LA LETRA PEQUEÑA

Vendió
el coche, hipotecó la casa y pidió una excedencia en el trabajo.
Su
mujer le preguntó si estaba seguro.
—Completamente.
Llevaba
quince años estudiando mapas, vídeos censurados, fotografías sospechosas de la
NASA y testimonios de personas que hablaban durante dos horas delante de una
webcam sin pestañear. Sabía que la Tierra era plana. Lo sabía con esa seguridad
que solo proporciona no admitir ninguna prueba en contrario.
Cuando
Columbia anunció que entregaría «la empresa» a quien demostrase la existencia
del borde del mundo, sintió que, por fin, la Historia llamaba a su puerta.
Preparó
la expedición.
Compró
botas Columbia, chaqueta Columbia, mochila Columbia y unos pantalones Columbia
con tantos bolsillos que durante el viaje perdió tres veces el pasaporte dentro
de ellos.
Tardó
nueve meses.
Atravesó
océanos, glaciares y territorios donde hasta Google Maps parecía dudar.
Finalmente llegó.
Delante
de él, la Tierra terminaba.
No
había metáfora posible. El océano se precipitaba hacia una oscuridad infinita y
las nubes caían por aquel abismo como si alguien hubiese olvidado acabar de
dibujar el planeta.
Lloró.
Luego
recordó lo importante.
Sacó
el teléfono y se hizo una fotografía.
La
envió.
Tres
días después recibió respuesta de Columbia.
Enhorabuena.
Había
ganado.
Regresó
a casa convertido en el hombre que había demostrado que miles de años de
astronomía estaban equivocados.
Su
mujer lo esperaba en el aeropuerto.
—¿Somos
ricos?
Él
sonrió.
—Somos
propietarios de Columbia.
El
abogado de la compañía los recibió una semana después. Traía una carpeta
bastante fina para contener una multinacional.
—Firme
aquí.
Él
firmó.
—¿Y
las fábricas?
—No
están incluidas.
—¿Las
tiendas?
—Tampoco.
—¿La
marca?
—No.
—¿Entonces
qué he ganado?
El
abogado consultó los papeles.
—The
Company, LLC.
—¿Y
qué tiene?
—Activos
por valor aproximado de cien mil dólares.
Hubo
un silencio.
El
antiguo terraplanista cogió el contrato que había aceptado nueve meses antes.
Al final de la última página encontró un asterisco. Después otro. Y debajo, en
una letra minúscula que obligaba casi a pegar la nariz al papel, estaba todo
perfectamente explicado.
Miró
a su mujer.
Ella
no dijo nada.
Tampoco
hacía falta.
Había
llegado hasta el mismísimo borde de la Tierra.
Lo
que nunca se le ocurrió fue llegar hasta el final de un contrato.
«Para mí, el comercio
sin trabas iba de la mano de la paz; los altos aranceles y las barreras
comerciales, de la guerra.» (Cordell Hull nacido el 2 de octubre de 1871 para
ser premio nobel de la paz de 1945. Este político norteamericano no se hubiese
llevado nada bien con P. D. Trump)
Philip Oakey, cantautor y teclista de la banda The Human League, cumple hoy 71 años; en la canción veréis que luce una cabellera negra, lacia y abundante; nada que ver con la de hoy. Claro, de eso hace 44 años.
El que
em vas donar
—Sense
mi encara serviries copes.
Ho
va dir sense cridar. Com qui recorda un deute.
Ella
va deixar les claus damunt la taula.
—Potser.
Ell
va somriure, convençut que aquell «potser» era una victòria.
—Jo
et vaig ensenyar tot el que saps.
Ella
es va posar l’abric.
—No.
Em vas ensenyar tot el que sabies tu.
Va
obrir la porta.
—¿I
ara què faràs?
Ella
es va girar un moment.
—Equivocar-me
sola.
Quan
la porta es va tancar, ell encara buscava alguna cosa que pogués atribuir-se.
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