era
terrible, pero tenía cierta lógica.
Ahora
hemos conseguido algo mucho más sofisticado:
trabajar
y seguir siendo pobre.
Eso
sí que es progreso.
Tener
empleo ya no garantiza ganarse la vida.
Garantiza
estar ocupado mientras no te la ganas.
Y
frente a todo esto nuestros representantes comparecen muy serios delante de los
micrófonos.
—Espanya va bien.
—Espanya va mal.
Depende
del micrófono.
Si
gobiernas, Espanya es prácticamente Suiza con playa.
Si
estás en la oposición, esto es Somalia con AVE.
No
parece existir término medio.
Lo
curioso es que hablan constantemente de «la gente».
La
gente quiere.
La
gente piensa.
La
gente exige.
La
gente está preocupada.
Siempre
me ha maravillado la facilidad con la que los políticos saben lo que piensa «la
gente».
Yo
conozco bastante gente y no tengo ni idea de lo que piensa.
A
veces ni siquiera sé lo que pienso yo.
Ellos,
en cambio, conocen perfectamente las inquietudes de cuarenta y tantos millones
de personas.
Debe
de existir algún grupo de WhatsApp.
«Espany entera».
Y
allí escribimos todos.
Porque
luego escuchas sus discursos y descubres que, según ellos, nuestra principal
preocupación es exactamente la misma que la suya.
Curiosa
coincidencia.
Ellos
están preocupados por ganar las próximas elecciones.
Y
nosotros, aparentemente, también.
Yo
creía que algunas personas estaban más preocupadas por encontrar piso.
Por
cobrar un sueldo decente.
Por
que les operasen antes del año que viene.
Por
conseguir una plaza en una residencia para su madre.
Por
que su hijo pudiese independizarse antes de cumplir cincuenta.
Pero
debo estar equivocado.
Lo
verdaderamente importante es quién ganó el último debate parlamentario.
Eso
parece decisivo.
Especialmente
para quien esta mañana ha recibido una carta comunicándole que le suben el
alquiler cuatrocientos euros.
Seguro
que la ha leído y ha pensado:
«Bueno,
menos mal que ayer mi diputado estuvo brillante en la réplica».
Y
así vamos.
Convertimos
la política en una serie.
Cada
temporada tiene sus villanos.
Sus
traiciones.
Sus
mensajes filtrados.
Sus
amores secretos.
Sus
investigaciones judiciales.
Sus
personajes secundarios.
Incluso
tenemos spin-offs.
Solo
falta Netflix.
El
problema es que mientras ellos protagonizan la serie, nosotros pagamos la
suscripción.
Por
eso quizá habría que recordarles algo muy sencillo.
Gobernar
no consiste exclusivamente en derrotar al adversario.
Ni
en conservar el poder.
Ni
en conseguirlo.
Ni
siquiera en tener razón.
Gobernar
debería consistir en conseguir que la vida de las personas fuese razonablemente
mejor.
No
perfecta.
Eso
sería sospechoso.
Simplemente
mejor.
Que
trabajar sirviese para vivir.
Que
una vivienda fuese un lugar donde habitar y no un producto financiero con
cuarto de baño.
Que
tener hijos no exigiese elaborar previamente un plan de viabilidad.
Que
hacerse viejo no fuese una amenaza económica.
Que
enfermar no implicase estudiar previamente el calendario.
Que
abrir un pequeño negocio no requiriese un abogado, un gestor, un ingeniero y
cierta inclinación al masoquismo.
Nada
revolucionario.
Cosas
pequeñas.
Quizá
ese sea precisamente el problema.
Las
pequeñas cosas no caben bien en los discursos.
No
queda igual decir:
«Vamos
a transformar Espanya»
que:
«Vamos
a procurar que usted llegue mejor a final de mes».
Lo
primero tiene bandera.
Lo
segundo tiene nómina.
Y
las banderas siempre salen mejor en televisión.
Esta
mañana terminé el desayuno.
En
la radio seguían hablando.
Un
político acababa de anunciar solemnemente:
—Los
ciudadanos están cansados de esta situación.
Ahí
estuve de acuerdo.
Por
fin.
Apagué
la radio.
Y
mientras metía la taza en el lavavajillas pensé que quizá nuestros políticos
deberían hacer de vez en cuando algo realmente revolucionario.
Dejar
de hablar de nosotros.
Y
empezar a escucharnos.
Aunque
solo fuera para descubrir una cosa.
Que
cuando preguntamos:
—¿Y
de lo mío, qué?
No
siempre estamos hablando de política.
Estamos
hablando de vivir.
«Los gobiernos
sucedidos sin programa concreto más que el de detentar el mando aunque sólo
fuera por unas semanas.» (Esta frase podría referirse a una situación
contemporánea pero fue escrita por Ignacio Agustí nacido Ignasi el 3 de
setiembre de 1913. Este curioso personaje escribió en catalán hasta 1936 y, ya
sabéis porqué, cambió al castellano idioma que utilizó hasta su traspaso en
1974. Tuvo la habilidad, eso si, para situarse en la “oposición” al
generalíssimooo siendo una figura central en la revista Destino y escribir en
lo más granado de los mass-media de la progresía de la época: Telexpress y
Triunfo. También presidió durante unos años l’Ateneu Barcelonés)
L’altre
jo
Cada
matí, davant del mirall, assajava ser un altre.
Un
home més valent. Més feliç. D’aquells que saben marxar abans que els abandonin.
Aquella
nit, però, el reflex no va imitar-lo.
—Ja
n’hi ha prou —va dir.
Ell
va retrocedir.
—De
què?
—De
matar-me perquè tu puguis continuar fingint.
Va
trencar el mirall d’un cop de puny.
L’endemà,
mentre recollia els vidres, va descobrir cent rostres seus escampats per terra.
Només
un somreia.
El
va guardar a la butxaca.

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