CERTEZAS Y DUDAS

Estoy
lleno de vacío.
Lo
sé. No parece una manera demasiado seria de empezar una reflexión, pero
últimamente mis certezas tienen esa mala costumbre: en cuanto las miro de
cerca, empiezan a parecerse sospechosamente a mis dudas.
Quizá
sea porque he pintado algunos pensamientos de negro transparente. Desde lejos
parecen sólidos. Rotundos. Incluso elegantes. Pero basta acercarse un poco para
descubrir que se puede mirar a través de ellos y que, detrás, no hay
respuestas. Solo más preguntas.
También
puede ser culpa de mis actos. Procuro caminar con esa seguridad que uno
adquiere con los años, aunque he descubierto que cumplir años no significa
saber adónde vas. Significa, como mucho, haber aprendido a disimular mejor
cuando te pierdes.
Durante
mucho tiempo creí que la experiencia servía para construir un suelo firme bajo
los pies. Ahora sospecho que sirve para otra cosa: para saber que cualquier
suelo puede moverse.
Y
luego está mi fortaleza.
Esa
que enseño al mundo con bastante dignidad. La que utilizo para proteger
precisamente aquello que más vulnerable me hace. Una magnífica armadura con una
pequeña particularidad: tiene la abertura exactamente donde podrían herirme.
No
sé si esto es una contradicción o simplemente estar vivo.
Porque
cada vez tengo menos respuestas y, curiosamente, algunas cosas las entiendo
mejor.
He
dejado de desconfiar de mis dudas. Las certezas, en cambio, empiezan a
preocuparme. Sobre todo las de quienes jamás dudan de nada. Debe de ser
agotador tener siempre razón. Y bastante peligroso.
Yo
ya no aspiro a tanto.
Me
conformo con unas pocas evidencias provisionales, algunas convicciones
revisables y un puñado de preguntas que todavía no he conseguido contestar.
Así
que, si alguien me pide una certeza, por fin tengo una: dudo.
Y de
eso estoy casi seguro.
«Solo hay que cometer
las tonterías que nos gustan.» (Prosper Mérimée fue el que le dio un toque literario a
aquella frase de “a vivir que son dos días”. Nació el 28 de setiembre de 1803 y
tuvo la suerte de escribir una novela corta, Carmen, que la convirtieron en
ópera universal)
Supongo que la canción del vídeo, Stand By Me, la habré colocado en alguna ocasión por estas páginas en cualesquiera versiones que se han hecho. Me encanta. Ahí está la original de Ben E. King, en un blanco y negro precioso de 1961.
La cadira del costat
Cada
vespre parava taula per a dos.
—No
cal que em facis companyia —deia mentre servia la sopa.
La
cadira del davant continuava buida.
Després
explicava el dia: el preu del pa, la veïna del tercer, aquell dolor al genoll
que no marxava. De vegades reia. Altres, s’enfadava perquè ningú li contestava.
Abans
de recollir, deixava sempre la mà uns segons sobre el respatller.
Una
nit va guardar el segon plat dins l’armari.
Va
sopar en silenci.
Quan
es va aixecar, la cadira buida va grinyolar.
Ell
es va girar.
—Ja
ho sé —va dir—. Tu tampoc estàs preparat.
La cadira i ell estaven fotuts.
ResponderEliminarSi nomès fossin ells dos!! :D
EliminarQue buenaaaa música 🩷
ResponderEliminar¡A que si!! :DD
Eliminar