sábado, 12 de septiembre de 2026

 

SE VENDEN RECUERDOS

Durante cincuenta años aquella casa había ido aprendiendo su vida.

La marca junto a la puerta de la cocina todavía señalaba cuánto medían sus hijos a los seis, a los nueve, a los doce años. En una baldosa del pasillo quedaba la pequeña grieta que hizo su marido cuando se le cayó el martillo intentando colgar un cuadro. Y en la pared del dormitorio, aunque ya nadie pudiera verla, seguía apoyada la espalda de él la última noche que durmieron juntos.

Ahora tenía que marcharse.

El nuevo propietario recorrió el piso mirando más los metros cuadrados que las habitaciones.

—Los muebles pueden quedarse —dijo—. Me sirven para el apartamento turístico.

Ella miró la mesa del comedor. Allí habían celebrado cumpleaños, discutido por tonterías y firmado papeles importantes sin saber que lo eran. Pasó la mano por el respaldo de una silla.

—¿Cuánto quiere por todo?

Ella hizo cuentas.

Vendió la mesa.

El armario donde aún colgaba una corbata de su marido que nunca se había atrevido a tirar.

La cama.

Las mesitas.

El aparador.

Hasta aquella lámpara horrible que habían comprado recién casados porque entonces les pareció moderna y después conservaron durante medio siglo por no darle la razón al otro.

El hombre anotaba cantidades en el móvil.

Cuando terminaron, observó el piso vacío.

—Bueno —dijo satisfecho—, creo que ya está todo.

Ella negó con la cabeza.

—Faltan los recuerdos.

Él sonrió, creyendo que bromeaba.

—¿Y cuánto quiere por ellos?

La mujer no contestó.

Sacó las llaves del bolsillo y las dejó sobre la mesa que ya no era suya.

Después recorrió lentamente el pasillo. Tocó la marca de altura de sus hijos, la grieta del martillo, la pared del dormitorio. Cerró los ojos un instante.

Cuando salió del piso llevaba las manos vacías.

A la mañana siguiente, el propietario volvió acompañado del arquitecto.

Los muebles seguían allí.

También las puertas, las ventanas y el suelo.

Pero las paredes habían desaparecido.

Todas.

El arquitecto miró desconcertado aquel espacio abierto al cielo.

—¿Qué demonios ha pasado aquí?

El propietario recordó entonces a la anciana y la última pregunta que le había hecho.

Y comprendió que los muebles podían venderse.

Los recuerdos, no.

Porque algunos, cuando se van, se llevan la casa.

«¿Cómo es posible que la mente ejerza sus poderes causales en un mundo que es fundamentalmente físico?» (Jaegwon Kim es un filósofo surcoreano que hoy cumple 92 años; es una edad longeva que, a buen suguro, ha alcanzado a base de cuidar cuerpo y mente)

Mylène Farmer nos explica en su canción «Des lols et des quoi» el empobrecimiento del lenguaje y pregunta que pasa cuando las palabras pierden el alma, los matices y la memoria. Tengo una respuesta: llega la incomunicación. ¡Feliz 65 cumpleaños!


L’última paraula

Van prohibir les paraules difícils perquè feien pensar massa.

Després van eliminar les llargues. Més tard, les que tenien doble sentit.

Al final només quedaren LOL, TOP, WTF i quatre emoticones autoritzades.

L’avi, abans de morir, em va cridar a cau d’orella i em va regalar una paraula clandestina:

—Tendresa.

No sabia què volia dir.

La vaig buscar a internet.

Error 404.

Aquella nit vaig escriure-la a la paret.

L’endemà algú hi havia afegit una altra paraula:

—Resistència.

I vaig comprendre que encara no ho havíem perdut tot.



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