CUANDO SE ACABA LA NOVEDAD

Hay
un momento terrible en casi todas las relaciones: cuando empiezas a saber lo
que va a decir la otra persona antes de que abra la boca.
No
hace falta llevar treinta años casados. A veces basta con seis meses y dos
fines de semana en un apartamento pequeño.
—Ya
sabía que ibas a decir eso.
Esa
frase debería figurar entre las principales causas de defunción del amor. Junto
al «tenemos que hablar», naturalmente, que pertenece ya a la categoría de
enfermedades terminales.
Al
principio todo resulta extraordinario. La forma en que se ríe. Cómo se recoge
el pelo. Sus manías. Incluso te parece adorable que deje los zapatos tirados en
mitad del pasillo.
—Es
tan despistada…
Tres
años después tropiezas con los mismos zapatos y piensas seriamente en el Código
Penal.
No
ha cambiado ella.
Han
cambiado los zapatos.
O,
mejor dicho, has cambiado tú.
Porque
el amor tiene una primera etapa en la que confundimos descubrimiento con
profundidad. Nos fascina conocer cada centímetro de una persona. Su cuerpo, sus
historias, sus heridas, sus secretos. Preguntamos durante horas.
—¿Y
tú qué hacías de pequeña?
A
los diez años de convivencia ya conocemos hasta la respuesta.
Y
quizá ahí comienza el problema.
Creemos
que amar consiste en descubrir permanentemente algo nuevo.
Como
si nuestra pareja tuviera la obligación contractual de sorprendernos todos los
martes.
Pero
llega un día en que ya sabemos cómo besa, cómo duerme, cómo hace el amor, cómo
discute y hasta qué cara pondrá cuando le digamos que hemos vuelto a olvidarnos
de comprar papel higiénico.
La
pasión pierde entonces parte del misterio.
Y
algunos empiezan a mirar hacia fuera.
Porque
fuera todo es nuevo.
Una
mirada distinta.
Una
conversación que todavía no sabemos cómo terminará.
Un
cuerpo cuyo mapa ignoramos.
Una
persona que aún no ha tenido tiempo de decepcionarnos.
Eso
resulta excitante.
Por
supuesto.
El
problema es que confundimos excitación con felicidad.
Y
volvemos a empezar.
Otra
persona.
Otras
cenas.
Otros
mensajes a medianoche.
Otro
primer beso.
Otra
vez contar nuestra infancia.
Otra
vez explicar nuestros sueños.
Otra
vez escuchar historias que todavía nos parecen fascinantes porque no las hemos
oído cuarenta veces.
Hasta
que un día esa nueva persona deja también los zapatos en mitad del pasillo.
Y
entonces volvemos a preguntarnos dónde se ha metido el amor.
Quizá
en ninguna parte.
Quizá
sigue allí.
Debajo
de todo.
Solo
que ya no lleva maquillaje.
Porque
la verdadera intimidad empieza precisamente cuando desaparece la novedad.
Cuando dos personas ya conocen sus defectos, sus cuerpos cansados, sus pequeñas
mezquindades, sus ronquidos, sus silencios y esas zonas oscuras que procuramos
ocultar durante los primeros meses.
Ahí
empieza algo mucho menos espectacular.
Pero
quizá bastante más difícil.
Quedarse.
No
por obligación.
No
por miedo.
Ni
siquiera por costumbre.
Quedarse
porque un día miras a esa persona que lleva veinte años diciéndote las mismas
cosas y descubres algo inesperado.
Que
tú también llevas veinte años repitiendo las tuyas.
Y
entonces comprendes que quizá la monotonía del amor no estaba en ella.
Estaba
en ti.
Y
que cambiar de amante puede ser relativamente fácil.
Lo
verdaderamente complicado es convertirse uno mismo en alguien nuevo.
«Un imprevisto es la
única esperanza» (Eugenio Montale nacido el 12 de octubre de 1896 para ser
premio nobel de literatura en 1975 por cuestionar, en una sola frase, nuestra
necesidad de controlarlo todo)
El
soroll que feies
Cada
nit, l'Eloïsa m'insultava des de l'altaveu del menjador. Era una gravació de la
nostra última discussió.
Els
veïns protestaven. El meu fill insistia que necessitava ajuda.
Ahir
vaig esborrar-la.
Vaig
sopar en silenci, mirant el seu costat buit del sofà. Ja no recordava com
pronunciava el meu nom quan encara m'estimava.
Aquest
matí he trucat a una empresa de recuperació de dades.
—Podem
recuperar-ho tot. També els insults.
—Tot
—he contestat.
Després
he rentat els plats. Dos cops.
A
l'Eloïsa mai li semblaven prou nets.
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