LO HE VISTO CON MIS PROPIOS OJOS

Esta
mañana he visto a un pingüino esperando el metro en la estación de Diagonal, en
Barcelona. Estaba junto a una máquina expendedora de billetes y un señor con
corbata le acariciaba la cabeza. Los demás viajeros seguían mirando sus
móviles.
Muy
barcelonés todo.
Me
lo he creído. Durante unos segundos, pero me lo he creído.
Después
he descubierto que el vídeo era falso. Generado por inteligencia artificial. Ni
pingüino ni señor con corbata. Lo único auténtico era la estación.
Y he
recordado aquella frase con la que, antiguamente, pretendíamos zanjar cualquier
discusión:
—¡Te
lo digo yo, que lo he visto con mis propios ojos!
Pues
resulta que ahora nuestros propios ojos también nos engañan. Podemos ver a un
presidente anunciando su dimisión, a un famoso confesando un crimen que nunca
cometió o a un muerto felicitando las Navidades a sus familiares.
Todo
con sus voces, sus gestos y hasta ese pequeño tic que tenían en la comisura de
los labios.
Y
todo mentira.
Bueno,
todo no. Ese es precisamente el problema.
Porque
también vemos guerras verdaderas, niños heridos de verdad y políticos diciendo
auténticas barbaridades sin necesidad de manipulación alguna. La estupidez
humana, por ahora, sigue siendo artesanal.
Tenemos
más medios que nunca para saber lo que ocurre en el mundo y cada vez sabemos
menos qué debemos creernos.
Aunque
reconozco que yo tampoco ayudo demasiado.
Cuando
una noticia confirma lo que pienso, me la creo casi inmediatamente. Si
contradice mis convicciones, me convierto en un investigador de prestigio
internacional. Examino la fuente, la fecha, las imágenes y, si hace falta, los
antecedentes penales del periodista.
Una
rigurosidad admirable. Lástima que sea tan selectiva.
Y
empiezo a temer que pronto suceda algo todavía peor: que las imágenes
verdaderas dejen de servir como prueba de nada. Cualquier delincuente podrá
decir que su vídeo es falso. Cualquier mentiroso tendrá a la inteligencia
artificial como testigo de descargo.
Hasta
imagino a alguien gritando que se está ahogando mientras los presentes discuten
si la escena es real o está generada por ordenador.
En
fin.
He
vuelto a mirar al pingüino del metro. Allí seguía, tan tranquilo, esperando un
tren que nunca llegaría a recogerlo.
Me
ha parecido tan simpático que he decidido enviárselo a un amigo.
«Mira
qué curioso. No sé si es verdad, pero es una pasada».
Me
ha contestado enseguida:
«¡Increíble!
Se lo paso a mis hijos».
He
estado a punto de decirle que era falso.
Pero
tampoco iba a estropearle la ilusión por una tontería. Además, yo había escrito
que no sabía si era verdad. Técnicamente, no había mentido. Aunque sí lo sabía.
Al
cabo de diez minutos me ha llegado el mismo vídeo desde otro grupo de WhatsApp.
«¡Mirad
lo que ha pasado esta mañana en Barcelona!».
Han
empezado a llover los comentarios. Caritas sorprendidas, pingüinos, carcajadas
y algún que otro insulto al Ayuntamiento por permitir animales sueltos en el
metro.
He
disfrutado leyendo las ocurrencias.
Hasta
que uno de los participantes ha preguntado:
—¿Alguien
sabe si es auténtico?
He
mirado la pantalla. En otra pestaña seguía abierto el artículo que explicaba
cómo habían fabricado el vídeo.
Podía
compartirlo. Pero tampoco era cuestión de hacerse el listo delante de todo el
mundo. Y, además, ¿qué daño hacía un pingüino esperando el metro?
—A
mí me ha llegado por varios sitios —he escrito.
No
era mentira. Me había llegado por varios sitios.
—Entonces
debe ser verdad —ha contestado alguien.
Le
he puesto un «me gusta».
Poco
después, otro participante ha compartido un vídeo con unas declaraciones
escandalosas de un político. Alguien ha demostrado que también era falso.
«¡Hay
que contrastar las noticias antes de difundirlas!», he escrito.
He
recibido seis «me gusta» y un aplauso.
Me
he sentido satisfecho. Especialmente porque tenía toda la razón.
Después
he pensado que mis amigos de Facebook también merecían disfrutar del pingüino.
He vuelto a compartir el vídeo, pero esta vez he quitado la frase «No sé si es
verdad».
No
aportaba nada. Además, ya lo había comprobado y sabía que era falso. No
necesitaba expresar dudas.
En
pocos minutos tenía diecisiete reacciones y varios comentarios.
Uno
decía:
«¡Qué
vergüenza! ¡Y luego dicen que en Barcelona no pasan cosas raras!».
He
soltado una carcajada.
Otro
me ha preguntado:
—¿Es
verdad? ¿Lo has comprobado?
He
vuelto a mirar la pestaña que aún tenía abierta. Allí seguía el desmentido, con
las imágenes originales y el procedimiento utilizado para fabricar aquella
escena imposible.
He
empezado a escribir una explicación.
«Es
un montaje hecho con inteligencia artificial».
La
he leído dos veces. Si la publicaba, tendría que reconocer que lo sabía desde
el principio. Y eso podía dar lugar a interpretaciones equivocadas sobre mi
conducta.
La
he borrado.
Entonces
he visto que el contador había subido a veintitrés reacciones.
He
vuelto a reproducir el vídeo. He ampliado la imagen, he examinado las sombras,
los movimientos del animal, la expresión del señor de la corbata. Todo parecía
auténtico.
He
pensado que, si alguien era capaz de fabricar algo tan perfecto, tampoco podía
exigírseme que lo distinguiese de la realidad.
Era
un argumento razonable.
He
contestado:
—Por
supuesto que lo he comprobado.
—¿Y
cómo estás tan seguro?
He
cerrado la pestaña del desmentido.
—Porque
lo he visto con mis propios ojos.
Y he
seguido desayunando.
Unos
minutos después, alguien ha escrito que el vídeo era falso y ha publicado el
enlace que yo acababa de cerrar.
He
tenido el impulso de darle la razón.
Pero
he visto que ya tenía treinta y dos «me gusta».
Así
que le he respondido:
—Hoy
en día hay gente que se empeña en negar hasta lo que tiene delante de las
narices.
Y,
por primera vez en toda la mañana, me he creído lo que estaba diciendo.
«La justicia solo se
encuentra en la imaginación» (Alfred Nobel nacido el 21 de octubre de 1833 para
darle nombre y dinero a los premios que se reparten en su nombre. Personaje
contradictorio que pensaba que el poder destructivo de las armas -con las que
hizo una considerable fortuna- disuadiría a las naciones a entrar en guerra.
Consideración, visto lo visto, mas que discutible. Como también lo es la frase de
hoy que deja una reflexión: ¿es la justicia una realidad imperfecta que debemos
mejorar o un ideal que nunca alcanzaremos?)
L'home
de la butaca
Després
de sopar, en Martí encenia el televisor i la Clara li explicava el dia. De tant
en tant, ell deia «ahà» sense apartar els ulls de la pantalla.
Un
vespre, ella va deixar una postal damunt la taula: «Tant de bo fossis aquí».
—Però
si soc aquí —va protestar.
—Ja.
L'endemà,
en Martí arribà aviat, apagà el televisor i s'assegué al seu costat.
Ella
li va parlar d'una dona que havia conegut al tren.
—Qui
és?
—La
que m'ha llogat una habitació.
En
Martí va buscar el comandament a les palpentes.
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