ESCRIBO POR INTERÉS

Tengo
la teoría, seguramente poco romántica, de que existen dos grandes motores que
nos mueven por la vida: el interés y el dinero.
Y
antes de que alguien me acuse de materialista, aclaro que cuando hablo de
«interés» me refiero a un inmenso cajón de sastre donde caben el amor, la
amistad, la curiosidad, las inquietudes profesionales, las pasiones y hasta
esas ganas, tan humanas, de que alguien nos preste un poco de atención. El
dinero, por su parte, no necesita demasiadas explicaciones. Se explica solo y,
por lo general, bastante bien.
Lo
ideal sería que ambos motores funcionasen al mismo tiempo, aunque no siempre
tenemos esa suerte. Unas veces hacemos las cosas porque nos gustan; otras,
porque nos pagan. Y, cuando coinciden ambas circunstancias, podemos
considerarnos unos privilegiados.
Lo
que tengo bastante claro es que, cuando no existe ninguno de esos dos
estímulos, cuesta encontrar motivos para moverse. Salvo que nos empujen,
naturalmente.
Viene
todo esto a cuento de una frase que acabo de leer de Gustave Flaubert, uno de
esos escritores a los que se supone que hay que dar la razón por el simple
hecho de llevar más de un siglo muertos y figurar en todas las historias de la
literatura.
Decía
el insigne francés:
«Escribo
por el solo placer de escribir, para mí solo, sin ninguna finalidad de dinero o
publicidad. En mi pobre vida, tan vulgar y tranquila, las frases son aventuras
y no recojo otras flores que las metáforas».
Pues
mire usted, monsieur Flaubert, permítame que discrepe.
No
dudo de que escribir le produjese un placer inmenso. A mí también me ocurre,
aunque reconozco que algunas veces las palabras se resisten tanto que termino
preguntándome si no sería más provechoso dedicarme a la jardinería. Tampoco
pongo en duda que no persiguiese el dinero. Hasta ahí, de acuerdo.
Pero
eso de escribir «para mí solo» ya me cuesta bastante más digerirlo.
Porque
una cosa es escribir para uno mismo y otra muy distinta querer que lo escrito
permanezca exclusivamente para uno. Hay quien llena cuadernos que jamás enseña
a nadie. Lo comprendo. Pero cuando uno decide publicar sus pensamientos, sus
historias o sus desvaríos, sospecho que está reconociendo algo que, por pudor o
por coquetería intelectual, le cuesta confesar: que desea ser leído.
Y no
hay nada de malo en ello.
Es
más, me atrevería a decir que detrás de muchas vocaciones literarias se esconde
una pequeña vanidad. La de imaginar que nuestras palabras pueden interesar a
alguien. Que una desconocida sonría al leer una frase nuestra, que otro lector
se enfade con lo que hemos escrito o que alguien, en algún lugar, se detenga un
momento a pensar.
¿Acaso
eso no es interés?
Por
supuesto que se puede escribir sin esperar dinero, fama ni reconocimiento. Pero
me cuesta creer que quien ofrece sus palabras a los demás sea absolutamente
indiferente a lo que ocurra con ellas.
Y
ahí es donde la declaración de Flaubert me parece un tanto contradictoria. Si
escribía únicamente para sí mismo, ¿cómo es que, tantos años después, yo estoy
leyendo sus palabras y, para mayor atrevimiento, discutiéndolas públicamente?
Quizá
el bueno de Gustave fuese mucho más modesto que yo. O quizá disfrutase
cultivando esa imagen del escritor puro, ajeno a las miserias mundanas y
entregado al noble ejercicio de perseguir metáforas.
En
cualquier caso, voy a confesaros algo.
Yo
escribo porque me gusta. Porque me divierte, porque a veces necesito ordenar
mis pensamientos y porque hay cosas que, si no las escribo, se me quedan dando
vueltas por la cabeza.
Pero
también escribo para que me leáis. Y, puestos a ser sinceros, prefiero que os
guste lo que escribo, aunque tampoco me disgustaría que alguna vez me llevaseis
la contraria.
Dinero,
desde luego, no gano un céntimo.
Así
que, si habéis llegado hasta esta última línea, ya sabéis cuál es mi interés.
Y,
de paso, acabáis de pagarme.
«Mi justicia es la
justicia de la libertad, la justicia de la democracia; en resumen, la justicia
de la tolerancia» (Hans Kelsen situó en su lugar a la Justicia aunque no lo
hayamos sabido aplicar. Para él era fácil: filósofo nacido el 11 de octubre de
1881)
Hoy me venía como vinilo a la reflexión "Paperback Writer" de The Beatles. Trata de un escritor dispuesto a modificar su novela para conseguir que se la publiquen. Una sátira a quien presume de escribir por vocación, aunque aceptaría cambiar el final, el protagonista y hasta sus principios por un buen contrato editorial
Escric
per interès
Escric
per interès. Al principi, pels diners. L'editor em va proposar publicar la
novel·la si jo n'assumia les despeses. Vaig descobrir que el meu talent era
sobretot financer.
Després
vaig escriure per venjança. La meva exdona va comprar tots els exemplars perquè
ningú els llegís. Va ser el meu únic èxit de vendes.
Ara
escric per amor. Cada nit invento una conversa amb ella, que va morir fa tres
anys.
De
vegades em corregeix alguna paraula.
Continua
sent tan tossuda com sempre.
Ahir em va fer esborrar «exdona».
No hay comentarios:
Publicar un comentario