sábado, 3 de octubre de 2026

 

SE SIGUIÓ EL PROTOCOLO

Hay frases que deberían dar miedo.

«Se siguió el protocolo» es una de ellas.

Christa Pike estaba atada a una camilla. Tenía cincuenta años y llevaba casi treinta esperando que llegara aquel día. Le administraron una dosis de pentobarbital. No murió. Después otra. Tampoco. Seguía respirando.

Y alguien debió mirar el reloj.

No sé qué se hace en esos momentos. Imagino que se consulta un manual. Se llama a alguien. Se pregunta si existe una casilla para marcar cuando el muerto previsto se obstina en continuar vivo.

La muerte administrativa debe de tener sus inconvenientes.

Porque una cosa es morirse y otra muy distinta que te maten con cita previa.

En el primer caso, el corazón se para cuando quiere. En el segundo hay funcionarios, abogados, testigos, horarios, agujas, formularios. Todo perfectamente organizado para conseguir un resultado bastante sencillo: que una persona que está viva deje de estarlo.

Y aquella noche no funcionó.

Conviene decir algo antes de continuar.

Christa Pike fue condenada por el asesinato de Colleen Slemmer. Una joven de diecinueve años murió brutalmente. Hubo unos padres, una familia, una vida arrancada. Nada de lo ocurrido aquella noche en la cámara de ejecución cambia eso. La compasión hacia una persona no necesita borrar a otra para existir.

Precisamente ahí empieza la parte difícil.

Porque matar es una palabra desagradable y hemos aprendido a sustituirla por otras más limpias.

«Ejecutar una sentencia».

«Aplicar la pena capital».

«Administrar una inyección letal».

«Cumplir el protocolo».

El lenguaje tiene una extraordinaria habilidad para ponerle guantes blancos a determinadas cosas.

Pero debajo de las palabras había una mujer atada a una camilla.

Una aguja.

Luego otra.

Y alguien esperando.

Esperando que muriera.

Me impresiona especialmente ese verbo: esperar.

Hay personas que esperaban fuera de una habitación a que nacieran sus hijos. Otras esperan noticias después de una operación. Esperamos trenes, llamadas, resultados médicos, personas que llegan tarde.

Aquella noche había gente esperando una muerte.

Y la muerte llegó tarde.

Entonces ocurrió algo difícil de encajar incluso dentro de nuestra capacidad para acostumbrarnos a casi todo: tuvieron que llevarla a un hospital.

Una ambulancia.

Médicos.

Tratamiento.

Salvarle la vida.

A la misma persona cuya muerte se había estado intentando provocar unos minutos antes.

No sé qué conversación se produce en una ambulancia así.

—¿Qué ha ocurrido?

—La hemos intentado ejecutar.

—¿Y ahora?

—Ahora hay que salvarla.

Quizá ningún diálogo explique mejor la contradicción.

No hace falta convertir a Christa Pike en inocente. No lo era según la sentencia que la condenó. Tampoco hace falta olvidar a Colleen Slemmer. Sería otra injusticia.

La pregunta incómoda aparece después.

Qué hacemos nosotros con la muerte cuando decidimos organizarla.

Porque entonces hay que fijarle una fecha, preparar una habitación, escoger una sustancia, sujetar unos brazos y esperar a que el cuerpo obedezca.

Y los cuerpos, a veces, no obedecen.

Respiran.

Resisten.

Se aferran a esa costumbre tan animal y tan poco jurídica de seguir vivos.

Después llegarán las investigaciones. Los expertos determinarán qué falló. Tal vez una vía. Tal vez la dosis. Tal vez el procedimiento. Habrá informes, responsabilidades, conclusiones.

Todo eso podrá averiguarse.

Hay otra pregunta bastante más difícil de responder.

Aquella noche una ambulancia salió de la prisión con las luces encendidas.

Dentro viajaba una mujer a la que llevaban deprisa al hospital para evitar que muriera.

Unos minutos antes, también tenían prisa.

Pero para lo contrario.

«Quién pudiera como tú, a la vez quieto y en marcha, cantar siempre el mismo verso pero con distinta agua.»  (Gerardo Diego nacido el 3 de octubre de 1896 para convertir al río en una hermosa imagen del tiempo y también de la poesía: algo permanece mientras todo cambia)

Lindsey Buckingham es compositor y guitarrista nacido el 3 de octubre de 1949 en los EEUU. Sus mejores composiciones las hizo con la banda Fleetwood Mac allá por los años 80 del siglo pasado.

La maleta buida

Cada primavera, l’àvia treia una maleta de sota el llit.

No hi posava roba. Només l’obria, s’asseia davant i esperava.

—On vas, àvia?

—Lluny.

L’endemà la maleta tornava a ser sota el llit.

Quan va morir, la mare va voler llençar-la. Jo me la vaig quedar.

Avui l’he oberta per primera vegada.

A dins hi havia una fotografia: l’àvia, molt jove, descalça davant d’una caravana. Al seu costat, un home que no era l’avi.

Al darrere, dues paraules:

«Encara t’espero.»

He tancat la maleta.

Demà me l’emporto.


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