EL DIVORCIO DE ALQUILER

El
día que nos divorciamos compré dos rollos de cinta adhesiva. María quería
comprar dos maletas, pero después de consultar el precio de los alquileres en
Barcelona, llegamos a la conclusión de que resultaba más económico dividir el
piso que dividir nuestras vidas.
Llevábamos
cuarenta años casados. Los últimos cinco, dedicados a discutir por asuntos tan
trascendentales como la temperatura del aire acondicionado, el volumen del
televisor o mi irritante costumbre de dejar los zapatos donde me los quitaba.
El
amor se había terminado. La paciencia, también. Solo nos quedaba el contrato de
alquiler, firmado cuando todavía se podía vivir en Barcelona sin necesidad de
tener un antepasado millonario.
Así
que establecimos fronteras.
Una
línea amarilla atravesaba el salón, partiendo el sofá en dos mitades. En la
cocina, cada uno disponía de sus propios armarios y medio frigorífico. El
balcón también quedó dividido, aunque ella se apropió de la parte soleada
alegando derechos adquiridos por cuarenta años de matrimonio.
—¿Y
el baño? —pregunté.
—Territorio
neutral. Pero bajas la tapa.
Aquello
empezaba a parecerse sospechosamente a nuestro matrimonio.
Dormíamos
en la misma cama, separados por una almohada que hacía las funciones de muro
fronterizo. El primer día intenté levantarme durante la noche y acabé en el
suelo. María, que llevaba años quejándose de mis ronquidos, comentó desde su
lado:
—Por
lo menos ahora te caes en tu territorio.
Las
primeras semanas fueron razonablemente pacíficas. Nos cruzábamos en el pasillo
con la cortesía distante de dos vecinos que tienen pendiente una denuncia por
ruidos.
Hasta
que María enfermó.
La
escuché toser de madrugada. Me levanté, calenté un poco de leche y fui a buscar
el termómetro. Tenía treinta y nueve de fiebre.
Me
senté a su lado. Le aparté el pelo húmedo de la frente, como había hecho tantas
veces.
—Estás
invadiendo mi zona —murmuró.
—Presenta
una reclamación a Naciones Unidas.
Sonrió
apenas y me cogió la mano.
Me
quedé allí hasta que se durmió.
Un
mes después fui yo quien tuvo que guardar cama. María cruzó la frontera cargada
con una bandeja, las pastillas y su habitual mal humor.
—Tómate
esto y deja de hacerte el moribundo.
Aquella
noche retiró la almohada que nos separaba. No dijo nada. Yo tampoco.
Seguimos
divorciados. No hemos vuelto a besarnos ni tenemos intención de reconciliarnos.
A veces discutimos por quién ha gastado más agua caliente. O por las visitas.
Ella insiste en que tengo la mala costumbre de respirar demasiado fuerte.
La
sentencia judicial nos reconoció el derecho a rehacer nuestras vidas por
separado.
La
semana pasada recibimos una comunicación del propietario anunciando una subida
del alquiler.
María
la leyó, me miró y preguntó:
—¿Y
si nos volvemos a casar?
—¿Para
qué?
—Para
desgravar algo, aunque sea la desgracia.
Todavía
estamos estudiándolo.
Mientras
tanto, hemos dejado la cinta adhesiva donde estaba.
Excepto la de la cama.
«Es mejor escribir bien
que escribir mucho» (Marsilio Ficino nacido el 19 de octubre de 1433 para filosofar
sobre lo que pensaba respecto a l@s que escribimos mucho)
El 19 de octubre de 1845 se estreno en Dresde la ópera Tannhäuser de Richard Wagner. Años más tarde, Karajan, pudo dirigir esa ópera y nos dejó la maravilla del vídeo.
El
pecat que no prescriu
Van
retrobar-se després de trenta anys, en un funeral.
—Encara
vas a missa? —preguntà ella.
—Cada
diumenge.
—I
Déu et perdona?
—Tot
menys haver-te estimat.
Ella
va somriure. Tenia les mans arrugades, però conservava aquella manera de
mirar-lo que li desordenava les conviccions.
—Em
vaig casar amb un home bo.
—Ho
sé.
—Mai
no m'ha preguntat si soc feliç.
Ell
va voler agafar-li la mà. Ella no la va retirar.
Quan
el sagristà apagà els llums, continuaven asseguts.
A
fora, el marit d'ella feia estona que esperava.
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