EL PUENTE

El puente era pequeño.
Tan pequeño que, desde un
extremo, podía verte la cara.
Habíamos llegado hasta allí
juntos, como casi siempre. Durante años habíamos cruzado calles, ciudades,
trabajos, amores, entierros, noches demasiado largas y alguna que otra
decepción que entonces nos parecía definitiva.
Éramos amigos.
De esos que no necesitan
explicarlo.
Pero aquel día ocurrió algo.
Ya ni siquiera recuerdo qué.
Tal vez eso sea lo peor.
Recuerdo, en cambio, que tú
te quedaste al otro lado.
—Ven —te dije.
No te moviste.
—Solo tienes que cruzar.
Me miraste durante unos
segundos.
Esperé.
Había un hombre apoyado en la
barandilla, una mujer empujando un cochecito y dos niños que corrían de un lado
a otro como si veinte metros fueran una distancia ridícula.
Para ellos lo era.
Para nosotros, de pronto, no.
—¿Vienes? —pregunté otra vez.
Bajaste la mirada.
Yo tampoco crucé.
Luego cada uno regresó por
donde había venido.
Después ocurrió lo que ocurre
siempre cuando dos personas dejan que el orgullo administre el tiempo.
Primero pasaron unos días.
Luego semanas.
Más tarde aprendimos a vivir
sin llamarnos.
Tuvimos nuevos amigos, nuevas
obligaciones, nuevas vidas. Nos enterábamos el uno del otro por gente que
todavía nos conocía a los dos.
—Lo vi ayer.
—Está bien.
—Preguntó por ti.
—Ah.
Ese «ah» fue creciendo
durante años.
Hubo bodas.
Nacimientos.
Hospitales.
Muertos.
Días en los que seguramente
necesitaste hablar conmigo.
Días en los que yo habría
dado cualquier cosa por escucharte decir una de aquellas estupideces que antes
me irritaban y ahora daría algo por volver a soportar.
Pero ninguno llamó.
Hace poco regresé a aquel
lugar.
No sé por qué.
El puente continuaba allí.
Lo habían pintado.
Habían cambiado las farolas.
El río seguía pasando por
debajo con esa indiferencia que tiene el agua hacia nuestros dramas.
Me apoyé en la barandilla.
En el otro extremo había un
hombre.
Durante un instante, por la
forma de caminar, pensé que eras tú.
El corazón cometió ese error
antes que los ojos.
No eras tú.
Entonces comprendí que
durante todos estos años había pensado que algún día volveríamos a
encontrarnos.
Que habría tiempo.
Que cruzaríamos finalmente
aquellos veinte metros.
Saqué el teléfono.
Busqué tu nombre.
Seguía allí.
Tardé unos segundos en
recordar que ya no podía llamarte.
Habías muerto hacía tres
meses.
Guardé el teléfono y miré el
otro extremo del puente.
Veinte metros.
Eso fue todo.
Veinte metros que ninguno de
los dos quiso recorrer cuando todavía podíamos.
«El hombre es un ser moral,
porque es un ser eminentemente libre.» (Nicomedes Pastor Díaz y Corbelle Nacido
el 15 de setiembre de 1811 es el autor de la frase. Tiene razón: no hay moral
para un ser que tiene ataduras. Y algun@s que están en lo más alto son l@s menos
libres)
Demà, si encara hi som.
A la
televisió, els homes importants discutien sobre qui dispararia primer.
Ell va
apagar-la.
—Què fem?
Ella va mirar
per la finestra. Al carrer, un nen perseguia una pilota, una dona estenia la
roba i un vell regava unes plantes com si el món tingués contracte indefinit.
—Podríem
fugir.
—On?
No van trobar
cap lloc fora del planeta.
Aleshores ella
va obrir una ampolla de vi que guardaven per a una ocasió especial.
Van brindar.
—Per demà.
Ell va
somriure.
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