viernes, 2 de octubre de 2026

 

LA LETRA PEQUEÑA

Vendió el coche, hipotecó la casa y pidió una excedencia en el trabajo.

Su mujer le preguntó si estaba seguro.

—Completamente.

Llevaba quince años estudiando mapas, vídeos censurados, fotografías sospechosas de la NASA y testimonios de personas que hablaban durante dos horas delante de una webcam sin pestañear. Sabía que la Tierra era plana. Lo sabía con esa seguridad que solo proporciona no admitir ninguna prueba en contrario.

Cuando Columbia anunció que entregaría «la empresa» a quien demostrase la existencia del borde del mundo, sintió que, por fin, la Historia llamaba a su puerta.

Preparó la expedición.

Compró botas Columbia, chaqueta Columbia, mochila Columbia y unos pantalones Columbia con tantos bolsillos que durante el viaje perdió tres veces el pasaporte dentro de ellos.

Tardó nueve meses.

Atravesó océanos, glaciares y territorios donde hasta Google Maps parecía dudar. Finalmente llegó.

Delante de él, la Tierra terminaba.

No había metáfora posible. El océano se precipitaba hacia una oscuridad infinita y las nubes caían por aquel abismo como si alguien hubiese olvidado acabar de dibujar el planeta.

Lloró.

Luego recordó lo importante.

Sacó el teléfono y se hizo una fotografía.

La envió.

Tres días después recibió respuesta de Columbia.

Enhorabuena.

Había ganado.

Regresó a casa convertido en el hombre que había demostrado que miles de años de astronomía estaban equivocados.

Su mujer lo esperaba en el aeropuerto.

—¿Somos ricos?

Él sonrió.

—Somos propietarios de Columbia.

El abogado de la compañía los recibió una semana después. Traía una carpeta bastante fina para contener una multinacional.

—Firme aquí.

Él firmó.

—¿Y las fábricas?

—No están incluidas.

—¿Las tiendas?

—Tampoco.

—¿La marca?

—No.

—¿Entonces qué he ganado?

El abogado consultó los papeles.

—The Company, LLC.

—¿Y qué tiene?

—Activos por valor aproximado de cien mil dólares.

Hubo un silencio.

El antiguo terraplanista cogió el contrato que había aceptado nueve meses antes. Al final de la última página encontró un asterisco. Después otro. Y debajo, en una letra minúscula que obligaba casi a pegar la nariz al papel, estaba todo perfectamente explicado.

Miró a su mujer.

Ella no dijo nada.

Tampoco hacía falta.

Había llegado hasta el mismísimo borde de la Tierra.

Lo que nunca se le ocurrió fue llegar hasta el final de un contrato.

«Para mí, el comercio sin trabas iba de la mano de la paz; los altos aranceles y las barreras comerciales, de la guerra.» (Cordell Hull nacido el 2 de octubre de 1871 para ser premio nobel de la paz de 1945. Este político norteamericano no se hubiese llevado nada bien con P. D. Trump)

Philip Oakey, cantautor y teclista de la banda The Human League, cumple hoy 71 años; en la canción veréis que luce una cabellera negra, lacia y abundante; nada que ver con la de hoy. Claro, de eso hace 44 años. 


El que em vas donar

—Sense mi encara serviries copes.

Ho va dir sense cridar. Com qui recorda un deute.

Ella va deixar les claus damunt la taula.

—Potser.

Ell va somriure, convençut que aquell «potser» era una victòria.

—Jo et vaig ensenyar tot el que saps.

Ella es va posar l’abric.

—No. Em vas ensenyar tot el que sabies tu.

Va obrir la porta.

—¿I ara què faràs?

Ella es va girar un moment.

—Equivocar-me sola.

Quan la porta es va tancar, ell encara buscava alguna cosa que pogués atribuir-se.


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