DRAMAS DE BOLSILLO

Anoche me disponía a
apagar el móvil cuando apareció una muchacha llorando sobre una cama de hotel.
Acababa de descubrir que su marido la engañaba con su hermana gemela. La
hermana, por cierto, era idéntica a ella, lo que supongo que facilitaba mucho
las cosas al marido y abarataba considerablemente el presupuesto de producción.
Debí apagarlo. Pero la
joven anunció que estaba embarazada, apareció un multimillonario por la puerta
y alguien recibió una bofetada. Todo en cincuenta y ocho segundos. En mi
familia necesitamos bastante más tiempo para ponernos de acuerdo sobre dónde vamos
a cenar.
Aquello se llamaba
microdrama. Lo he averiguado después. Son series para el móvil, grabadas en
vertical, con capítulos de un minuto y finales pensados para que uno se quede
con el dedo colgando sobre la pantalla. No sé por qué las llaman «micro». Los
problemas son gigantescos y los personajes lloran a tamaño natural.
En el segundo episodio,
el multimillonario resultó ser pobre. En el tercero, la embarazada era
millonaria, aunque ella no lo sabía. En el cuarto, una anciana reveló que había
cambiado a dos bebés al nacer. Nadie se sorprendió. Yo sí. A esas alturas ya me
costaba recordar quién se había acostado con quién, una cuestión fundamental
cuando se pretende seguir una trama familiar.
Lo
más sorprendente fue comprobar que los primeros episodios eran gratuitos. Digo
los primeros porque, en el momento en que una mano iba a abrir un sobre con los
resultados de una prueba de ADN, la aplicación se puso seria:
«Desbloquee
el siguiente capítulo».
Pensé que era una
broma. ¿Cómo iban a cobrarme por una criatura cuya paternidad desconocía y que,
hasta hacía unos minutos, me importaba un rábano?
Pues
cobraban.
Podía comprar monedas
virtuales o ver anuncios. Acabé viendo publicidad de un préstamo rápido para
poder seguir mirando cómo los multimillonarios humillaban a los pobres. Todo
muy educativo.
He leído que buena
parte de estas producciones se hace con ayuda de inteligencia artificial. Ahora
entiendo ciertas cosas. Una mente humana puede equivocarse al escribir una
historia. Una máquina puede fabricar quinientos equívocos antes del desayuno,
sin despeinarse.
Eso sí, en todas las
historias, las mujeres parecen destinadas a casarse con un rico, descubrir que
son ricas o llorar porque un rico las ha abandonado. La emancipación femenina,
por lo visto, sigue pendiente de la cuenta corriente del príncipe.
Y los hombres tampoco
salen demasiado bien parados. O son millonarios arrogantes que maltratan a sus
parejas o son pobres desgraciados que, cuando menos te lo esperas, heredan un
imperio empresarial. No aparece ninguno que trabaje ocho horas, tenga una hipoteca
y padezca de próstata. Supongo que eso no tendría audiencia.
Lo que sí me preocupa
es cómo han conseguido que una de esas historias aparezca en mi móvil. Porque
yo no la había buscado. Me encontró ella. Por lo visto, los algoritmos analizan
nuestros gustos y deciden qué debemos ver. A mí me han debido confundir con una
adolescente romántica de trece años o con una señora millonaria despechada.
Aunque, pensándolo bien, últimamente consulto mucho los precios de los
supermercados y eso debe de parecerles un drama.
Mi mujer apareció en la
puerta del salón.
—¿Qué
haces?
—Estoy
viendo una serie.
—¿En
el móvil? ¿No tenemos una televisión de cincuenta pulgadas?
—Es
que esta se ve en vertical.
—¿Y
qué ventaja tiene?
—Que
los personajes sufren más estrechos.
Me miró de esa manera
que emplea cuando ha decidido no perder el tiempo discutiendo conmigo.
—¿Has
bajado la basura?
—Espera.
Tengo que averiguar quién es el padre.
—¿De
qué niño?
—No
lo sé. Me faltan seis monedas.
Se fue a la habitación
negando con la cabeza. Un rato después, desde la cama, me gritó:
—Por
cierto, mañana tenemos que hablar.
—¿De
qué?
—Mañana
lo sabrás.
Llevo desde entonces
buscando en el móvil cómo comprar monedas para adelantar el capítulo.
«Amarse
a uno mismo es el comienzo de un romance que dura toda la vida» (Oscar Wilde es
uno de mis parafraseadores favoritos, por eso ha aparecido más de una vez por
aquí. La frase describe magistralmente el amor propio, ese amor que algun@s se
profesan desmedidamente. Hoy hubiese cumplido 172 años. Una lástima que no haya
sido así)
Les fotografies mogudes
Quan ens vam separar, ella es va endur les
fotografies bones. Jo vaig quedar-me les que havien sortit mogudes: una cama
seva, mitja espatlla meva, el gos fugint de l'objectiu.
Trenta anys després, la nostra filla em va demanar
com havia estat la nostra història.
Li vaig ensenyar la fotografia del gos.
—Pare, aquí no es veu res.
—Ja.
Va remenar la capsa una bona estona. Després va
preguntar-me per què no n'havíem fet més.
No vaig respondre.
Quan va marxar, vaig descobrir que s'havia endut
aquella fotografia. La del gos.
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