miércoles, 23 de septiembre de 2026

 

EL DESAHUCIO

Maricarmen tenía diecisiete años cuando entró por primera vez en aquella casa.

Era 1956.

Supongo que entonces no sabía que iba a pasar allí casi toda su vida. Nadie entra en una casa pensando cuánto tiempo tardarán en echarlo de ella. Uno entra, coloca los muebles, escoge un cajón para los calcetines, aprende qué baldosa cruje por la noche y acaba llamando hogar a cuatro paredes que jurídicamente pertenecen a otro.

Setenta años después, Maricarmen salió de aquella casa en camilla.

Tiene 87 años.

Y creo que hay pocas imágenes que expliquen mejor nuestro fracaso como sociedad.

No voy a discutir aquí si la empresa propietaria tenía derecho a recuperar el piso. Los tribunales han dicho que sí. Tampoco voy a convertir a unos en monstruos y a otros en santos porque la realidad suele ser bastante más incómoda que eso.

El propietario tiene derechos.

Por supuesto.

La ley debe cumplirse.

Por supuesto.

Pero precisamente ahí empieza la reflexión.

Porque si después de cumplir las leyes, respetar los procedimientos, presentar recursos, dictar sentencias, señalar fechas y enviar una comisión judicial, el resultado final consiste en sacar en camilla de su casa a una mujer de 87 años, con movilidad reducida y una discapacidad del cincuenta por ciento, quizá deberíamos preguntarnos si hemos construido un sistema jurídicamente impecable y humanamente defectuoso.

Maricarmen llevaba setenta años allí.

Setenta.

En esa casa debió de ser niña, joven, adulta y vieja. Allí seguramente hubo cumpleaños, discusiones, enfermedades, reconciliaciones, cenas de Navidad y alguna silla que nadie quiso tirar porque perteneció a alguien que ya no estaba.

Para nosotros son 92 metros cuadrados en el barrio del Retiro.

Para una sociedad de inversión son un inmueble.

Para Hacienda, una referencia catastral.

Para un juez, el objeto de un procedimiento.

Para Maricarmen era su casa.

Y quizá nuestro problema empieza precisamente cuando hemos conseguido que todas esas definiciones sean correctas al mismo tiempo pero ninguna sea suficiente.

Vivimos obsesionados con el valor de las cosas.

El metro cuadrado vale tanto.

El alquiler vale tanto.

La rentabilidad debe alcanzar tanto.

El mercado sube.

El mercado baja.

El mercado está tensionado.

Hablamos del mercado como si fuese una criatura mitológica a la que hubiera que ofrecer sacrificios periódicamente para que no se enfade.

Y esta vez le ha tocado una anciana.

La hemos sacado en camilla.

Eso sí, conforme a Derecho.

Y aquí aparece esa frase que tanto nos tranquiliza: «La ley es la ley».

Naturalmente.

También los formularios son los formularios.

Los procedimientos son los procedimientos.

Y las responsabilidades, por lo visto, siempre son del departamento de al lado.

La abogada de Maricarmen lo resumió de una manera bastante española: todos se pasan la pelota y nadie asume la responsabilidad.

Debe de ser esa pelota una de las pocas cosas que todavía circulan libremente por el país.

La vivienda, desde luego, cada vez menos.

Lo inquietante del caso no es solamente que una mujer de 87 años haya perdido la casa donde llevaba siete décadas.

Lo verdaderamente inquietante sería que mañana dejáramos de sorprendernos.

Que viéramos las imágenes durante treinta segundos mientras cenamos.

—Qué barbaridad —diríamos.

Y después cambiaríamos de canal.

Porque una sociedad no fracasa únicamente cuando permite determinadas cosas.

Fracasa definitivamente cuando empieza a considerarlas normales.

Maricarmen salió el miércoles de su casa.

Una camilla atravesó el portal.

Detrás quedaron setenta años.

No sé quién se quedó con las llaves.

Pero me temo que, mientras cerraban aquella puerta, algo nuestro se quedó también dentro.

Y eso no figuraba en la sentencia.

«Hemos errado, y nosotros, los de la generación actual, seguimos errando todavía cada día.» (Charles-François Stallaert es el autor de la frase formulada entre el 23 de setiembre de 1820 y el 24 de noviembre de 1893. Da igual la época: sigue vigente)

El 23 de setiembre de 2022 los chicos de 5 Seconds of Summer (¡que suerte tienen que el verano les dure 5 segundos) publicaron un album que, entre otras, figura la canción del vídeo. Escucharla y os daréis cuenta que no es un Complete Mess.

Perfectament desordenats

Ella ordenava els llibres per colors. Jo deixava els mitjons on decidia el destí.

—No podem continuar així —va dir.

Vaig pensar que em deixava.

L’endemà vaig trobar els meus mitjons aparellats, els llibres per autors i una nota damunt la taula:

«He marxat a comprar pa.»

Va tornar tres hores després, sense pa, amb una planta enorme que no cabia enlloc.

—Què fem amb això?

La vam posar al mig del menjador.

Des d’aleshores, la casa és un desastre.

Nosaltres també.

Curiosament, mai no havíem estat tan bé.


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