EL DESAHUCIO

Maricarmen
tenía diecisiete años cuando entró por primera vez en aquella casa.
Era
1956.
Supongo
que entonces no sabía que iba a pasar allí casi toda su vida. Nadie entra en
una casa pensando cuánto tiempo tardarán en echarlo de ella. Uno entra, coloca
los muebles, escoge un cajón para los calcetines, aprende qué baldosa cruje por
la noche y acaba llamando hogar a cuatro paredes que jurídicamente pertenecen a
otro.
Setenta
años después, Maricarmen salió de aquella casa en camilla.
Tiene
87 años.
Y
creo que hay pocas imágenes que expliquen mejor nuestro fracaso como sociedad.
No
voy a discutir aquí si la empresa propietaria tenía derecho a recuperar el
piso. Los tribunales han dicho que sí. Tampoco voy a convertir a unos en
monstruos y a otros en santos porque la realidad suele ser bastante más
incómoda que eso.
El
propietario tiene derechos.
Por
supuesto.
La
ley debe cumplirse.
Por
supuesto.
Pero
precisamente ahí empieza la reflexión.
Porque
si después de cumplir las leyes, respetar los procedimientos, presentar
recursos, dictar sentencias, señalar fechas y enviar una comisión judicial, el
resultado final consiste en sacar en camilla de su casa a una mujer de 87 años,
con movilidad reducida y una discapacidad del cincuenta por ciento, quizá
deberíamos preguntarnos si hemos construido un sistema jurídicamente impecable
y humanamente defectuoso.
Maricarmen
llevaba setenta años allí.
Setenta.
En
esa casa debió de ser niña, joven, adulta y vieja. Allí seguramente hubo
cumpleaños, discusiones, enfermedades, reconciliaciones, cenas de Navidad y
alguna silla que nadie quiso tirar porque perteneció a alguien que ya no
estaba.
Para
nosotros son 92 metros cuadrados en el barrio del Retiro.
Para
una sociedad de inversión son un inmueble.
Para
Hacienda, una referencia catastral.
Para
un juez, el objeto de un procedimiento.
Para
Maricarmen era su casa.
Y
quizá nuestro problema empieza precisamente cuando hemos conseguido que todas
esas definiciones sean correctas al mismo tiempo pero ninguna sea suficiente.
Vivimos
obsesionados con el valor de las cosas.
El
metro cuadrado vale tanto.
El
alquiler vale tanto.
La
rentabilidad debe alcanzar tanto.
El
mercado sube.
El
mercado baja.
El
mercado está tensionado.
Hablamos
del mercado como si fuese una criatura mitológica a la que hubiera que ofrecer
sacrificios periódicamente para que no se enfade.
Y
esta vez le ha tocado una anciana.
La
hemos sacado en camilla.
Eso
sí, conforme a Derecho.
Y
aquí aparece esa frase que tanto nos tranquiliza: «La ley es la ley».
Naturalmente.
También
los formularios son los formularios.
Los
procedimientos son los procedimientos.
Y
las responsabilidades, por lo visto, siempre son del departamento de al lado.
La
abogada de Maricarmen lo resumió de una manera bastante española: todos se
pasan la pelota y nadie asume la responsabilidad.
Debe
de ser esa pelota una de las pocas cosas que todavía circulan libremente por el
país.
La
vivienda, desde luego, cada vez menos.
Lo
inquietante del caso no es solamente que una mujer de 87 años haya perdido la
casa donde llevaba siete décadas.
Lo
verdaderamente inquietante sería que mañana dejáramos de sorprendernos.
Que
viéramos las imágenes durante treinta segundos mientras cenamos.
—Qué
barbaridad —diríamos.
Y
después cambiaríamos de canal.
Porque
una sociedad no fracasa únicamente cuando permite determinadas cosas.
Fracasa
definitivamente cuando empieza a considerarlas normales.
Maricarmen
salió el miércoles de su casa.
Una
camilla atravesó el portal.
Detrás
quedaron setenta años.
No
sé quién se quedó con las llaves.
Pero
me temo que, mientras cerraban aquella puerta, algo nuestro se quedó también
dentro.
Y
eso no figuraba en la sentencia.
«Hemos errado, y
nosotros, los de la generación actual, seguimos errando todavía cada día.» (Charles-François
Stallaert es el autor de la frase formulada entre el 23 de setiembre de 1820 y
el 24 de noviembre de 1893. Da igual la época: sigue vigente)
El 23 de setiembre de 2022 los chicos de 5 Seconds of Summer (¡que suerte tienen que el verano les dure 5 segundos) publicaron un album que, entre otras, figura la canción del vídeo. Escucharla y os daréis cuenta que no es un Complete Mess.
Perfectament
desordenats
Ella
ordenava els llibres per colors. Jo deixava els mitjons on decidia el destí.
—No
podem continuar així —va dir.
Vaig
pensar que em deixava.
L’endemà
vaig trobar els meus mitjons aparellats, els llibres per autors i una nota
damunt la taula:
«He
marxat a comprar pa.»
Va
tornar tres hores després, sense pa, amb una planta enorme que no cabia enlloc.
—Què
fem amb això?
La
vam posar al mig del menjador.
Des
d’aleshores, la casa és un desastre.
Nosaltres
també.
Curiosament,
mai no havíem estat tan bé.
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