domingo, 13 de septiembre de 2026

 

EL FÚTBOL PERFECTO

Todo empezó después de una final que acabó mal.

No recuerdo quién jugaba. En realidad, tampoco importa. Uno ganó, otro perdió, el árbitro fue insultado, el VAR necesitó cuatro minutos y treinta y siete segundos para decidir si un delantero tenía adelantado el hombro, la rodilla, la nariz o quizá una intención, y al día siguiente media nación discutía sobre una línea trazada por ordenador.

Hubo disturbios.

Dos aficionados acabaron en el hospital.

Un entrenador declaró que aquello no era fútbol.

El presidente del club derrotado aseguró que habían adulterado la competición.

El vencedor respondió que el resultado estaba en el marcador.

Y un ministro, que hasta entonces se había limitado prudentemente a no saber demasiado de fútbol, comprendió que había llegado el momento de intervenir.

—No podemos dejar algo tan importante en manos del azar —declaró.

La frase gustó.

Sobre todo lo de «azar».

El azar siempre ha tenido mala prensa entre quienes gobiernan. No tributa, no obedece instrucciones y tiene la desagradable costumbre de producir resultados que nadie había previsto.

Se creó inmediatamente la Comisión Nacional para la Ordenación, Transparencia y Sostenibilidad del Resultado Deportivo.

CNOTSRD.

El nombre ya inspiraba confianza.

La Comisión estaba integrada por dos economistas, tres juristas, un sociólogo, cuatro antiguos árbitros, un especialista en inteligencia artificial, dos representantes de las televisiones, uno de las casas de apuestas y un futbolista retirado que no acudió a ninguna reunión porque los jueves jugaba al golf.

Después de dieciocho meses de estudios, ciento veintisiete reuniones y un presupuesto que hubiese permitido fichar a un lateral brasileño bastante decente, presentaron la solución.

Era extraordinariamente sencilla.

Antes de empezar la temporada se fijarían todos los resultados.

No se trataba, explicaron inmediatamente, de amañar partidos.

Eso sería ilegal.

Se trataba de planificarlos.

Y planificar siempre resulta respetable.

Cada mes de agosto, la Comisión publicaría el calendario completo de la competición junto con los resultados correspondientes.

Real Madrid-Barcelona: 2-2.

Betis-Sevilla: 1-0.

Atlético-Valencia: 3-1.

Y así hasta la última jornada.

De esta manera desaparecerían los errores arbitrales, las sospechas de corrupción, las frustraciones deportivas y, sobre todo, aquella insoportable incertidumbre de tener que esperar noventa minutos para saber algo que podía conocerse perfectamente en agosto.

Las televisiones fueron las primeras en entusiasmarse.

Podrían programar las celebraciones con meses de antelación.

Los ayuntamientos sabrían qué días instalar pantallas gigantes.

La policía conocería exactamente qué aficionados iban a enfadarse.

Y las empresas de publicidad podrían contratar anuncios de champán para los campeones sin correr el riesgo de terminar promocionándolo entre personas deprimidas.

Los clubes protestaron al principio.

Hasta que alguien les explicó que también se establecería de antemano qué equipos descenderían.

Entonces empezaron a negociar.

El nuevo sistema entró en vigor la temporada siguiente.

Fue un éxito.

En la primera jornada, un delantero marcó en el minuto siete.

El problema era que el gol asignado a su equipo debía producirse en el minuto treinta y cuatro.

El árbitro lo anuló.

—¿Por qué? —preguntó el jugador.

—Prematuro.

El delantero aceptó la explicación.

En el minuto treinta y cuatro volvió a marcar.

Entonces sí.

El público celebró el gol con entusiasmo, aunque muchos ya estaban de pie desde el minuto treinta y tres para evitar aglomeraciones.

También se reguló la emoción.

Las autoridades consideraron que resultaba poco edificante que los aficionados del equipo destinado a perder permanecieran callados todo el encuentro, así que se estableció que debían animar durante al menos cuarenta minutos.

El tiempo de protesta quedó limitado a ocho.

Los insultos al árbitro fueron suprimidos porque, al no decidir ya nada, insultarlo carecía de fundamento jurídico.

Los árbitros respiraron tranquilos.

El VAR también mejoró notablemente.

Ya no tenía que decidir si había sido penalti.

Solo comprobar si estaba previsto.

—Hay contacto —decía el árbitro.

—Sí, pero el penalti está programado para el otro equipo en el segundo tiempo.

—Entendido.

—Siga el juego.

Hasta los periodistas deportivos encontraron ventajas.

Las tertulias dejaron de discutir sobre quién ganaría la Liga.

Ahora debatían durante horas si era justo que la Comisión hubiese asignado cuarenta y tres puntos al Getafe en lugar de cuarenta y uno.

El fútbol se hizo más serio.

Más organizado.

Más científico.

Los niños recibían en septiembre el álbum de cromos junto con la clasificación final.

Los entrenadores dejaron de utilizar expresiones como «partido a partido», que fueron consideradas engañosas.

Y los jugadores celebraban los goles con una espontaneidad previamente ensayada los miércoles.

Durante algunos años nadie pareció echar de menos nada.

Hasta que una tarde vi a cinco niños jugando en una plaza.

Habían dejado dos mochilas en el suelo para hacer una portería.

No llevaban árbitro.

Ni cámaras.

Ni reglamento audiovisual.

Ni Comisión.

Uno de ellos cogió la pelota, regateó a otro, tropezó, volvió a levantarse y chutó desde demasiado lejos.

Los demás miraron el balón mientras volaba.

Yo también.

Nadie sabía si entraría.

Y durante dos segundos ocurrió algo extraordinario.

Todos esperamos.

El balón golpeó contra una mochila y salió fuera.

Los niños gritaron, discutieron si había sido gol, se empujaron un poco y volvieron a colocar la pelota en el centro.

Me quedé observándolos.

Entonces comprendí qué habíamos eliminado del fútbol para hacerlo perfecto.

El fútbol.

«Por libertad entendemos la libertad verdaderamente humana, es decir, la libertad política.» (Arnold Ruge Nacido el 13 de setiembre de 1802 para ser filósofo empeñado en definir lo que se considera Libertad. Creía que la Libertad era la política no la metafísica o interior… discrepaba en aquello que “lo importante está en el interior”)

Hoy el caballero que lleva el sombrero de cowboy y atiende al nombre de Randy Jones cumple 74 años y su música no ha parado. La de alguno de los componentes del grupo Village People, si.


Quan s’apaga tot

La ciutat es va quedar sense llum a les onze i disset.

Primer van callar els televisors. Després, els ascensors. Finalment, els mòbils.

Durant uns minuts ningú no va saber què fer.

Fins que, des d’un balcó, algú va començar a picar dues culleres contra una cassola.

Una dona va cantar.

Un nen va seguir-la desafinant.

Al carrer, algú va treure una guitarra.

Quan va tornar l’electricitat, ningú no va encendre res.

Potser havíem oblidat que la música existia abans dels endolls.

I que nosaltres també.


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