SE BUSCA MENTIROSO CON EXPERIENCIA

Yo
no soy idiota.
Lo
aclaro porque últimamente se utiliza la palabra con demasiada ligereza. Basta
con votar a un inútil, compartir una noticia falsa o defender a un político
sorprendido con las manos dentro de la caja para que alguien te llame idiota.
Como
si uno no pudiera hacer esas tres cosas y seguir siendo una persona respetable.
Yo
participo en la vida política. Cada cuatro años. Tampoco conviene abusar. La
democracia, como el marisco, puede provocar indigestión si se consume con
demasiada frecuencia.
El
día de las elecciones me levanto temprano, desayuno, leo varios mensajes que
confirman lo que ya pensaba y acudo al colegio electoral convencido de que voy
a salvar el país. No sé exactamente de qué, pero eso ya me lo explican durante
la campaña.
En
realidad, votar es como participar en una entrevista de trabajo. La empresa se
llama España, los ciudadanos somos los propietarios y los candidatos vienen a
pedirnos el puesto.
El
primero que entrevisté parecía un hombre serio.
—¿Qué
piensa hacer con los impuestos?
—Dependerá
de los servicios que queramos mantener.
Mala
respuesta.
—¿Y
con las pensiones?
—Habrá
que estudiar cómo financiarlas dentro de veinte años.
Peor.
—¿Puede
garantizar que mejorará la sanidad, bajará la vivienda, aumentará los salarios
y reducirá la deuda?
—No
puedo garantizarlo.
Lo
descarté inmediatamente.
Le
faltaba liderazgo.
Además,
tenía la desagradable costumbre de explicar las dificultades. Cada vez que le
preguntábamos algo, aparecía un límite, una cifra o una consecuencia. Daba la
impresión de que gobernar consistía en elegir entre cosas posibles.
¿Quién
vota a una persona así?
El
segundo candidato entró sonriendo.
Traía
un currículum magnífico. Había estudiado en varias universidades, aunque
ninguna recordaba haberlo visto. Dominaba cuatro idiomas, siempre que no
tuviera que hablarlos, y poseía una amplia experiencia internacional porque
había cambiado de avión en Frankfurt.
—¿Qué
piensa hacer con los impuestos?
—Bajarlos.
—¿Y
con las pensiones?
—Subirlas.
—¿Y
con la deuda?
—Eliminarla.
—¿Cómo?
—Con
voluntad política.
Aquello
nos impresionó.
La
voluntad política sirve para todo. Es una energía limpia, barata y renovable
que solo aparece durante las campañas electorales. Después desaparece
misteriosamente, como los calcetines dentro de la lavadora.
El
candidato continuó. Prometió médicos sin espera, viviendas asequibles, trabajos
bien pagados, electricidad barata, trenes puntuales y terrazas con sombra.
También aseguró que castigaría a los culpables.
—¿Qué
culpables? —pregunté.
—Los
otros.
Nos
pusimos en pie para aplaudir.
No
concretó quiénes eran los otros, pero todos supimos que no éramos nosotros.
Eso
es liderazgo.
Un
buen político no debe decirte lo que puede hacer. Debe decirte que tú tienes
razón. Que tus problemas no dependen de tus decisiones, que tus errores son
derechos pendientes y que detrás de cada fracaso personal hay un enemigo
financiado con dinero público.
El
candidato nos miró a los ojos.
—El
pueblo nunca se equivoca.
Aquella
frase decidió mi voto.
Era
evidente que aquel hombre conocía al pueblo. Sobre todo porque jamás había
viajado en metro, solicitado una cita médica ni intentado alquilar un piso con
un sueldo normal.
Ganó
las elecciones.
Al
principio todo fue bien. Salía mucho por televisión. Inauguraba cosas, abrazaba
niños y visitaba fábricas donde nadie parecía estar trabajando. Cada vez que
hablaba, el futuro mejoraba.
Luego
llegó el presente.
Los
impuestos no bajaron: fueron reorganizados. Las pensiones no subieron:
avanzaron hacia un horizonte sostenible. La vivienda siguió igual, pero se creó
una comisión para observarla. Las listas de espera aumentaron, aunque el
ministro explicó que aquello demostraba la confianza de los ciudadanos en la
sanidad pública.
Cuando
preguntamos por sus promesas, el presidente puso cara de hombre traicionado por
la realidad.
—La
situación es más complicada de lo que parecía.
Curiosamente,
eso era lo mismo que había dicho el candidato sincero.
Pero
en boca del ganador sonaba a estadista.
En
el bar empezamos a quejarnos.
—Todos
los políticos mienten —dije.
El
camarero, que tiene la mala costumbre de recordar las cosas, me miró mientras
limpiaba un vaso.
—El
otro no mentía.
—Por
eso no lo votamos. Era un cenizo.
Cuatro
años después volvimos a celebrar elecciones.
El
presidente se presentó otra vez. Llevaba una corbata diferente y las mismas
promesas, aunque ahora los culpables eran más numerosos. Dijo que necesitaba
otros cuatro años para cumplir lo que no había podido hacer en los cuatro
anteriores.
Me
pareció razonable.
Antes
de introducir la papeleta, dudé unos segundos. Recordé los impuestos, las
listas de espera, el alquiler de mi hija y aquella comisión que todavía estaba
observando la vivienda con gran atención.
Después
recordé que el adversario podía ganar.
Y
voté al mismo.
Al
salir del colegio electoral, murmuré indignado:
—Los
políticos nos toman por idiotas.
Mi
mujer me cogió del brazo.
—No
te toman —dijo—. Te presentas tú solo.
«No es el hogar lo que añoramos, sino el yo que
éramos cuando estábamos en casa.» (Christopher Isherwood nacido el 26 de agosto de 1904 para ser
escritor aunque a él lo que le gustaba eran los juegos de niños)
Dolly Parton pasó ayer 25 de agosto a la habitación de al lado a los 80 años de edad. Hizo muchos duetos, especialmente con Kenny Rogers, y cuando sacaba una canción original como la del vídeo (I Will Always Love You) venía otra y la hacía famosa ¿Adivináis quién? -para eso hace falta escucharla claro.
El cafè dels diumenges
Quan vas marxar, vas deixar dues
tasses al prestatge. Durant anys només en vaig fer servir una, però cada
diumenge n’omplia l’altra de cafè i la deixava refredar davant de la teva
cadira.
Els fills deien que havia
d’acceptar-ho. Jo assentia, educat, com qui firma una renúncia que no pensa
complir.
Avui he trencat la teva tassa
sense voler. He recollit els bocins, els he besat un per un i, per primera
vegada, he preparat cafè només per a mi.
Encara t’estimo.
Però ja no t’espero.
Te equivocaste votando al mismo! Un saludo
ResponderEliminarEsto de las votaciones a una opción política es como ser de un determinado equipo de fútbol. Votas por el sentimiento independientemente del energúmeno que lo dirija o de cómo dirija tu país. Así nos va.
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