miércoles, 21 de octubre de 2026

 

LO HE VISTO CON MIS PROPIOS OJOS

Esta mañana he visto a un pingüino esperando el metro en la estación de Diagonal, en Barcelona. Estaba junto a una máquina expendedora de billetes y un señor con corbata le acariciaba la cabeza. Los demás viajeros seguían mirando sus móviles.

Muy barcelonés todo.

Me lo he creído. Durante unos segundos, pero me lo he creído.

Después he descubierto que el vídeo era falso. Generado por inteligencia artificial. Ni pingüino ni señor con corbata. Lo único auténtico era la estación.

Y he recordado aquella frase con la que, antiguamente, pretendíamos zanjar cualquier discusión:

—¡Te lo digo yo, que lo he visto con mis propios ojos!

Pues resulta que ahora nuestros propios ojos también nos engañan. Podemos ver a un presidente anunciando su dimisión, a un famoso confesando un crimen que nunca cometió o a un muerto felicitando las Navidades a sus familiares.

Todo con sus voces, sus gestos y hasta ese pequeño tic que tenían en la comisura de los labios.

Y todo mentira.

Bueno, todo no. Ese es precisamente el problema.

Porque también vemos guerras verdaderas, niños heridos de verdad y políticos diciendo auténticas barbaridades sin necesidad de manipulación alguna. La estupidez humana, por ahora, sigue siendo artesanal.

Tenemos más medios que nunca para saber lo que ocurre en el mundo y cada vez sabemos menos qué debemos creernos.

Aunque reconozco que yo tampoco ayudo demasiado.

Cuando una noticia confirma lo que pienso, me la creo casi inmediatamente. Si contradice mis convicciones, me convierto en un investigador de prestigio internacional. Examino la fuente, la fecha, las imágenes y, si hace falta, los antecedentes penales del periodista.

Una rigurosidad admirable. Lástima que sea tan selectiva.

Y empiezo a temer que pronto suceda algo todavía peor: que las imágenes verdaderas dejen de servir como prueba de nada. Cualquier delincuente podrá decir que su vídeo es falso. Cualquier mentiroso tendrá a la inteligencia artificial como testigo de descargo.

Hasta imagino a alguien gritando que se está ahogando mientras los presentes discuten si la escena es real o está generada por ordenador.

En fin.

He vuelto a mirar al pingüino del metro. Allí seguía, tan tranquilo, esperando un tren que nunca llegaría a recogerlo.

Me ha parecido tan simpático que he decidido enviárselo a un amigo.

«Mira qué curioso. No sé si es verdad, pero es una pasada».

Me ha contestado enseguida:

«¡Increíble! Se lo paso a mis hijos».

He estado a punto de decirle que era falso.

Pero tampoco iba a estropearle la ilusión por una tontería. Además, yo había escrito que no sabía si era verdad. Técnicamente, no había mentido. Aunque sí lo sabía.

Al cabo de diez minutos me ha llegado el mismo vídeo desde otro grupo de WhatsApp.

«¡Mirad lo que ha pasado esta mañana en Barcelona!».

Han empezado a llover los comentarios. Caritas sorprendidas, pingüinos, carcajadas y algún que otro insulto al Ayuntamiento por permitir animales sueltos en el metro.

He disfrutado leyendo las ocurrencias.

Hasta que uno de los participantes ha preguntado:

—¿Alguien sabe si es auténtico?

He mirado la pantalla. En otra pestaña seguía abierto el artículo que explicaba cómo habían fabricado el vídeo.

Podía compartirlo. Pero tampoco era cuestión de hacerse el listo delante de todo el mundo. Y, además, ¿qué daño hacía un pingüino esperando el metro?

—A mí me ha llegado por varios sitios —he escrito.

No era mentira. Me había llegado por varios sitios.

—Entonces debe ser verdad —ha contestado alguien.

Le he puesto un «me gusta».

Poco después, otro participante ha compartido un vídeo con unas declaraciones escandalosas de un político. Alguien ha demostrado que también era falso.

«¡Hay que contrastar las noticias antes de difundirlas!», he escrito.

He recibido seis «me gusta» y un aplauso.

Me he sentido satisfecho. Especialmente porque tenía toda la razón.

Después he pensado que mis amigos de Facebook también merecían disfrutar del pingüino. He vuelto a compartir el vídeo, pero esta vez he quitado la frase «No sé si es verdad».

No aportaba nada. Además, ya lo había comprobado y sabía que era falso. No necesitaba expresar dudas.

En pocos minutos tenía diecisiete reacciones y varios comentarios.

Uno decía:

«¡Qué vergüenza! ¡Y luego dicen que en Barcelona no pasan cosas raras!».

He soltado una carcajada.

Otro me ha preguntado:

—¿Es verdad? ¿Lo has comprobado?

He vuelto a mirar la pestaña que aún tenía abierta. Allí seguía el desmentido, con las imágenes originales y el procedimiento utilizado para fabricar aquella escena imposible.

He empezado a escribir una explicación.

«Es un montaje hecho con inteligencia artificial».

La he leído dos veces. Si la publicaba, tendría que reconocer que lo sabía desde el principio. Y eso podía dar lugar a interpretaciones equivocadas sobre mi conducta.

La he borrado.

Entonces he visto que el contador había subido a veintitrés reacciones.

He vuelto a reproducir el vídeo. He ampliado la imagen, he examinado las sombras, los movimientos del animal, la expresión del señor de la corbata. Todo parecía auténtico.

He pensado que, si alguien era capaz de fabricar algo tan perfecto, tampoco podía exigírseme que lo distinguiese de la realidad.

Era un argumento razonable.

He contestado:

—Por supuesto que lo he comprobado.

—¿Y cómo estás tan seguro?

He cerrado la pestaña del desmentido.

—Porque lo he visto con mis propios ojos.

Y he seguido desayunando.

Unos minutos después, alguien ha escrito que el vídeo era falso y ha publicado el enlace que yo acababa de cerrar.

He tenido el impulso de darle la razón.

Pero he visto que ya tenía treinta y dos «me gusta».

Así que le he respondido:

—Hoy en día hay gente que se empeña en negar hasta lo que tiene delante de las narices.

Y, por primera vez en toda la mañana, me he creído lo que estaba diciendo.

«La justicia solo se encuentra en la imaginación» (Alfred Nobel nacido el 21 de octubre de 1833 para darle nombre y dinero a los premios que se reparten en su nombre. Personaje contradictorio que pensaba que el poder destructivo de las armas -con las que hizo una considerable fortuna- disuadiría a las naciones a entrar en guerra. Consideración, visto lo visto, mas que discutible. Como también lo es la frase de hoy que deja una reflexión: ¿es la justicia una realidad imperfecta que debemos mejorar o un ideal que nunca alcanzaremos?)

Jon Carin cumple hoy 62 años y es un músico estadounidense que ha tenido la suerte de tocar en las dos (para mi) mejores bandas de los EEUU: Pink Floyd y The Who. En el vídeo, con los rosas interpretando Wish You Were Here (Ojalá estuvieses aquí)

L'home de la butaca

Després de sopar, en Martí encenia el televisor i la Clara li explicava el dia. De tant en tant, ell deia «ahà» sense apartar els ulls de la pantalla.

Un vespre, ella va deixar una postal damunt la taula: «Tant de bo fossis aquí».

—Però si soc aquí —va protestar.

—Ja.

L'endemà, en Martí arribà aviat, apagà el televisor i s'assegué al seu costat.

Ella li va parlar d'una dona que havia conegut al tren.

—Qui és?

—La que m'ha llogat una habitació.

En Martí va buscar el comandament a les palpentes.

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