domingo, 11 de octubre de 2026

 

ESCRIBO POR INTERÉS

Tengo la teoría, seguramente poco romántica, de que existen dos grandes motores que nos mueven por la vida: el interés y el dinero.

Y antes de que alguien me acuse de materialista, aclaro que cuando hablo de «interés» me refiero a un inmenso cajón de sastre donde caben el amor, la amistad, la curiosidad, las inquietudes profesionales, las pasiones y hasta esas ganas, tan humanas, de que alguien nos preste un poco de atención. El dinero, por su parte, no necesita demasiadas explicaciones. Se explica solo y, por lo general, bastante bien.

Lo ideal sería que ambos motores funcionasen al mismo tiempo, aunque no siempre tenemos esa suerte. Unas veces hacemos las cosas porque nos gustan; otras, porque nos pagan. Y, cuando coinciden ambas circunstancias, podemos considerarnos unos privilegiados.

Lo que tengo bastante claro es que, cuando no existe ninguno de esos dos estímulos, cuesta encontrar motivos para moverse. Salvo que nos empujen, naturalmente.

Viene todo esto a cuento de una frase que acabo de leer de Gustave Flaubert, uno de esos escritores a los que se supone que hay que dar la razón por el simple hecho de llevar más de un siglo muertos y figurar en todas las historias de la literatura.

Decía el insigne francés:

«Escribo por el solo placer de escribir, para mí solo, sin ninguna finalidad de dinero o publicidad. En mi pobre vida, tan vulgar y tranquila, las frases son aventuras y no recojo otras flores que las metáforas».

Pues mire usted, monsieur Flaubert, permítame que discrepe.

No dudo de que escribir le produjese un placer inmenso. A mí también me ocurre, aunque reconozco que algunas veces las palabras se resisten tanto que termino preguntándome si no sería más provechoso dedicarme a la jardinería. Tampoco pongo en duda que no persiguiese el dinero. Hasta ahí, de acuerdo.

Pero eso de escribir «para mí solo» ya me cuesta bastante más digerirlo.

Porque una cosa es escribir para uno mismo y otra muy distinta querer que lo escrito permanezca exclusivamente para uno. Hay quien llena cuadernos que jamás enseña a nadie. Lo comprendo. Pero cuando uno decide publicar sus pensamientos, sus historias o sus desvaríos, sospecho que está reconociendo algo que, por pudor o por coquetería intelectual, le cuesta confesar: que desea ser leído.

Y no hay nada de malo en ello.

Es más, me atrevería a decir que detrás de muchas vocaciones literarias se esconde una pequeña vanidad. La de imaginar que nuestras palabras pueden interesar a alguien. Que una desconocida sonría al leer una frase nuestra, que otro lector se enfade con lo que hemos escrito o que alguien, en algún lugar, se detenga un momento a pensar.

¿Acaso eso no es interés?

Por supuesto que se puede escribir sin esperar dinero, fama ni reconocimiento. Pero me cuesta creer que quien ofrece sus palabras a los demás sea absolutamente indiferente a lo que ocurra con ellas.

Y ahí es donde la declaración de Flaubert me parece un tanto contradictoria. Si escribía únicamente para sí mismo, ¿cómo es que, tantos años después, yo estoy leyendo sus palabras y, para mayor atrevimiento, discutiéndolas públicamente?

Quizá el bueno de Gustave fuese mucho más modesto que yo. O quizá disfrutase cultivando esa imagen del escritor puro, ajeno a las miserias mundanas y entregado al noble ejercicio de perseguir metáforas.

En cualquier caso, voy a confesaros algo.

Yo escribo porque me gusta. Porque me divierte, porque a veces necesito ordenar mis pensamientos y porque hay cosas que, si no las escribo, se me quedan dando vueltas por la cabeza.

Pero también escribo para que me leáis. Y, puestos a ser sinceros, prefiero que os guste lo que escribo, aunque tampoco me disgustaría que alguna vez me llevaseis la contraria.

Dinero, desde luego, no gano un céntimo.

Así que, si habéis llegado hasta esta última línea, ya sabéis cuál es mi interés.

Y, de paso, acabáis de pagarme.

«Mi justicia es la justicia de la libertad, la justicia de la democracia; en resumen, la justicia de la tolerancia» (Hans Kelsen situó en su lugar a la Justicia aunque no lo hayamos sabido aplicar. Para él era fácil: filósofo nacido el 11 de octubre de 1881)

Hoy me venía como vinilo a la reflexión "Paperback Writer" de The Beatles. Trata de un escritor dispuesto a modificar su novela para conseguir que se la publiquen. Una sátira a quien presume de escribir por vocación, aunque aceptaría cambiar el final, el protagonista y hasta sus principios por un buen contrato editorial

Escric per interès

Escric per interès. Al principi, pels diners. L'editor em va proposar publicar la novel·la si jo n'assumia les despeses. Vaig descobrir que el meu talent era sobretot financer.

Després vaig escriure per venjança. La meva exdona va comprar tots els exemplars perquè ningú els llegís. Va ser el meu únic èxit de vendes.

Ara escric per amor. Cada nit invento una conversa amb ella, que va morir fa tres anys.

De vegades em corregeix alguna paraula.

Continua sent tan tossuda com sempre.

Ahir em va fer esborrar «exdona».

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