jueves, 3 de septiembre de 2026

 

¿Y USTEDES A QUÉ SE DEDICAN?


Esta mañana he cometido la imprudencia de poner las noticias mientras desayunaba.

No recomiendo hacerlo en ayunas.

El café puede tomarse solo. La política española, no.

Necesita omeprazol.

Apenas había dado el primer sorbo cuando apareció un político diciendo que otro político debía dimitir porque había mentido.

Inmediatamente apareció el político acusado asegurando que quien mentía era el primero.

Después salió un tercero explicando que los dos mentían, pero que uno mentía bastante más.

Y finalmente apareció un cuarto reclamando una comisión de investigación para determinar científicamente quién era el mayor mentiroso.

Supongo que luego crearán una subcomisión.

España es probablemente el único país capaz de crear una comisión para investigar por qué una comisión anterior no consiguió averiguar nada.

Seguí desayunando.

Hablaron de filtraciones.

De mensajes privados.

De informes.

De asesores.

De fiscales.

De jueces.

De audios.

De novias.

De hermanos.

De esposas.

De empresarios amigos.

De amigos empresarios.

Solo faltaba que apareciese algún cuñado y ya teníamos organizada la comida de Navidad.

En algún momento reparé en algo curioso.

Llevaba quince minutos escuchando hablar de política y nadie había hablado de ciudadanos.

Ni uno.

Aquello era como asistir a una reunión de vecinos en la que solo habla la junta de propietarios y ninguno recuerda ya que existe el edificio.

Entonces me hice una pregunta:

¿A qué se dedican nuestros políticos?

No quiero decir profesionalmente.

Eso lo sé.

A la política.

Pregunto a qué dedican su extraordinaria energía.

Porque hay que reconocerles una cosa: energía tienen.

Para insultarse, infinita.

Para investigarse, admirable.

Para pedir dimisiones, olímpica.

Para solucionar determinados problemas, parece que sufren una repentina bajada de tensión.

Los políticos españoles han conseguido crear una actividad económica nueva: el político que vive pendiente del político.

Hay diputados cuya principal ocupación parece consistir en descubrir qué hizo otro diputado hace seis años, tres meses y catorce días.

Hay partidos enteros dedicados a demostrar que los otros son peores.

El programa electoral podría resumirse perfectamente así:

«Vote por nosotros. Los otros son unos sinvergüenzas».

Y enfrente:

«No les vote a ellos. Los sinvergüenzas son ellos».

Magnífico.

Treinta y cinco millones de electores convocados periódicamente para decidir qué banda considera más indecente a la otra.

Mientras tanto, ahí fuera existe una cosa llamada realidad.

No sale demasiado en televisión porque tiene poca audiencia.

La realidad es bastante vulgar.

Consiste, por ejemplo, en levantarse a las seis de la mañana.

Coger el metro.

Trabajar ocho horas.

Volver a casa.

Abrir el frigorífico.

Mirar la cuenta corriente.

Y descubrir que quedan diecisiete días para terminar el mes.

Eso no tiene épica.

No admite rueda de prensa.

Nadie grita «¡dimisión!» delante del recibo de la electricidad.

Aunque ganas no faltan.

La realidad también consiste en que un joven tenga treinta y dos años, dos carreras, un máster, tres idiomas y una habitación alquilada.

Durante años nos dijeron:

—Estudia.

Estudiamos.

—Prepárate.

Nos preparamos.

—Aprende idiomas.

Aprendimos idiomas.

—Sé flexible.

Nos convertimos prácticamente en contorsionistas.

Y cuando lo conseguimos todo nos dijeron:

—Fantástico. Son 850 euros por la habitación.

Algo hemos debido interpretar mal.

También están los trabajadores pobres.

Ese concepto me fascina.

«Trabajador pobre».

Dos palabras que nunca deberían haber conseguido convivir y, sin embargo, ahí están, perfectamente casadas.

Porque uno podía entender que alguien fuese pobre porque no tenía trabajo.

Era terrible, pero tenía cierta lógica.

Ahora hemos conseguido algo mucho más sofisticado:

trabajar y seguir siendo pobre.

Eso sí que es progreso.

Tener empleo ya no garantiza ganarse la vida.

Garantiza estar ocupado mientras no te la ganas.

Y frente a todo esto nuestros representantes comparecen muy serios delante de los micrófonos.

—Espanya va bien.

—Espanya va mal.

Depende del micrófono.

Si gobiernas, Espanya es prácticamente Suiza con playa.

Si estás en la oposición, esto es Somalia con AVE.

No parece existir término medio.

Lo curioso es que hablan constantemente de «la gente».

La gente quiere.

La gente piensa.

La gente exige.

La gente está preocupada.

Siempre me ha maravillado la facilidad con la que los políticos saben lo que piensa «la gente».

Yo conozco bastante gente y no tengo ni idea de lo que piensa.

A veces ni siquiera sé lo que pienso yo.

Ellos, en cambio, conocen perfectamente las inquietudes de cuarenta y tantos millones de personas.

Debe de existir algún grupo de WhatsApp.

«Espany entera».

Y allí escribimos todos.

Porque luego escuchas sus discursos y descubres que, según ellos, nuestra principal preocupación es exactamente la misma que la suya.

Curiosa coincidencia.

Ellos están preocupados por ganar las próximas elecciones.

Y nosotros, aparentemente, también.

Yo creía que algunas personas estaban más preocupadas por encontrar piso.

Por cobrar un sueldo decente.

Por que les operasen antes del año que viene.

Por conseguir una plaza en una residencia para su madre.

Por que su hijo pudiese independizarse antes de cumplir cincuenta.

Pero debo estar equivocado.

Lo verdaderamente importante es quién ganó el último debate parlamentario.

Eso parece decisivo.

Especialmente para quien esta mañana ha recibido una carta comunicándole que le suben el alquiler cuatrocientos euros.

Seguro que la ha leído y ha pensado:

«Bueno, menos mal que ayer mi diputado estuvo brillante en la réplica».

Y así vamos.

Convertimos la política en una serie.

Cada temporada tiene sus villanos.

Sus traiciones.

Sus mensajes filtrados.

Sus amores secretos.

Sus investigaciones judiciales.

Sus personajes secundarios.

Incluso tenemos spin-offs.

Solo falta Netflix.

El problema es que mientras ellos protagonizan la serie, nosotros pagamos la suscripción.

Por eso quizá habría que recordarles algo muy sencillo.

Gobernar no consiste exclusivamente en derrotar al adversario.

Ni en conservar el poder.

Ni en conseguirlo.

Ni siquiera en tener razón.

Gobernar debería consistir en conseguir que la vida de las personas fuese razonablemente mejor.

No perfecta.

Eso sería sospechoso.

Simplemente mejor.

Que trabajar sirviese para vivir.

Que una vivienda fuese un lugar donde habitar y no un producto financiero con cuarto de baño.

Que tener hijos no exigiese elaborar previamente un plan de viabilidad.

Que hacerse viejo no fuese una amenaza económica.

Que enfermar no implicase estudiar previamente el calendario.

Que abrir un pequeño negocio no requiriese un abogado, un gestor, un ingeniero y cierta inclinación al masoquismo.

Nada revolucionario.

Cosas pequeñas.

Quizá ese sea precisamente el problema.

Las pequeñas cosas no caben bien en los discursos.

No queda igual decir:

«Vamos a transformar Espanya»

que:

«Vamos a procurar que usted llegue mejor a final de mes».

Lo primero tiene bandera.

Lo segundo tiene nómina.

Y las banderas siempre salen mejor en televisión.

Esta mañana terminé el desayuno.

En la radio seguían hablando.

Un político acababa de anunciar solemnemente:

—Los ciudadanos están cansados de esta situación.

Ahí estuve de acuerdo.

Por fin.

Apagué la radio.

Y mientras metía la taza en el lavavajillas pensé que quizá nuestros políticos deberían hacer de vez en cuando algo realmente revolucionario.

Dejar de hablar de nosotros.

Y empezar a escucharnos.

Aunque solo fuera para descubrir una cosa.

Que cuando preguntamos:

—¿Y de lo mío, qué?

No siempre estamos hablando de política.

Estamos hablando de vivir.

«Los gobiernos sucedidos sin programa concreto más que el de detentar el mando aunque sólo fuera por unas semanas.» (Esta frase podría referirse a una situación contemporánea pero fue escrita por Ignacio Agustí nacido Ignasi el 3 de setiembre de 1913. Este curioso personaje escribió en catalán hasta 1936 y, ya sabéis porqué, cambió al castellano idioma que utilizó hasta su traspaso en 1974. Tuvo la habilidad, eso si, para situarse en la “oposición” al generalíssimooo siendo una figura central en la revista Destino y escribir en lo más granado de los mass-media de la progresía de la época: Telexpress y Triunfo. También presidió durante unos años l’Ateneu Barcelonés)

Tomo Milicevic guitarrista del grupo 30 Seconds to Mars cumple hoy 47 años. Supongo que en esos años ha tenido tiempo para estar en una galaxia muy, muy lejana.


L’altre jo

Cada matí, davant del mirall, assajava ser un altre.

Un home més valent. Més feliç. D’aquells que saben marxar abans que els abandonin.

Aquella nit, però, el reflex no va imitar-lo.

—Ja n’hi ha prou —va dir.

Ell va retrocedir.

—De què?

—De matar-me perquè tu puguis continuar fingint.

Va trencar el mirall d’un cop de puny.

L’endemà, mentre recollia els vidres, va descobrir cent rostres seus escampats per terra.

Només un somreia.

El va guardar a la butxaca.


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