martes, 8 de septiembre de 2026

 

LÍNEAS ROJAS


La primera línea roja la crucé por amor.

Eso me dije.

Era una mentira pequeña, casi elegante, de esas que uno puede guardar en el bolsillo sin que abulten demasiado. Después crucé otra por necesidad. La tercera porque «todo el mundo lo hace». La cuarta porque ya había cruzado tres y regresar empezaba a parecerme una extravagancia.

Con los años fui encontrando líneas rojas por todas partes.

En el trabajo. En la cama. En las amistades. En los silencios. Algunas estaban pintadas con trazo grueso y otras apenas se veían, desgastadas por tanta gente que había pasado antes que yo.

Aprendí incluso a ponerles nombres más cómodos.

A la cobardía la llamé prudencia.

A la mentira, protección.

A la traición, supervivencia.

Al egoísmo, amor propio.

Y así fui avanzando.

Un día miré hacia atrás y descubrí que había cruzado todas las líneas rojas que alguna vez juré no atravesar.

Todas menos una.

Frente a mí estaba ella.

La había dibujado yo mismo muchos años atrás, cuando todavía creía que convertirse en alguien distinto era algo que les sucedía a los demás.

Debajo había escrito:

«Hasta aquí puedo dejar de ser yo».

Miré alrededor.

No quedaba nadie.

Entonces comprendí que aquella última línea no estaba delante de mí.

La llevaba años cruzando.

«El secreto del mundo no debe buscarse detrás de los objetos, sino detrás de los sujetos.» (Una frase simple y definitoria der un hombre con un nombre complejo: Jakob Johann von Uexküll nacido el 8 de setiembre de 1864)

Richard Hughes cumple hoy 51 años y sin él no sonaría la batería del grupo Keane. 

El mateix banc

Cada tarda s’asseia al mateix banc i observava com el món canviava de pressa.

La fleca es convertí en una immobiliària. El quiosc, en una botiga de mòbils. Els nens que jugaven a pilota començaren a empènyer cotxets. Després, a caminar més a poc a poc.

Ell continuava allà.

Un dia, una dona de cabells blancs s’assegué al seu costat.

—Encara vens?

La va mirar. Va reconèixer aquells ulls.

—Tu també has canviat.

Ella somrigué.

—Tu no?

Llavors es mirà les mans.

I descobrí que feia anys que el banc era l’únic que no havia envellit.



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