jueves, 19 de febrero de 2026

 

LA ENGRAPADORA


Él apareció con una bolsa de papelería, como si acabara de atracar una oficina sin cámaras.

—Feliz aniversario —dijo.

En su voz había esa tranquilidad de los hombres que no saben envolver un regalo, pero sí saben quedarse. Cincuenta y siete años siendo la misma sombra a mi lado, a veces estorbo, a veces abrigo.

Yo abrí la bolsa con una mezcla de ironía y miedo. A estas alturas, el romanticismo siempre parece una promesa con letra pequeña.

Una engrapadora.

Roja. Plástica. Barata. Con esa sonrisa de objeto condenado a terminar en un cajón con pilas muertas.

Me quedé mirándola como se mira una broma.

—¿Una engrapadora?

Él no se defendió. No corrió a buscar una explicación brillante. Solo apoyó la palma sobre la mesa y me miró.

—La tuya se atasca.

—¿Y eso es…? —dejé la frase colgando, esperando que cayera algo más: un sobre, una caja, un “era broma”.

Él se sentó, despacio, como si el cuerpo también celebrara el aniversario.

—Tú llevas toda la vida juntando cosas —dijo—. Cosas pequeñas. Cosas que si se pierden, nadie las echa de menos… hasta que faltan.

Yo iba a contestar con sarcasmo, pero él siguió, y me desarmó con una precisión que no le conocía:

—Engrapaste los recibos cuando yo aún creía que el banco era una especie de dios caprichoso. Engrapaste los dibujos del niño, y luego los del nieto. Engrapaste recetas, facturas, notas, papeles del médico… —hizo una pausa—. Engrapaste incluso aquella carta del hospital. La doblaste dos veces antes, para que ocupara menos. Como si el dolor, doblado, también pesara menos.

Mi garganta hizo ese gesto de traición: querer llorar. Y yo, que siempre he sido más de aguantar que de mostrar, apreté los labios.

Él alargó la mano y me tocó los dedos. No como un gesto de película, sino como lo que ha sido nuestra historia: una verdad pequeña repetida mil veces.

—Nunca te compré flores sin motivo —dijo, casi pidiendo perdón sin decirlo—. Pero me sé de memoria dónde dejas las llaves cuando estás nerviosa. Sé cuándo te duele la espalda por cómo te recoges el pelo. Sé cuándo piensas que estás sola aunque yo esté en la misma habitación.

Yo miré la engrapadora otra vez. Ya no parecía un objeto. Era un idioma.

Él la acercó a mí y, como si me ofreciera una joya rara, explicó:

—Esto es para que no tengas que pelearte con el atasco. Para que la vida te haga menos resistencia. Y… —tragó saliva, como si lo que venía fuera demasiado íntimo para su educación sentimental— y para recordarte que yo he estado aquí, viendo cómo sostenías el mundo con dos grapas.

Me reí, pero la risa salió con agua. Él sonrió, vencido y orgulloso a la vez.

Le di la vuelta a la engrapadora. Debajo, con rotulador negro, había escrito una frase torpe, con letra de hombre que nunca escribió cartas de amor:

“Para que no se te desarme la vida.”

Me quedé un rato quieta. Con el objeto en la mano. Con el tiempo apoyado en el pecho.

No era un regalo bonito. Era algo mejor: era un hombre aprendiendo tarde, sí, pero aprendiendo. Poniendo en palabras lo que siempre hizo a su manera: quedarse, reparar, sujetar.

Esa noche la dejé en la mesilla, al lado del vaso de agua y las gafas. Como si la cama tuviera, por fin, un tercer testigo: la prueba de que el amor no siempre brilla… a veces simplemente engrapa.

Al apagar la luz, él me rozó el hombro con la punta de los dedos.

—¿Te ha gustado? —preguntó, con esa inseguridad de quien se juega algo grande con un objeto pequeño.

Yo no respondí enseguida. Me giré hacia él y le besé la frente, despacio, como si estuviera comprobando que seguía ahí.

—Me ha gustado porque no es una cosa —susurré—. Es que me has mirado.

Y en la oscuridad, sentí su respiración cambiar. Como cuando algo se queda sujeto por dentro, sin hacer ruido.

«El amor es una experiencia compartida… pero no significa que se viva de forma parecida por las dos personas.» (Carson McCullers nacida el 19 de febrero de 1917 sólo vivió 50 años pero fueron suficientes para escribir “La balada del café triste” de donde se extrae esa cita realista y la mayor parte de las veces, triste)

Alan Merrill cumpliría hoy 75 años pero se plantó a los 69 declarando que le gustaba mucho, pero que mucho el rock and roll. Era un "flecha". Literalmente.

La moneda del jukebox

Al bar hi ha una llum bruta, com de nevera vella. Tu tires una moneda i el jukebox escup la guitarra: clac, clac, clac, com si piqués a la porta del pit. Jo faig veure que no t’he mirat, però ja m’has guanyat: somriure de llauna, jaqueta que rasca, olor de cervesa i colònia barata.

—M’encanta el rock-and-roll —dius.

I jo, que sempre dic “no”, em trobo dient “toca’n més”. I m’hi quedo. Com si la vida fos això: soroll, pell i una cançó que no demana permís.


miércoles, 18 de febrero de 2026

 

MARCA BLANCA


El día que me dieron el premio a Mejor Yo del Año supe que había ganado algo… y perdido otra cosa.

La gala tenía esa solemnidad que convierte cualquier tontería en destino: luces, música grande, rostros entrenados para parecer felices sin despeinarse. En la pantalla, frases cortas como órdenes: Sé imparable. Sé tu mejor versión. Sé tú, pero mejor.

Me llamaron por mi nombre y subí como sube uno a un altar: con paso firme y por dentro pidiendo permiso.

La presentadora —una sonrisa con micrófono— me cruzó una banda en el pecho: AUTÓNOMO. Luego me entregó el trofeo: un espejo enmarcado en metal, pulido hasta el exceso.

—Mírate —dijo—. Te lo has ganado.

Me miré. Sonreí. El público respondió con una sonrisa idéntica, un gesto replicado, como si el aplauso viniera preinstalado.

Pero el espejo tenía una grieta. Muy fina. Como una arruga que todavía no se atreve a ser arruga.

Me acerqué a un técnico que estaba a un lado, casi invisible en su camiseta negra.

—¿Esto está roto?

Él no levantó la voz ni la importancia.

—No. Es el modo humilde.

—¿Modo… humilde?

Señaló la grieta con un dedo tranquilo.

—Si el espejo fuera perfecto, usted solo se vería a usted. Con esa grieta se cuelan otras cosas.

Lo miré otra vez. Y se colaron.

Se coló mi necesidad de que me miraran. Se coló mi empeño en tener razón incluso cuando callo. Se coló el orgullo con corbata, el orgullo con “buenas intenciones”, el orgullo con lenguaje de superación. Se coló, sobre todo, una sospecha: que yo no había venido a mejorar, sino a demostrar.

—Entonces la humildad es… ¿rebajarme? —pregunté, con esa prudencia que usamos cuando tememos perder el cargo de protagonista.

El técnico se encogió de hombros.

—La humildad es dejar de vivir como si el mundo fuera un jurado. Es saber dónde termina usted… y empezar a respetar lo que hay fuera.

Volví al centro del escenario con el espejo en la mano. Era mi turno de hablar. Miré al público, miré el trofeo, miré la grieta.

—Gracias por este premio —dije—. Prometo seguir creciendo… pero también prometo dejar de confundirme con mi etiqueta. No soy una marca. No soy un producto. No soy “mi mejor versión”.

Hubo un silencio. No un silencio bonito: un silencio de esos que no caben en un eslogan.

Entonces alguien aplaudió.

Un aplauso raro, imperfecto.

Un aplauso con grieta.

Y, por primera vez en toda la noche, me sentí —no mejor— sino más cerca.

«Vivimos en una época en que uno de los mayores actos de resistencia consiste en no desear, no poseer, negarse a ser feliz según la lógica articulada por el capitalismo.» (A Ricardo Menéndez Salmón hoy lo podemos felicitar por su 55 cumpleaños y, además, porque intenta ser feliz escribiendo y filosofando)

 ¿Se puede hablar de fidelidad a los 46 años que son los que cumple hoy Regina Spektor? Ella no solo habla sino que canta. Otra cosa es como sea esa fidelidad.

Fidelitat de butxaca

Ell em va jurar fidelitat com qui jura que no mirará el mòbil: amb la mà al cor i els ulls fent zàping. Jo li vaig creure el somriure, que era més net que la seva història.

A casa, la seva camisa olia a carrer i a excusa. Vaig posar-la a la rentadora i vaig sentir el tambor: cloc, cloc, com un tribunal petit.

Vaig entendre que la fidelitat no és un temple: és una moneda. I jo ja no en tenia canvi.


martes, 17 de febrero de 2026

 

NO SOMOS DUEÑOS DE LA LONGEVIDAD, PERO SÍ ADMINISTRADORES DEL MARGEN


Lo leí y tuve la tentación de convertirlo en un eslogan, de esos que caben en una taza y te perdonan el lunes. Pero no. Esta frase no sirve para decorar; sirve para discutir contigo mismo cuando te pilla la noche y estás a punto de negociar con la nevera como si fuera una mediadora familiar.

Porque, seamos claros: a todos nos gusta pensar que la vida es un contrato que, si cumples las cláusulas (no fumes, camina, come verde, duerme ocho horas, sonríe a la vida como un idiota funcional), te garantiza una prórroga sin letra pequeña. Y luego llega la realidad, que no firma nada, y te recuerda que hay gente que se cuida como un monje y se apaga pronto, y gente que ha tratado su cuerpo como una discoteca de los noventa y sigue aquí, pidiendo otra ronda.

Ahí entra el golpe limpio: no somos dueños. No tenemos la escritura de propiedad de nuestra duración. Ni siquiera la nuda propiedad. A lo sumo, un usufructo con visitas inesperadas del azar, la genética, la época en que naciste, tu barrio, tu trabajo, tu estrés, tus duelos, tus silencios. Todo eso que no sale en las fotos de “vida saludable” pero te vive por dentro.

Entonces, ¿qué nos queda? Administrar el margen.

El margen es esa franja estrecha donde sí puedes meter mano sin ponerte místico. No para controlar la muerte —qué pretencioso— sino para negociar con el desgaste. El margen es elegir, la mayoría de los días, algo que no te destruya: moverte aunque sea poco, comer sin castigarte, dormir sin convertirlo en otro examen, pedir ayuda antes de que el orgullo te dé una palmadita en la espalda y te hunda. El margen es aprender a distinguir la disciplina de la penitencia. Y también aceptar que hay jornadas en las que el margen es mínimo, ridículo, casi una broma: hoy solo pude no empeorarlo. Y eso ya cuenta.

Me interesa esta idea porque quita dos venenos de un solo golpe.

El primero: la culpa. Esa industria que te vende salud como si fuera una moral. “Si enfermaste, algo hiciste mal.” No, a veces lo que hiciste fue nacer con una baraja distinta. O vivir en un mundo que reparte cartas marcadas.

El segundo: la resignación. El “para qué”. Ese derrotismo cómodo que se disfraza de lucidez: si todo está escrito, déjalo correr. No. Aunque el libro tenga capítulos ya encuadernados, siempre hay páginas en blanco, y en ellas cabe una cosa: cuidado. No como moda, sino como acto práctico y casi político: cuidarte para no llegar roto a lo que venga. Cuidarte para poder seguir decidiendo.

Administrar el margen, al final, también es una forma de dignidad. No la dignidad solemne de los discursos, sino la de lo pequeño: poner límites, bajar el volumen, salir a andar aunque sea tarde, llamar a quien no llamas, hacerte la revisión, dejar de tratar tu cuerpo como un almacén y tu mente como un tribunal.

Y sí, hay un punto incómodo: administrar el margen implica responsabilidad. Pero una responsabilidad adulta, sin látigo. La que admite que no controlas la partida, pero eliges cómo juegas tus cartas. No para ganar —nadie gana— sino para llegar menos engañado, menos roto, menos solo.

No somos dueños de la longevidad, pero sí administradores del margen.

Y ese margen —pequeño, imperfecto, humano— es, curiosamente, lo único que se parece a la libertad.

«Morirse es fácil; lo difícil —lo verdaderamente difícil— es vivir sin hacerse trampes» (Mo Yan autor de la frase, aún no tiene experiència en eso de morirse; así que le felicitaré porque hoy es su 71 cumpleaños y por su Nobel de literatura de 2012 aunque sea un poco tarde)

A mi Ed Sheeran me gusta bastante, por eso esta es la segunda vez que lo felicito en 3 años. Hoy cumple 35 y, si se cuida, aún le queda para que le salgan arrugas.

Promesa amb arrugues

Al mirall del lavabo, ell s’afaita a cops de llum. Ella li marca amb el dit una ferida antiga a la barbeta i riu com si fos nova. A la cuina, el pa cruix, el te fumeja, i el silenci fa de metrònom.

—Quan siguem vells… —diu ell, i s’atura, perquè ja ho són una mica.

Ella li pren la mà: pell fina, pols tossut.

—No em prometis eternitats —li xiuxiueja—. Promet-me avui.

I avui, sense heroismes, els encaixa perfecte



lunes, 16 de febrero de 2026

 

IMPOSIBLE



Me lo dices con esa voz de oficina —la voz que ya viene con el “no se puede” de serie— y a mí se me activa el reflejo: el imposible como excusa elegante para seguir viviendo en modo automático.

Imposible. Qué palabra tan cómoda. Es una manta. Te la echas encima y ya no hace falta moverse. No hace falta pensar. No hace falta exponerse a la pequeña humillación de intentarlo y que salga regular. Porque lo regular también duele, aunque no lo reconozcamos.

Lo peor es que el “imposible” casi nunca habla del mundo. Habla de ti. De mí. De ese punto exacto donde preferimos la rutina a la vergüenza. Donde llamamos prudencia a la cobardía, y experiencia a la pereza. Y luego, claro, nos ponemos serios: “No, si yo no soy negativo… soy realista”.

Realista.

En Londres, hace años, alguien ofrecía dinero al primer avión que cruzara el Canal de la Mancha, y la gente se apostaba para ver el fracaso, no el éxito. Igual que cuando Fulton probó su barco a vapor y las multitudes fueron a mirar cómo se hundía… y tuvo la mala educación de no hundirse.

Los empleados de oficina combatieron las primeras máquinas de escribir —imagínate: el futuro atacado por gente con manguitos— porque el cambio siempre parece una falta de respeto personal.

Y Edison, con su iluminación incandescente, recibió una sentencia solemne: “verdadero fracaso”. Lo dijo un presidente de instituto, que es una manera fina de decir “yo mando también sobre lo que todavía no existe”.

Luego está esa historia que me persigue más que cualquier discurso motivacional: el doctor Gori, el precursor de la refrigeración, burlado, abandonado, endeudado, muerto sin reconocimiento. Cuatro años después, el mundo empezó a enfriarse sin pedirle perdón.

Y yo aquí, en Barcelona, mirando mi pantalla como si fuera una ventana con vistas al mismo patio interior de siempre, oyendo el zumbido de la fotocopiadora como una religión triste. Me digo “imposible” para no tener que admitir que lo que de verdad me asusta no es el proyecto, ni el cambio, ni el salto.

Lo que me asusta es que salga bien.

Porque si sale bien, se acaba la coartada. Se termina la épica de “yo habría podido, pero…”. Y entonces me quedo desnudo frente a esa pregunta que no se puede archivar: ¿y ahora qué hago con mi vida si ya no tengo excusas?

Hoy he hecho un gesto mínimo: he aplastado las dos primeras letras. Como quien pisa una colilla en la acera. Inútil, casi ridículo. Y, sin embargo, ha pasado algo: posible.

No ha sido un milagro. Ha sido un movimiento.

Y eso —lo sé— es lo que más molesta al “imposible”: que no es una verdad. Es un hábito.

Imposible. La palabra vuelve con traje nuevo, pero sigue oliendo a lo mismo: a seguridad barata.

Me la soltaron hace nada con dos ejemplos encima de la mesa, como quien pone un sello y se queda tranquilo. Y yo pensé: qué rápido envejece el “imposible”.

Porque hace cuatro días —en términos de historia, ayer con resaca— parecía ciencia ficción que una vacuna se diseñara en semanas a partir de un trozo de código. Y ahí lo tienes: vacunas de ARN mensajero, un “copiar-pegar” biológico que nos vacunó a medio planeta mientras aún discutíamos si el virus era un invento o una mala idea. Lo imposible se hizo normal y, como todo lo que se vuelve normal, dejó de emocionarnos. Pasamos del asombro al “ponme la tercera dosis, pero que no me maree”.

Y lo otro: esos cohetes que vuelven y aterrizan de pie, como si el cielo les devolviera el cuerpo intacto. Antes era una fantasía de cómic; hoy es un vídeo que ves en el móvil mientras esperas el metro y bostezas. Lo imposible, cuando se repite, pierde glamour. Se convierte en costumbre. Y la costumbre es una trituradora de milagros.

Pero luego está el imposible de ahora, el que todavía no se ha dejado domesticar.

El de la muerte, por ejemplo. No esa muerte solemne de poemas y ataúdes caros, sino la de andar envejeciendo por dentro como una fruta que nadie mira hasta que se pudre. Hay gente prometiendo que “se frenará”, que “se revertirá”, que “la juventud será una tecnología”. Y yo, que tengo fe pero no ingenuidad, lo miro con esa mezcla de deseo y desconfianza: quiero que sea cierto… y a la vez sospecho que, si un día lo logran, nos lo venderán en cuotas, con letra pequeña y atención al cliente enlatada.

Porque lo imposible de hoy, el que aún no se ha realizado, no es solo técnico. Es moral. Es social. Es económico. No es “¿se puede?”, sino “¿quién podrá?”.

Y ahí está la trampa: lo imposible no siempre es una pared. A veces es una puerta con portero.

Así que sigo escuchando esa palabra —imposible— y ya no sé si me habla del universo… o de nosotros, que somos capaces de aterrizar un cohete y, al mismo tiempo, seguir creyendo que cambiar ciertas cosas básicas (la soledad, el cinismo, la desigualdad de oportunidades, el miedo a vivir sin excusas) es demasiado complicado.

Qué forma tan elegante de decir: no nos conviene.

«Nada ha ocurrido en el pasado; ocurrió en el Ahora. Nada ocurrirá jamás en el futuro; ocurrirá en el Ahora.» (… y el ahora se vuelve pasado en este instante que escribo; Eckhart Tolle, escritor alemán que hoy cumple 78 años)

En el vídeo hay una pareja cantando. Es él, James Ingram, quién hoy hubiese cumplido 74 años, se quedó en 67. Ella no, ella sigue pero, como no nació hoy, no le toca tener espacio aquí.


Torna’m la veu

Quan vas marxar, el pis va canviar de gravetat. La tassa va quedar a mig rentar, el sofà va perdre el centre, i el silenci va començar a fer soroll: tic-tac d’un rellotge que abans no manava. Em vaig inventar una rutina per no escoltar-me: llums, notícies, excuses. Però a la nit, el teu nom s’encén com el pilot d’un electrodomèstic vell: petit, constant, humiliant. No et demano miracles. Només que tornis —una estona— i em desprogramis la tristesa amb dos dits a la nuca.


domingo, 15 de febrero de 2026

 

TRAS DE TI


Le creyó.

Como se creen las maldiciones de familia: en voz baja, pegadas a la oreja, sin derecho a réplica.

—Después de ti no hay nada —le susurraba él, rozándole el cuello, como si fuera una promesa y no una amenaza.

Cuando se fue, esperó el fin del mundo.

No llegó.

Llegó, en cambio, la nevera ordenada, el pijama de algodón, los domingos de supermercado y series a medio ver. Llegó la cama enorme donde ya nadie invadía su lado, la almohada seca, el móvil sin fuegos artificiales a las tres de la mañana.

La vida siguió. Una vida de respirar sin perder el aliento: facturas domiciliadas, café templado, mensajes que decían “¿todo bien?” y que sí, todo estaba bien, qué remedio. Un trabajo estable, conversaciones inofensivas, planes previsibles. Paz, sí. De la que aprieta el pecho. Sosiego del agrio, de ese que sabe a rendición.

A veces, al colgar la ropa en el tendedero, notaba el hueco exacto donde antes encajaba su caos. Le dolía menos el recuerdo que el silencio. Menos él que la versión apagada de sí misma que había elegido para sobrevivirle.

Pasaron meses. O años. Da igual: se le fue borrando su perfume, pero no la frase.

Después de ti no hay nada.

Una noche, frente al espejo del pasillo, se vio con las manos manchadas de harina, el pelo recogido de cualquier manera, los ojos cansados pero limpios. Detrás de ella, solo el pasillo en penumbra. Delante, esa mujer que no conocía del todo.

—Mentira —murmuró, casi divertida—. Después de ti hay esto.

Se señaló a sí misma: las cicatrices, el miedo, el hartazgo, la calma torpe, las ganas pequeñas que todavía no se atrevía a nombrar.

No era la vida brillante que había imaginado.

Era otra. Tranquila, sin riesgo, sí. A ratos aburrida, a ratos triste. Pero era suya.

Por primera vez entendió el título de aquella historia que llevaba años escribiendo sin darse cuenta.

No era “Después de ti no hay nada”.

Era “Tras de ti estoy yo”.

«Los gobiernos caen por los mismos medios por los que llegaron al poder.» (No se explica cómo llegó a ser primer ministro en Rumania Titu Maiorescu allá por 1911. Lo que si es cierto es que metió al país en la 2ª guerra balcànica y que nació el 14 de febrero de 1840)

Mick Avory cumple hoy 82 años con sus "Kinks" amigos. Si veis el vídeo un poco raros si que lo son todos, pero lo mismo podrían decir ellos de nosotros si hubiesen tenido la oportunidad de vernos entonces. 

La prova del cable

A la sala d’assaig, el Jack em mira com si fos un ampli vell que ja no sap cridar. Em connecta, em puja el volum, i la vida torna a fer soroll: pell d’aire, dents de distorsió, el cor fent clac-clac com una porta que no vol tancar.

—No és amor —riu—, és electricitat.

Jo li dic que és el mateix, quan t’entra al cos i et deixa tremolant, obedient i feliç. Després s’apaga el pilotet vermell. I em fa por el silenci.



sábado, 14 de febrero de 2026

 

EL AMOR EMPIEZA CON EL TIEMPO Y ES EL TIEMPO QUIEN MESURA SU INTENSIDAD.


No es una frase cómoda. Porque desmonta de un golpe esa fantasía tan nuestra de que el amor nace como un incendio y se mantiene por voluntad, por promesas, por “yo soy así”. No. El amor, si es amor y no un anuncio, empieza cuando pasa el primer temblor. Cuando se va la música de fondo y te quedas con la persona, con su manera de cerrar una puerta, con su silencio cuando está cansada, con su risa repetida en la misma esquina del sofá.

El tiempo no es un juez moral. No viene a premiar a quien lo hace “bien” ni a castigar a quien se equivoca. El tiempo mide, simplemente. Como un vaso medidor en la cocina: no opina, no felicita. Te dice cuánto hay. Y a veces lo que hay sorprende. Porque hay amores que empiezan “fuertes” y, cuando el tiempo los prueba, se deshacen como azúcar en agua caliente: dulces un instante, invisibles después. Y hay otros que parecen poca cosa al principio—una conversación sin fuegos artificiales, una calma rara—y el tiempo, con sus días repetidos, los vuelve densos. No ruidosos. Densos. Habitables.

La intensidad del amor no siempre se nota. A veces se disfraza de costumbre, que es una palabra injustamente despreciada. La costumbre puede ser una tumba… o una casa. La diferencia está en si el tiempo te apaga o te afina. Si con los años te vuelves más pequeño al lado de alguien, o más tú. Si la rutina te encierra, o te sostiene.

Y es curioso: el tiempo no mide solo lo que sientes, mide lo que haces cuando no te apetece sentir. Mide cómo miras cuando estás de mal humor. Cómo cuidas cuando nadie aplaude. Cómo reparas lo que rompes con la lengua. Mide si eliges, una y otra vez, aunque no haya emoción épica. Porque ahí empieza el amor: en la repetición consciente. En el “hoy también” que nadie publica.

Quizá por eso duele tanto cuando se acaba. Porque no se rompe solo un sentimiento: se rompe una medida. Un ritmo. Un calendario compartido. Y, aun así, el tiempo sigue. Como si fuera un tipo imperturbable que te mira y te dice: “Vale. ¿Y ahora qué haces con lo aprendido?”

El amor empieza con el tiempo. Y el tiempo, que no sabe de romanticismo pero sí de verdad, te acaba mostrando si aquello era intensidad… o solo prisa.

«¡Creer! He ahí toda la magia de la vida.» (Poco comentario hay que añadir a la frase de Raúl Scalabrini Ortiz; o te la crees o no te la crees. Poeta, filósofo, pensador, historiador, periodista, escritor, ensayista y, como no con tanta titulación, argentino. Nació el 14 de febrero de 1898 y no le pusieron Valentín de nombre)

Hoy una de las canciones de amor más bellas que se han escrito jamás. Se han hecho muchas versiones pero solo cantada en catalán y por Carles Sabater tiene sentido. Ayer hizo 27 años que partió hacia la luz.

Quan el teu nom fa llum

T’he estimat a foc baix, com s’estima el que no vol fer soroll.
Mentre la ciutat badava, jo aprenia el teu ritme: el pas curt, la mirada que s’escapa, la manera com el silenci et fa de jaqueta quan tens fred.

No sé si això és amor o una mena d’ofici: esperar-te sense fer-me el valent.
Però quan et penso, tot s’ordena. Els semàfors semblen menys arbitraris. La nit, menys dura. I fins el temps, aquest cobrador antipàtic, afluixa.

No et demano miracles.

Només que tornis una mica, encara que sigui com torna una cançó: de sobte, i sense permís.

I jo, boig per tu, però amb la calma de qui ja ha entès que la passió també pot respirar.



viernes, 13 de febrero de 2026


EL TAMAÑO SÍ IMPORTA (PERO A VECES SE NOTA DEMASIADO)



En Cortina todo parecía normal: nieve impecable, banderas limpias, y esa emoción olímpica que huele a patrocinio.

Yo estaba en la zona mixta —ese lugar donde el deporte se confiesa y la prensa finge que entiende— cuando un entrenador, con la cara blanca de quien ha visto al diablo en un vestuario, me susurró:

—Hay saltadores… que se están inyectando ácido hialurónico ahí… para “justificar” un traje más grande.

Dijo “ahí” como quien señala un volcán activo sin mirarlo. Y añadió, orgulloso del horror:

—Más tela, más superficie. Más vuelo.

A mi lado, un juez de equipamiento asentía con la solemnidad de un notario en una boda que no aprueba.

—Aquí medimos todo —me dijo—. Longitudes, costuras, holguras…

—Lo sé —respondí—. En algunos matrimonios también, y fíjese cómo acaban.

El rumor ya tenía nombre de película mala: Penisgate. Y como toda película mala, venía con guion: el atleta se infla para pasar el control, sonríe como un santo recién canonizado, y luego… cuando llega el momento del salto, el milagro pierde presión.

—¿Y entonces qué? —pregunté, por puro periodismo y por pura mala educación.

El entrenador hizo un gesto amplio con las manos, como si estuviera explicando el funcionamiento de un paraguas en una tormenta.

—Queda un hueco.

El juez bajó la voz:

—Y ese hueco… crea un efecto aeroplano.

Yo miré al trampolín. Miré al saltador. Miré a la humanidad. Y pensé: nos pasamos siglos inventando alas y al final lo que vuela es la autoestima.

Cuando el deportista se lanzó, por un segundo pareció que iba a batir récord. Se abrió en el aire con una elegancia casi poética… y, sin embargo, hubo algo… un temblor… una vibración sospechosa entre la ciencia y el ridículo.

Aterrizó cinco metros más allá.

La grada rugió.

Y yo, que he visto muchas cosas en la vida —y peores en cenas de empresa—, solo pude concluir:

—El tamaño sí importa… pero sobre todo importa dónde lo pones. Y en esta Olimpiada, desde luego, lo han puesto en el reglamento.

Fuera, en un cartel luminoso, se leía: Fair Play.

Debajo, alguien había escrito con rotulador:

“Y por favor, desinflen antes de salir.”

«Lo que impide saber no es ni el tiempo ni la inteligencia, sino únicamente la falta de curiosidad.» (No es que Agostinho da Silva nacido el 13 de febrero de 1906 dijera que hay que ser cotilla. Una cosa es ser curios@ y la otra participar de las miserías del prójimo. Por cierto, no puedo estar más de acuerdo con lo dicho por el fillósofo)

Peter Tork, cantautor y bajista de The Monkees, hubiese cumplido hoy 84 años; se quedó en 77. Tenía dos convencimientos: que el amor era un cuento y que la traducción al castellano del nombre de su grupo era "los monos". 

La fe dels dilluns

Quan vaig jurar que l’amor era un conte, ho vaig fer amb la serietat d’un adult i la covardia d’un nen. I després vas arribar tu: no amb trompetes, sinó amb la teva manera de riure quan el cafè surt dolent, com si el món no mereixés cap drama.

Des d’aleshores, cada “no” que em deia la vida s’ha convertit en un “ja ho veurem”. Em fa ràbia admetre-ho: no he trobat la veritat, només una mania nova.

Però quan em mires, torno a creure. I això —maleït— funciona.




jueves, 12 de febrero de 2026


LO QUE EL VIENTO NO SE LLEVÓ

Hoy el viento sopla en Catalunya como si tuviera prisa. Entra por las calles con la arrogancia de quien cree que todo se arregla moviendo cosas: levanta papeles, tumba alguna silla de terraza, le da una bofetada al toldo de un bar que ya estaba cansado de fingir sombra. Hay rachas que parecen redactadas por un humorista: te despeinan el orgullo, te empujan un paso y, si te descuidas, te obligan a mirar de frente lo que llevabas semanas esquivando.

A mí me gusta imaginar —solo imaginar, que la realidad es menos poética y más tercamente burocrática— que el viento tiene criterio ciudadano. Que hoy, con ese silbido afilado, decide llevarse lo que estorba de verdad.

Se lleva el cinismo que se disfraza de “gestión”.

Se lleva las promesas con fecha de caducidad, esas que se anuncian con sonrisa y se ejecutan con excusa.

Se lleva la pobreza energética que nadie mira porque no hace ruido.

Se lleva el alquiler que muerde, el sueldo que no llega, la cola que humilla.

Se lleva la hipocresía de los que piden “paciencia” desde sillones con calefacción.

Y, sin embargo, el viento no se lleva lo peor. No puede.

No se lleva la normalidad del abuso, porque está anclada en costumbres y en silencios.

No se lleva la corrupción, porque aprendió a atarse con nudos legales.

No se lleva la indiferencia, porque pesa más que un contenedor lleno y, encima, nadie la reclama.

Entonces lo entiendo: el viento es fuerte, sí. Pero no es milagroso. Hace su parte —desordena, revela, incomoda— y luego te mira, como diciendo: ahora te toca. Porque lo que de verdad estorba o hace daño no sale volando solo. Hay cosas que no se van con rachas: se expulsan con memoria, con rabia bien dirigida, con votos, con barrio, con calle, con una decencia que no se compra en Amazon.

El viento de hoy, al final, no se llevó lo malo.

Lo dejó ahí, bien visible, para que nadie pueda decir mañana que no lo vio.

«Las alegrías y las tristezas del amor se parecen dulcemente… una sonrisa brilla en medio de las lágrimas, y una sonrisa llama a las lágrimas.» (Friedrich de la Motte Fouqué nació el 12 de febrero de 1777, era romántico -como se observa en la frase- tenia apellidos franceses y, sin embargo, era alemán)

Michael McDonald cumple hoy 74 años y continúa siendo un poco "beneit" (pardillo) en temas como el amor. Aquí lo canta con sus hermanos Dobbie (qué mal queda dicho así)

La memòria amb trampa

Ell torna a aquell bar com qui torna a una foto antiga: convençut que encara hi surt guapo. Demana un te, mira la porta, i es fabrica una entrada triomfal que ningú no ha assajat. Quan ella apareix, no és la d’abans: és la d’ara, amb una vida sencera a la mirada i zero espai per a la seva pel·lícula. Ell somriu igual, com si el somriure fos un contracte. Ella el saluda educada, breu. I ell, fidel al seu autoengany, ho interpreta com esperança.



miércoles, 11 de febrero de 2026

 

EL FALSO CONSENSO

Yo pensaba que lo normal era saber.

No “saber de memoria”, no “haberlo leído en un hilo”, sino ese saber que se te queda en los dedos: resolver sin ruido, conectar cosas, intuir el fallo antes de que el fallo nazca. Lo hacía en silencio, como quien pone el intermitente aunque no venga nadie.

Cuando me decían “qué bien lo has explicado”, yo sonreía con educación y por dentro respondía: bah, si esto lo hace cualquiera. Lo decía con sinceridad, que es una forma elegante de arruinarse.

Por eso nunca levantaba la mano en clase. Por eso no pedía aumentos. Por eso enviaba currículums a puestos pequeños, como quien se compra zapatos una talla menos “para no ir sobrado”. Por eso, cuando una amiga me dijo “preséntate a esa plaza, es para ti”, le contesté lo que siempre: “no es para tanto”.

La gente “para tanto” eran otros. Los que hablaban fuerte. Los que tenían ese brillo de confianza que no se aprende, se finge. Yo tenía otra cosa: precisión. Pero la precisión, si no la enseñas, se convierte en un talento clandestino.

Un día me obligaron a dar una charla. “Solo veinte minutos”, me dijeron. Como si el pánico se midiera en minutos.

Hablé. Sin fuegos artificiales. Con calma. Con ese tono de quien no quiere molestar a la verdad.

Al terminar, se hizo un silencio raro. Denso. De los que no piden perdón.

Y entonces empezó el aplauso.

Primero dos palmas sueltas. Luego muchas. Luego todas. Un aplauso entero, redondo, de esos que no son cortesía sino reconocimiento.

Yo noté algo extraño: no alegría.

Miedo.

Miedo a haber estado equivocada todo este tiempo. A que no fuera “lo normal”. A que, si de verdad era buena, ya no pudiera esconderme detrás de la frase más cómoda del mundo: esto lo hace cualquiera.

Sonreí, asentí, agradecí. Hice lo correcto.

Pero por dentro solo pensaba una cosa, como si me hubieran cambiado el suelo bajo los pies:

Si no lo hace cualquiera… entonces ahora me toca estar a la altura de mí.

Y eso no se enseña en ningún sitio.

«La educación es educarse.» (Hans-Georg Gadamer lo dijo en cuatro palabras como buen filósofo que fue. Y tenía razón: nadie puede educarte por ti; pueden acompañarte, pero el acto decisivo es tuyo. Nació el 11 de febrero de 1900 y filosofó hasta los 102)

Llevo años escuchando la canción de Gene Vincent y aún no sé lo que significa Be-Bop-A-Lula; lo cierto es que queda bien así como la cantaba él hace 69 ó 70 años. Nació el 11 de febrero de 1935 y estuvo por aquí hasta los 36 años. 

L’eco del tupè

Al jukebox del bar, la cançó fa crac i arrenca: “Be-Bop-A-Lula”. En Pep, que sempre ha sigut tímid com una butlleta de loteria perduda, es posa dret com si algú li hagués estirat la columna amb un fil invisible. La camisa li fa olor de tabac vell i colònia barata; a la boca, gust de ginebra i valentia prestada. Ella riu, li clava els ulls i li diu: “Balla, home”. I ell balla… com si el 1956 fos avui i ningú no mirés.



martes, 10 de febrero de 2026

                                                   COALICIÓN DE EGO

(Imagen creada con inteligencia artificial)

El político descubrió el efecto Dunning-Kruger como se descubren las verdades importantes en su gremio: en un carrusel de Instagram con música épica y subtítulos grandes.

“Los incompetentes no saben que lo son”.

Se quedó mirándolo un rato, como si estuviera leyendo una profecía escrita para otros. Luego lo interpretó con su talento principal: el autoengaño profesional.

Si yo no dudo, es que estoy preparado.

La cadena de televisión —ámbito estatal, capital privado y vocación de salvadora nacional a cambio de audiencia— lo colocó en una tertulia con una silla cómoda, un vaso de agua intocable y un rótulo que decía “ANALISTA”. Él vio el rótulo y sintió que el país, por fin, lo entendía. O al menos lo subtitulaba.

—La izquierda tiene un problema de cohesión —anunció, acomodándose el nudo de la corbata como quien ajusta el destino—. Y yo soy la solución.

El presentador, que había visto soluciones que venían con factura y manual de instrucciones, le sonrió con esa sonrisa de “hoy nos das buen contenido”.

—¿Y por qué ahora?

Ahí sacó su gran excusa. La carta de “si no me hacéis caso, os arrepentiréis”. El comodín emocional que sirve para todo cuando no tienes nada.

—Porque si no nos unimos, el próximo gobierno lo formará la derecha… y la extrema derecha.

Lo dijo mirando a cámara como si la cámara fuese una urna y él, el sobre.

En el plató se hizo ese silencio que no es respeto: es realización. Alguien en realización subió un rótulo: “ALARMA DEMOCRÁTICA”. Y él, al ver el rótulo, se sintió aún más estadista.

Por dentro, sin embargo, la frase era otra, más humilde y más verdadera:

Yo lo que quiero es salvar mi puesto.

No era cohesión: era conservación. La cohesión de su culo con el escaño. Seguir medrando, que es como subir una montaña sin piernas: a base de empujones ajenos y fotos desde el ángulo bueno.

La cadena lo promocionó como “el hombre puente”. En pantalla le pusieron un fondo con un puente precioso, de esos que no llevan a ninguna parte pero quedan bien. Él empezó a hablar de “síntesis”, “unidad”, “responsabilidad histórica”, palabras que suenan a programa y no comprometen a nada.

Y cada vez que alguien preguntaba “¿medidas?”, él respondía con la épica:

—¿De verdad vamos a discutir detalles cuando viene la derecha con la extrema derecha?

Detalles era el nombre que él le daba a todo lo que no sabía.

Una semana después lo invitaron a una reunión “discreta” con gente de varios partidos de izquierda. Él llegó con una carpeta gorda, de esas que intimidan por plástico y porque hacen clac al cerrarse, como si fueran importantes por sonido.

—Traigo un plan —dijo, dejando la carpeta en la mesa como si acabara de depositar un Código Civil.

—Adelante —dijo una mujer que no sonreía, por higiene institucional.

Él abrió la carpeta. Primera página: “HOJA DE RUTA”. Debajo, un esquema con flechas.

Flechas.
Solo flechas.

Había flechas que iban a flechas. Había flechas que volvían sobre sí mismas. Una flecha hacía una curva elegante, como si tuviera formación en danza contemporánea. Otra terminaba en un asterisco que remitía a una nota al pie inexistente. Y al final, en mayúsculas: “CONSENSO”.

—Aquí —señaló él con solemnidad— es cuando dejamos atrás los personalismos.

—¿Y esto qué significa? —preguntó un hombre, acercándose—. “Flecha 3.2: transversalidad afectiva”.

—Significa… —el político carraspeó—… que nos abrazamos sin complejos.

Se miraron. Nadie se movió.

—Vale —dijo la mujer—. ¿Propuestas concretas? Por ejemplo: vivienda.

El político sonrió como si la respuesta estuviera en un bolsillo interno. Sacó un bolígrafo y lo sostuvo como si fuese un puntero láser.

—Unidad.

—Sanidad.

—Unidad.

—Salarios.

—Unidad con responsabilidad.

—Cambio climático.

—Unidad sostenible.

—Corrupción.

—Unidad… transparente.

La mujer lo apuntó en una libreta.

—“Unidad transparente”. Ajá.

Otro intervino:

—Pero… ¿qué harías, exactamente? ¿Qué medidas defenderías? ¿Qué priorizarías?

Él vio cómo se acercaba el abismo de la concreción. Y, como buen político en peligro, volvió a la épica.

—Es que no lo entendéis. Si seguimos así, el gobierno será de la derecha y la extrema derecha.

—Eso ya lo has dicho —respondió la mujer—. Cuatro veces. Te lo digo para que lo sepas, no por fastidiar: lo tenemos memorizado.

El político decidió que era el momento de impresionar. Sacó de la carpeta un pendrive y lo dejó sobre la mesa como si fuese una prueba nuclear.

—Traigo un PowerPoint.

Hubo un murmullo. No de interés: de supervivencia.

—¿PowerPoint? —preguntó alguien—. ¿En 2026?

—Es una versión ligera —aclaró él—. Muy visual. Muy emocional.

Conectó el portátil. La pantalla se encendió. Apareció la primera diapositiva con un fondo de atardecer y letras blancas enormes:

“UNIDAD”

Abajo, en pequeño: “Presentación definitiva vFinal_ahoraSí_revisada(2)”.

Pasó a la segunda:

“UNIDAD”
(con otra foto distinta del mismo atardecer).

Tercera:

“UNIDAD”
(esta vez con una paloma).

Cuarta:

“UNIDAD”
(pero la paloma era un icono pixelado, como si la democracia hubiera sido recortada en Paint).

—Esto es… repetitivo —murmuró alguien.

—Es intencional —dijo él—. Es pedagogía.

La mujer levantó la mano.

—¿Podemos ver la diapositiva donde explicas las medidas?

—Está al final —dijo él con seguridad.

Siguió pasando: unidad, unidad, unidad, unidad. En la diapositiva doce, apareció una frase:

“NO ES EL MOMENTO DE DIVIDIRSE”

Y debajo, en letra más pequeña:

“Porque viene la derecha y la extrema derecha.”

La mujer cerró el portátil con delicadeza, como quien tapa un plato que ya se ha enfriado.

—Perfecto —dijo—. Entonces lo tenemos.

Él se iluminó. El corazón le hizo un pequeño mitin.

—¿Lo tenemos?

—Sí —confirmó ella—. Te necesitamos para una cosa.

Él se inclinó hacia adelante.

—¿Cuál?

—Para salir en la tele diciendo que has intentado unirnos y que nosotros no hemos sabido estar a la altura. Quedas como estadista, nosotros como infantiles. La cadena tiene su narrativa, tú salvas tu puesto… y todos seguimos exactamente igual, pero en alta definición.

Él abrió la boca para protestar, pero le salió algo más sincero: un “ah”.

Porque era perfecto. Era su plan sin necesidad de plan.

Y al día siguiente, en prime time, miró a cámara con ojos graves y frase de mármol:

—Lo he intentado todo. Pero algunos prefieren el sillón.

La presentadora asintió con gesto compungido. El rótulo en pantalla: “EL HOMBRE QUE QUISO UNIR”.

Él bajó la vista un segundo, por si el micrófono recogía lo único verdadero que pensó, ya sin épica:

Que no se note que hablo de mí.

«¿No sería entonces más sencillo para el gobierno disolver al pueblo y elegir otro?» (Bertolt Brecht nacido el 10 de febrero de 1898 es uno de mis dramaturgos preferides. La frase es genial porque, algun día, llegaremos a esto)

Jerry Goldsmith compositor de numerosas (y conocidas) bandas sonoras hubiese cumplido hoy 97 años. Le dio tiempo a darle tonadilla al personaje del vídeo que encaja bien con el del relato.

La motxilla buida

Aquell poble nou em rebia sempre igual: llums fredes, somriures que no volien saber el meu nom. Caminava amb la motxilla buida i, tot i així, pesava com si hi portés els crits que no vaig dir. A cada cantonada, una promesa barata: “aquí començaràs de zero”. Però el zero també té memòria. Vaig aprendre a dormir amb l’orella enganxada al silenci, a beure aigua com si fos perdó. I un dia, sense música, vaig notar-ho: el camí no s’acabava… jo sí que començava.