SE SIGUIÓ EL PROTOCOLO

Hay
frases que deberían dar miedo.
«Se
siguió el protocolo» es una de ellas.
Christa
Pike estaba atada a una camilla. Tenía cincuenta años y llevaba casi treinta
esperando que llegara aquel día. Le administraron una dosis de pentobarbital.
No murió. Después otra. Tampoco. Seguía respirando.
Y
alguien debió mirar el reloj.
No
sé qué se hace en esos momentos. Imagino que se consulta un manual. Se llama a
alguien. Se pregunta si existe una casilla para marcar cuando el muerto
previsto se obstina en continuar vivo.
La
muerte administrativa debe de tener sus inconvenientes.
Porque
una cosa es morirse y otra muy distinta que te maten con cita previa.
En
el primer caso, el corazón se para cuando quiere. En el segundo hay
funcionarios, abogados, testigos, horarios, agujas, formularios. Todo
perfectamente organizado para conseguir un resultado bastante sencillo: que una
persona que está viva deje de estarlo.
Y
aquella noche no funcionó.
Conviene
decir algo antes de continuar.
Christa
Pike fue condenada por el asesinato de Colleen Slemmer. Una joven de diecinueve
años murió brutalmente. Hubo unos padres, una familia, una vida arrancada. Nada
de lo ocurrido aquella noche en la cámara de ejecución cambia eso. La compasión
hacia una persona no necesita borrar a otra para existir.
Precisamente
ahí empieza la parte difícil.
Porque
matar es una palabra desagradable y hemos aprendido a sustituirla por otras más
limpias.
«Ejecutar
una sentencia».
«Aplicar
la pena capital».
«Administrar
una inyección letal».
«Cumplir
el protocolo».
El
lenguaje tiene una extraordinaria habilidad para ponerle guantes blancos a
determinadas cosas.
Pero
debajo de las palabras había una mujer atada a una camilla.
Una
aguja.
Luego
otra.
Y
alguien esperando.
Esperando
que muriera.
Me
impresiona especialmente ese verbo: esperar.
Hay
personas que esperaban fuera de una habitación a que nacieran sus hijos. Otras
esperan noticias después de una operación. Esperamos trenes, llamadas,
resultados médicos, personas que llegan tarde.
Aquella
noche había gente esperando una muerte.
Y la
muerte llegó tarde.
Entonces
ocurrió algo difícil de encajar incluso dentro de nuestra capacidad para
acostumbrarnos a casi todo: tuvieron que llevarla a un hospital.
Una
ambulancia.
Médicos.
Tratamiento.
Salvarle
la vida.
A la
misma persona cuya muerte se había estado intentando provocar unos minutos
antes.
No
sé qué conversación se produce en una ambulancia así.
—¿Qué
ha ocurrido?
—La
hemos intentado ejecutar.
—¿Y
ahora?
—Ahora
hay que salvarla.
Quizá
ningún diálogo explique mejor la contradicción.
No
hace falta convertir a Christa Pike en inocente. No lo era según la sentencia
que la condenó. Tampoco hace falta olvidar a Colleen Slemmer. Sería otra
injusticia.
La
pregunta incómoda aparece después.
Qué
hacemos nosotros con la muerte cuando decidimos organizarla.
Porque
entonces hay que fijarle una fecha, preparar una habitación, escoger una
sustancia, sujetar unos brazos y esperar a que el cuerpo obedezca.
Y
los cuerpos, a veces, no obedecen.
Respiran.
Resisten.
Se
aferran a esa costumbre tan animal y tan poco jurídica de seguir vivos.
Después
llegarán las investigaciones. Los expertos determinarán qué falló. Tal vez una
vía. Tal vez la dosis. Tal vez el procedimiento. Habrá informes,
responsabilidades, conclusiones.
Todo
eso podrá averiguarse.
Hay
otra pregunta bastante más difícil de responder.
Aquella
noche una ambulancia salió de la prisión con las luces encendidas.
Dentro
viajaba una mujer a la que llevaban deprisa al hospital para evitar que
muriera.
Unos
minutos antes, también tenían prisa.
Pero
para lo contrario.
«Quién pudiera como tú,
a la vez quieto y en marcha, cantar siempre el mismo verso pero con distinta
agua.» (Gerardo Diego nacido el 3 de octubre
de 1896 para convertir al río en una hermosa imagen del tiempo y también de la poesía:
algo permanece mientras todo cambia)
Lindsey Buckingham es compositor y guitarrista nacido el 3 de octubre de 1949 en los EEUU. Sus mejores composiciones las hizo con la banda Fleetwood Mac allá por los años 80 del siglo pasado.
La maleta buida
Cada
primavera, l’àvia treia una maleta de sota el llit.
No
hi posava roba. Només l’obria, s’asseia davant i esperava.
—On
vas, àvia?
—Lluny.
L’endemà
la maleta tornava a ser sota el llit.
Quan
va morir, la mare va voler llençar-la. Jo me la vaig quedar.
Avui
l’he oberta per primera vegada.
A
dins hi havia una fotografia: l’àvia, molt jove, descalça davant d’una
caravana. Al seu costat, un home que no era l’avi.
Al
darrere, dues paraules:
«Encara
t’espero.»
He
tancat la maleta.
Demà
me l’emporto.
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