martes, 22 de septiembre de 2026

 

CONGELADOS


—Son ocho.

La doctora sonrió mientras señalaba en la pantalla aquellas pequeñas circunferencias que yo apenas distinguía.

Ocho óvulos.

Ocho posibilidades.

Ocho hijos que no eran hijos. Todavía.

Los congelaron a ciento noventa y seis grados bajo cero y me entregaron un papel donde figuraba mi nombre, un número de expediente y una fecha. Me pareció curioso que algo tan parecido al futuro cupiese en una carpeta de plástico.

Tenía treinta y cuatro años.

Un buen trabajo.

Bueno significa que cobraba lo suficiente para pagar un alquiler que se llevaba casi la mitad del sueldo y que podía permitirme cenar fuera dos veces al mes sin consultar antes la aplicación del banco.

También tenía pareja.

Él quería ser padre.

Yo quería ser madre.

Solo nos faltaba una cosa.

Poder.

En mi empresa acababan de ascender a Marta después de volver de su segundo embarazo. Tardaron únicamente cuatro años. Durante ese tiempo vio cómo promocionaban a tres hombres más jóvenes que ella y escuchó varias veces eso de «ahora tienes otras prioridades».

Una de aquellas prioridades tenía seis años y la otra acababa de aprender a andar.

Mi pareja llegaba a casa a las ocho. Yo, a las nueve. Habíamos hecho números muchas veces. Guardería, comida, ropa, colegio, reducción de jornada, hipoteca imposible.

El amor salía gratis.

Todo lo demás, no.

Por eso congelé mis óvulos.

Mi madre no lo entendió.

—¿Y para qué quieres guardarlos?

—Para más adelante.

—¿Cuándo?

No supe qué contestarle.

Tal vez cuando tuviera un piso.

Cuando ganase más.

Cuando dejaran de mirar a una embarazada como a una trabajadora que está a punto de causar un problema.

Cuando los horarios escolares y laborales pertenecieran al mismo planeta.

Cuando tener un hijo dejara de parecer una decisión empresarial mal calculada.

Pasaron los años.

Ascendí.

Compramos un piso.

Mi pareja aprendió a poner lavadoras sin preguntarme dónde estaba el detergente.

Y un jueves recibí un correo de la clínica:

«Le recordamos que próximamente vence el periodo anual de conservación de su material reproductivo».

Lo releí varias veces.

Después miré alrededor.

Tenía despacho propio, una casa, estabilidad, ahorros.

Por fin parecía que había llegado el momento.

Entonces cumplí cuarenta y tres.

Aquella noche pensé en mis ocho óvulos, esperando pacientemente dentro de un depósito de nitrógeno.

Ellos no habían envejecido.

Yo sí.

Y comprendí que quizá nunca había congelado mis óvulos.

Había congelado mi maternidad hasta que la vida me concediera permiso.

El problema fue que la vida tardó demasiado en contestar.

«El poder se convirtió en algo esencial en mi vida, casi por encima de la familia. La de cosas que dejé yo de hacer por vender humo.» (Jorge Verstrynge cumple hoy 78 años y ha conocido y militado en todo el panorama político espanyol; como viva un poco más tendrá que inventarse una nueva ideología y militar en ella)

Toni Basil cumple hoy 83 años y desde 1981 que no tiene otro éxito como el de Mickey. Coreografías si ha hecho, pero a su edad ya es bastante difícil contornearse según en qué posiciones.

Ningú

En Mickey em va prometre que només seria una nit.

Ho va dir somrient, com fan els homes que ja han decidit mentir.

Vaig ballar amb ell fins que els peus em van demanar seny. L’endemà, al mirall, encara duia el seu nom escrit amb pintallavis al coll.

Han passat quaranta anys.

Avui la meva neta m’ha preguntat qui era Mickey.

—Ningú —he contestat.

Ella ha tret una fotografia antiga d’un calaix.

—Doncs s’assembla molt a l’avi.

He mirat la foto.

I la música ha tornat a començar.


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