martes, 15 de septiembre de 2026

 

EL PUENTE

El puente era pequeño.

Tan pequeño que, desde un extremo, podía verte la cara.

Habíamos llegado hasta allí juntos, como casi siempre. Durante años habíamos cruzado calles, ciudades, trabajos, amores, entierros, noches demasiado largas y alguna que otra decepción que entonces nos parecía definitiva.

Éramos amigos.

De esos que no necesitan explicarlo.

Pero aquel día ocurrió algo. Ya ni siquiera recuerdo qué.

Tal vez eso sea lo peor.

Recuerdo, en cambio, que tú te quedaste al otro lado.

—Ven —te dije.

No te moviste.

—Solo tienes que cruzar.

Me miraste durante unos segundos.

Esperé.

Había un hombre apoyado en la barandilla, una mujer empujando un cochecito y dos niños que corrían de un lado a otro como si veinte metros fueran una distancia ridícula.

Para ellos lo era.

Para nosotros, de pronto, no.

—¿Vienes? —pregunté otra vez.

Bajaste la mirada.

Yo tampoco crucé.

Luego cada uno regresó por donde había venido.

Después ocurrió lo que ocurre siempre cuando dos personas dejan que el orgullo administre el tiempo.

Primero pasaron unos días.

Luego semanas.

Más tarde aprendimos a vivir sin llamarnos.

Tuvimos nuevos amigos, nuevas obligaciones, nuevas vidas. Nos enterábamos el uno del otro por gente que todavía nos conocía a los dos.

—Lo vi ayer.

—Está bien.

—Preguntó por ti.

—Ah.

Ese «ah» fue creciendo durante años.

Hubo bodas.

Nacimientos.

Hospitales.

Muertos.

Días en los que seguramente necesitaste hablar conmigo.

Días en los que yo habría dado cualquier cosa por escucharte decir una de aquellas estupideces que antes me irritaban y ahora daría algo por volver a soportar.

Pero ninguno llamó.

Hace poco regresé a aquel lugar.

No sé por qué.

El puente continuaba allí.

Lo habían pintado.

Habían cambiado las farolas.

El río seguía pasando por debajo con esa indiferencia que tiene el agua hacia nuestros dramas.

Me apoyé en la barandilla.

En el otro extremo había un hombre.

Durante un instante, por la forma de caminar, pensé que eras tú.

El corazón cometió ese error antes que los ojos.

No eras tú.

Entonces comprendí que durante todos estos años había pensado que algún día volveríamos a encontrarnos.

Que habría tiempo.

Que cruzaríamos finalmente aquellos veinte metros.

Saqué el teléfono.

Busqué tu nombre.

Seguía allí.

Tardé unos segundos en recordar que ya no podía llamarte.

Habías muerto hacía tres meses.

Guardé el teléfono y miré el otro extremo del puente.

Veinte metros.

Eso fue todo.

Veinte metros que ninguno de los dos quiso recorrer cuando todavía podíamos.

«El hombre es un ser moral, porque es un ser eminentemente libre.» (Nicomedes Pastor Díaz y Corbelle Nacido el 15 de setiembre de 1811 es el autor de la frase. Tiene razón: no hay moral para un ser que tiene ataduras. Y algun@s que están en lo más alto son l@s menos libres)

Barry McGuire convirtió "la víspera de la destrucción" en una de las canciones más escuchadas de setiembre de 1965... aunque se equivocase en sus apreciaciones.


Demà, si encara hi som.

A la televisió, els homes importants discutien sobre qui dispararia primer.

Ell va apagar-la.

—Què fem?

Ella va mirar per la finestra. Al carrer, un nen perseguia una pilota, una dona estenia la roba i un vell regava unes plantes com si el món tingués contracte indefinit.

—Podríem fugir.

—On?

No van trobar cap lloc fora del planeta.

Aleshores ella va obrir una ampolla de vi que guardaven per a una ocasió especial.

Van brindar.

—Per demà.

Ell va somriure.


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