EL ALUMNO EJEMPLAR

El
chico sacó un diez.
Un
diez tan limpio que daba miedo.
No
había una falta de ortografía, una coma extraviada ni uno de esos adjetivos que
los alumnos colocan donde pueden cuando no saben muy bien qué quieren decir. La
introducción abría el tema con elegancia, el desarrollo avanzaba sin tropezar y
la conclusión cerraba todas las puertas.
El
profesor lo leyó dos veces.
Después
dejó el bolígrafo rojo sobre la mesa. No sabía dónde clavarle una corrección.
—Brillante
—murmuró.
Pero
algo no encajaba.
En
aquellas páginas no estaba el chico. No aparecía su manera atropellada de
hablar, ni sus dudas, ni aquella costumbre de empezar una frase sin saber cómo
iba a terminarla. Ni siquiera había una idea equivocada, que suele ser el
primer indicio de que alguien ha pensado por su cuenta.
El
trabajo no olía a copia.
Olía
a ausencia.
Poco
después, el colegio aprobó una nueva norma. Los alumnos tendrían que entregar
también los borradores, las tachaduras, las preguntas absurdas, los párrafos
abandonados y cualquier otra prueba de que habían permanecido vivos mientras
escribían.
El
chico protestó.
Sus
padres hablaron de progreso, de nuevas herramientas y de no poner puertas al
futuro. El director creó una comisión. La comisión encargó un informe. El
informe dio lugar a un protocolo de treinta y siete páginas que nadie leyó,
aunque todos aprobaron por unanimidad.
Estaba
redactado de manera impecable.
Desde
entonces, los profesores comenzaron a buscar en cada trabajo algo más difícil
de corregir que una falta de ortografía: al alumno.
A
veces lo encontraban en una frase torpe.
Otras,
en una duda.
Y
alguna vez, incluso, en un error.
El
chico volvió a entregar su trabajo.
Sacó
un ocho.
Los
dos puntos que faltaban eran los únicos que había escrito él.
«No basta con desear ser
libre; también se necesita saber» (La frase de Christopher
Caudwell nacido el 20 de octubre de 1907 y traspasado a la habitación de al
lado el 12 de febrero de 1937 justo cuando entraba en combate defendiendo la
Segunda República española en el Jarama)
Ángela Brambati celebra hoy su 79 aniversario y sigue cantando "Sara perche ti amo" que no necesita traducción. El amor no lo necesita.
L'aniversari
Van sortir del jutjat amb el
divorci signat i sense saber què dir-se.
A la plaça, un acordionista
tocava Sarà perché ti amo. La Mercè va allargar la mà. En Pere, després de
dubtar, l'hi va agafar.
Van ballar entre turistes i
coloms. Ell encara recordava quan havia de fer-la girar.
—Celebreu l'aniversari?
—preguntà el músic.
—Trenta-vuit anys —respongué
en Pere.
—Un dia —el corregí ella.
Van deixar unes monedes a
l'estoig.
—Demà et truco? —preguntà ell.
—Per què?
—Encara no ho sé.
La Mercè va somriure. Aquesta
vegada no li va donar cap resposta.
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