miércoles, 16 de septiembre de 2026

                                             FACHAS DE TODOS LOS COLORES

Tengo un problema con los fachas.

Con todos.

Con el de derechas ya sé más o menos a qué atenerme. A veces hasta viene etiquetado de fábrica. Bandera, patria, orden, mano dura y esa sospechosa afición a decidir cómo deberían vivir los demás para que el mundo funcione como Dios manda. Dios, además, suele mandar exactamente lo mismo que él.

Pero luego está el otro.

Ese me desconcierta más.

El que se considera progresista, abierto, tolerante, defensor de todas las libertades conocidas y de algunas que todavía están en fase de proyecto, pero que en cuanto discrepas de él te mira como si hubieras confesado que estrangulas gatitos los domingos.

Porque una cosa es defender la libertad y otra bastante distinta aceptar que alguien la utilice para pensar diferente.

Ahí empieza el problema.

Hemos conseguido algo extraordinario: convertir la tolerancia en una virtud que exigimos siempre al contrario.

«Hay que respetar todas las opiniones».

Por supuesto.

Siempre que coincidan con la mía.

Y si no coinciden, entonces ya veremos si aquello es realmente una opinión o estamos ante fascismo, comunismo, machismo, wokismo, populismo, terrorismo, reaccionarismo o cualquiera de las palabras que tenemos preparadas en el cajón de las descalificaciones para ahorrarnos la desagradable tarea de escuchar.

Porque escuchar tiene un inconveniente terrible.

A veces obliga a pensar.

Y pensar comporta el riesgo de descubrir que el otro puede tener razón en alguna cosa.

Solo en alguna.

Tampoco exageremos.

Quizás deberíamos dejar de preguntarnos quién es de izquierdas y quién es de derechas y empezar a observar otra cosa mucho más sencilla: qué hacemos cuando alguien nos lleva la contraria.

Ahí aparecen muchas verdades.

El problema no empieza cuando alguien defiende una determinada política económica, una idea de nación, una forma de entender la igualdad o una determinada organización social. Todo eso se puede discutir.

El problema empieza cuando alguien decide que sus ideas no necesitan ser discutidas porque son moralmente superiores.

Cuando deja de querer convencerte y empieza a querer callarte.

Cuando considera que él no tiene adversarios, sino enemigos.

Cuando justifica en los suyos aquello que denuncia escandalizado en los otros.

Cuando una censura le parece intolerable si la practica el contrario y necesaria si la practica su bando.

Cuando la libertad de expresión resulta sagrada hasta que alguien expresa algo que le molesta.

Ese individuo puede levantarse por la mañana, mirarse al espejo y considerarse conservador, revolucionario, progresista, patriota, antisistema o defensor de la humanidad.

Me da igual.

Yo empiezo a desconfiar cuando alguien posee tantas certezas que ya no necesita escuchar.

Porque las ideas pueden ser de izquierdas o de derechas.

La intolerancia tiene menos escrúpulos.

Se pone cualquier camiseta.

Quizá por eso últimamente procuro no mirar tanto las etiquetas políticas de las personas.

Prefiero mirar qué hacen cuando alguien les dice:

—No estoy de acuerdo contigo.

Ahí, en los dos segundos siguientes, suele aparecer su verdadera ideología.

«El mundo gira, crea y se multiplica porque existe el amor.» (Víctor Jara cantautor chileno que sabía multiplicar. Tras el golpe de estado del 11 de setiembre de 1973 del general Augusto Pinochet fue detenido, trasladado al Estadio Chile, torturado y asesinado el 16 de septiembre de 1973. Años después, el recinto fue rebautizado como Estadio Víctor Jara. A los fascistas no les gustaba su música ni lo que decía la letra)

Bernie Calvert cumple hoy 84 años y le ha dado su música a la banda The Hollies ¡Menos mal porque nos presentó a esa mujer alta e irresistible de la cual nos enamoramos muchos!

El vestit negre

Va entrar quan ja ningú esperava res de la nit.

Alta, vestida de negre, caminava com si el bar fos seu. Jo també ho vaig pensar.

Va demanar whisky. Sense gel.

—No em miris tant —va dir.

—No et miro.

Va somriure. Ja sabia que mentia.

Mitja hora després sonaren sirenes. Dos policies entraren preguntant per una dona.

Ella em va besar, deixà un sobre a la barra i desaparegué per la porta del darrere.

Dins hi havia cinc mil pessetes i una nota:

«Per haver mirat cap a una altra banda.»

Encara avui no sé si parlava dels policies o d’ella.


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