DIEZ AÑOS

Esta semana he leído que nos
quedan menos de diez años.
No para jubilarnos, terminar
de pagar la hipoteca, aprender inglés de una vez o hacer ese viaje que vamos
aplazando porque siempre encontramos una excusa razonable. No. Para
extinguirnos.
La inteligencia artificial
podría acabar con nosotros antes de que termine esta década.
Dicho así, reconozco que
impresiona.
Aunque conviene empezar
poniendo las palabras en su sitio, porque todavía son una de las pocas cosas
que controlamos. Nadie ha demostrado que la inteligencia artificial vaya a
exterminar a la humanidad. Ni siquiera existe consenso entre los expertos. Lo que
algunos investigadores están diciendo es algo distinto y, a mi juicio,
suficientemente preocupante sin necesidad de exagerarlo: que existe una
posibilidad no despreciable de que sistemas mucho más inteligentes que nosotros
lleguen a escapar de nuestro control. Evan Hubinger, investigador de Anthropic
especializado precisamente en alineamiento, ha situado personalmente ese riesgo
por encima del 10 % durante la próxima década. Geoffrey Hinton, uno de los
padres de la inteligencia artificial moderna, considera que semejante
porcentaje no es absurdo.
Un diez por ciento.
Si alguien me dijera que el
avión que estoy a punto de coger tiene un diez por ciento de posibilidades de
estrellarse, puedo asegurar que perdería el vuelo. Y probablemente también las
vacaciones.
Pero con la inteligencia
artificial seguimos embarcando.
Y deprisa.
Lo verdaderamente inquietante
de las noticias de estos últimos días no son las profecías. Profetas del fin
del mundo hemos tenido siempre y, por suerte para ellos, ninguno suele vivir lo
suficiente para responder por sus errores. Lo inquietante es quiénes están
haciendo las advertencias.
Jacob Coxon dejó esta semana
Anthropic después de haber trabajado también en OpenAI. Su acusación resulta
difícil de ignorar: sostiene que las grandes compañías están compitiendo por
alcanzar sistemas superinteligentes y auto mejorables sin disponer todavía de
una solución clara para controlarlos. Otros investigadores de la propia
Anthropic respaldaron públicamente una parte sustancial de sus temores.
Y entonces ocurrió algo
todavía más extraño.
Los fabricantes comenzaron a
pedir prudencia.
Dario Amodei, consejero
delegado de Anthropic, acaba de reclamar que se reduzca el ritmo al que
aumentamos las capacidades de estos modelos para permitir que los mecanismos de
seguridad puedan alcanzarlos. Su propuesta incluye evaluadores externos, coordinación
entre empresas y acuerdos internacionales. Sam Altman se ha mostrado también
favorable a frenar cuando la seguridad no pueda garantizarse.
Es una situación bastante
peculiar.
Imaginemos que el fabricante
de nuestro coche nos llama una mañana:
—El vehículo que le vendimos
es extraordinario. Cada semana corre más, consume menos y dentro de poco
probablemente conducirá mejor que usted.
—Fantástico.
—Sí. Solo hay un pequeño
problema.
—¿Cuál?
—Que quizá llegue un momento
en que no podamos detenerlo.
Supongo que nuestra siguiente
pregunta no sería cuándo sale el nuevo modelo.
Sin embargo, con la
inteligencia artificial parece que sí.
Quizá porque la palabra
«extinción» nos queda demasiado grande. Podemos preocuparnos por una hipoteca,
una enfermedad, una guerra o el recibo de la luz porque tienen tamaño humano.
La desaparición de nuestra especie pertenece al territorio de las películas. Es
difícil imaginar el martes siguiente al fin del mundo.
También existen voces
solventes que consideran exageradas estas advertencias. La investigadora Timnit
Gebru, por ejemplo, sostiene que obsesionarnos con una hipotética
superinteligencia exterminadora puede distraernos de problemas mucho más
presentes: sistemas utilizados en guerras, vigilancia, precarización laboral,
discriminación, concentración de poder o desinformación.
Y probablemente también tenga
razón.
Tal vez el error esté en
obligarnos a escoger entre ambas preocupaciones.
No necesito creer que una
máquina despertará una mañana de mal humor y decidirá eliminarnos. Esa versión
siempre me ha parecido demasiado cinematográfica.
Me preocupa algo bastante más
humano.
Que vayamos entregándole
decisiones.
Primero las pequeñas porque
resulta cómoda. Después las importantes porque resulta eficiente. Finalmente
las irreversibles porque, para entonces, nos habremos acostumbrado.
La inteligencia artificial no
necesita odiarnos para ser peligrosa. Una calculadora tampoco nos odia cuando
nos comunica que estamos arruinados. Simplemente calcula.
Y quizá ahí esté precisamente
la diferencia.
Nosotros dudamos.
Tenemos miedo. Nos
equivocamos. Desobedecemos. A veces apretamos un botón cuando no deberíamos y
otras, afortunadamente, retiramos el dedo cuando todos los cálculos aconsejan
pulsarlo.
Durante siglos hemos
considerado la duda una debilidad humana.
Tal vez descubramos que era
un mecanismo de seguridad.
No sé si la inteligencia
artificial acabará con nosotros dentro de diez años. Probablemente nadie lo
sepa. Pero cuando algunos de los hombres y mujeres que mejor conocen una
tecnología empiezan a advertir que existe una posibilidad razonable de perder
su control, la respuesta adulta no debería ser reírse del apocalipsis ni
anunciarlo para conseguir clics.
Debería ser algo mucho más
sencillo.
Preguntar dónde está el
freno.
Y comprobar, antes de seguir
acelerando, que todavía somos nosotros quienes podemos pisarlo.
«El nacionalismo conduce al
totalitarismo, y el totalitarismo conduce a la idolatría.» (Robert Cecil nació
el 14 de setiembre de 1864 para ser premio Nobel de la Paz en 1937, dos años
antes de estallar la II Guerra Mundial provocada por el ascenso de un nacionalista
extremo y la inoperancia del sistema que no supo contrarestarlo)
¡Que noche la de aquél día! cantaban The Beatles allá por setiembre de 1964 y, por lo que parece, con bastante tino y soltura. Ni que decir tiene que estaba entre las canciones más escuchadas en el mundo en ese mes.
Quan tornis
Arribava cada
nit quan els nens ja dormien.
Ella deixava
el sopar tapat i una nota damunt la taula:
—T’he esperat.
Ell treballava
dotze hores per pagar aquella casa, però començava a sospitar que, mentre
pagava les parets, perdia tot el que hi havia dins.
Un divendres
va sortir abans.
Va comprar
flors, va córrer escales amunt i va obrir la porta somrient.
No hi havia
ningú.
Damunt la
taula, una última nota:
—Avui he
deixat d’esperar-te.
Ell va mirar
el rellotge.
Per primera
vegada havia arribat d’hora.
Massa tard.
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