CONGELADOS
—Son
ocho.
La
doctora sonrió mientras señalaba en la pantalla aquellas pequeñas
circunferencias que yo apenas distinguía.
Ocho
óvulos.
Ocho
posibilidades.
Ocho
hijos que no eran hijos. Todavía.
Los
congelaron a ciento noventa y seis grados bajo cero y me entregaron un papel
donde figuraba mi nombre, un número de expediente y una fecha. Me pareció
curioso que algo tan parecido al futuro cupiese en una carpeta de plástico.
Tenía
treinta y cuatro años.
Un
buen trabajo.
Bueno
significa que cobraba lo suficiente para pagar un alquiler que se llevaba casi
la mitad del sueldo y que podía permitirme cenar fuera dos veces al mes sin
consultar antes la aplicación del banco.
También
tenía pareja.
Él
quería ser padre.
Yo
quería ser madre.
Solo
nos faltaba una cosa.
Poder.
En
mi empresa acababan de ascender a Marta después de volver de su segundo
embarazo. Tardaron únicamente cuatro años. Durante ese tiempo vio cómo
promocionaban a tres hombres más jóvenes que ella y escuchó varias veces eso de
«ahora tienes otras prioridades».
Una
de aquellas prioridades tenía seis años y la otra acababa de aprender a andar.
Mi
pareja llegaba a casa a las ocho. Yo, a las nueve. Habíamos hecho números
muchas veces. Guardería, comida, ropa, colegio, reducción de jornada, hipoteca
imposible.
El
amor salía gratis.
Todo
lo demás, no.
Por
eso congelé mis óvulos.
Mi
madre no lo entendió.
—¿Y
para qué quieres guardarlos?
—Para
más adelante.
—¿Cuándo?
No
supe qué contestarle.
Tal
vez cuando tuviera un piso.
Cuando
ganase más.
Cuando
dejaran de mirar a una embarazada como a una trabajadora que está a punto de
causar un problema.
Cuando
los horarios escolares y laborales pertenecieran al mismo planeta.
Cuando
tener un hijo dejara de parecer una decisión empresarial mal calculada.
Pasaron
los años.
Ascendí.
Compramos
un piso.
Mi
pareja aprendió a poner lavadoras sin preguntarme dónde estaba el detergente.
Y un
jueves recibí un correo de la clínica:
«Le
recordamos que próximamente vence el periodo anual de conservación de su
material reproductivo».
Lo
releí varias veces.
Después
miré alrededor.
Tenía
despacho propio, una casa, estabilidad, ahorros.
Por
fin parecía que había llegado el momento.
Entonces
cumplí cuarenta y tres.
Aquella
noche pensé en mis ocho óvulos, esperando pacientemente dentro de un depósito
de nitrógeno.
Ellos
no habían envejecido.
Yo
sí.
Y
comprendí que quizá nunca había congelado mis óvulos.
Había
congelado mi maternidad hasta que la vida me concediera permiso.
El
problema fue que la vida tardó demasiado en contestar.
«El poder se convirtió
en algo esencial en mi vida, casi por encima de la familia. La de cosas que
dejé yo de hacer por vender humo.» (Jorge Verstrynge cumple hoy 78 años y ha conocido
y militado en todo el panorama político espanyol; como viva un poco más tendrá
que inventarse una nueva ideología y militar en ella)
Toni Basil cumple hoy 83 años y desde 1981 que no tiene otro éxito como el de Mickey. Coreografías si ha hecho, pero a su edad ya es bastante difícil contornearse según en qué posiciones.
Ningú
En
Mickey em va prometre que només seria una nit.
Ho
va dir somrient, com fan els homes que ja han decidit mentir.
Vaig
ballar amb ell fins que els peus em van demanar seny. L’endemà, al mirall,
encara duia el seu nom escrit amb pintallavis al coll.
Han
passat quaranta anys.
Avui
la meva neta m’ha preguntat qui era Mickey.
—Ningú
—he contestat.
Ella
ha tret una fotografia antiga d’un calaix.
—Doncs
s’assembla molt a l’avi.
He
mirat la foto.
I la
música ha tornat a començar.

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