sábado, 5 de septiembre de 2026

 

CINCO DE SEPTIEMBRE

Hoy es cinco de septiembre.

Lo sé porque lo dice el calendario.

Porque si tuviera que averiguarlo por la temperatura, diría que estamos a treinta y tantos de julio, quizá a cuarenta y dos, que últimamente los meses también parecen medirse en grados.

Son las siete de la tarde y acabo de salir al balcón buscando aire. Una ingenuidad. Fuera no hay aire. Hay una sustancia caliente, espesa, inmóvil, que ocupa su lugar. Algo parecido a cuando abres el horno para comprobar si está hecha la lubina y recibes en la cara el bofetón de los doscientos grados.

Solo que dentro del horno está la lubina.

Aquí estoy yo.

He cerrado las persianas durante buena parte del día, he bajado los toldos, he abierto ventanas estratégicamente, las he cerrado cuando he visto que la estrategia consistía en dejar entrar más calor, he conectado el ventilador y llevo varias horas girando con él.

El ventilador, por cierto, no refresca.

Distribuye el sufrimiento.

Lo recoge de una esquina de la habitación y te lo devuelve cuidadosamente ordenado.

Treinta y dos grados a velocidad uno.

Treinta y dos grados a velocidad dos.

Treinta y dos grados a velocidad tres, pero con sensación de huracán africano.

Y estamos en septiembre.

Eso es lo que me molesta.

No el calor. Bueno, el calor también, naturalmente. Lo que me molesta es la estafa del calendario.

Toda mi vida septiembre había significado otra cosa.

Septiembre era volver.

Volver al colegio, al trabajo, a los horarios, a las chaquetas finas por la noche. Era ese mes en el que las playas empezaban a quedarse vacías y aparecía algún valiente caminando por la orilla con jersey mientras los demás pensábamos que exageraba.

Septiembre olía a libros nuevos.

A lápices.

A goma de borrar.

A aquella sensación infantil de que empezaba algo.

Ahora empieza también algo.

Otra ola de calor.

Nos hemos acostumbrado incluso a ponerles nombre, como si fueran miembros de la familia.

—¿Qué tal estáis?

—Bien. Aquí, con la ola de calor.

Como antes decíamos:

—Aquí, con la abuela.

Y no sé cuál de las dos ocupa más espacio en casa.

En la televisión aparece un señor delante de un mapa pintado de rojo oscuro. Ya casi no quedan colores suficientes para representar las temperaturas. Recuerdo cuando el rojo significaba calor. Ahora el rojo significa fresquito y han tenido que inventarse una especie de granate apocalíptico para indicarnos que salgamos a la calle solamente si tenemos intención de cocernos.

El hombre del tiempo sonríe.

Eso siempre me ha llamado la atención.

—Mañana alcanzaremos nuevamente los treinta y ocho grados.

Y sonríe.

¿Pero de qué te ríes?

Treinta y ocho grados no es una información. Es una amenaza.

Aunque reconozco que tampoco podría anunciarlo llorando.

Imagino:

—Mañana, treinta y ocho grados en el litoral…

Y rompiendo a sollozar.

Sería poco profesional.

Así que sonríe y nosotros asumimos la noticia como asumimos tantas cosas últimamente: con una mezcla de resignación, aire acondicionado y factura eléctrica.

Porque esta es otra.

Antes, cuando hacía calor, mi madre cerraba las persianas, abría por la noche y decía:

—Ya refrescará.

Aquello era toda la tecnología climática disponible.

Y refrescaba.

Ahora hago exactamente lo mismo y a las tres de la madrugada continúan los veintiocho grados agarrados a la fachada como okupas térmicos.

No se van.

No pagan alquiler.

Y encima duermen contigo.

Te levantas sudando, das la vuelta a la almohada buscando aquel lado fresco que existía cuando éramos niños y descubres que también está caliente.

Ahí comprendí que las cosas iban mal.

Una civilización puede soportar guerras, crisis económicas, políticos mediocres e incluso programas televisivos de tertulia durante horas.

Pero cuando desaparece el lado fresco de la almohada hay que empezar a preocuparse seriamente.

Salgo otra vez al balcón.

Enfrente, una mujer riega unas plantas que presentan el mismo aspecto que yo: inclinadas hacia abajo y esperando que alguien haga algo.

Un hombre pasea a un perro que se niega a caminar.

El animal se sienta.

El hombre tira suavemente de la correa.

El perro lo mira.

Y en esa mirada hay más inteligencia climática que en muchas conferencias internacionales.

«Sal tú si quieres».

El hombre acaba cediendo y vuelve hacia casa.

Victoria de la especie animal sobre la humana.

Nosotros necesitamos informes para entender cuándo hace demasiado calor.

Ellos ponen el culo en el suelo.

También he observado otro fenómeno.

Hemos empezado a hablar del tiempo como hablaban nuestros abuelos.

Todo el día.

—Qué calor.

—Es insoportable.

—Dicen que mañana baja.

—Pues yo he oído que vuelve a subir.

—Por la noche no corre ni una gota de aire.

Nos hemos convertido en aquellos ancianos que comentaban el tiempo apoyados en un bastón.

Solo que nosotros lo hacemos mirando una aplicación del móvil que nos anuncia, con precisión científica, que dentro de tres horas seguiremos exactamente igual de jodidos.

Miro el calendario otra vez.

Cinco de septiembre.

Todavía faltan semanas para el otoño.

Aunque ahora lo del otoño es una expresión administrativa.

Una fecha.

Un trámite astronómico.

El día veintitrés alguien dirá solemnemente:

—Hoy comienza el otoño.

Y probablemente estaremos en pantalón corto, bebiendo agua con hielo y preguntándonos dónde demonios hemos guardado el mando del aire acondicionado.

Tal vez ese sea el verdadero cambio.

No que haga calor.

Siempre ha hecho calor.

Yo recuerdo veranos abrasadores, noches en las que costaba dormir, persianas bajadas y cuerpos buscando una corriente de aire imposible.

La diferencia está en que antes sabíamos que terminaría.

El verano tenía un final.

Septiembre era su despedida.

Se marchaba lentamente, todavía dando algún coletazo, como esos invitados que después de levantarse de la mesa tardan media hora en llegar hasta la puerta.

Ahora no.

Ahora parece haberse quedado a vivir con nosotros.

Y lo peor de los invitados que se quedan demasiado tiempo no es que ocupen el sofá.

Es que un día descubres que ya tienen las llaves de casa.

«¿Por qué no erigir una iglesia cuya cúpula, atravesando las nubes, sea una perenne súplica ante el trono de un Dios provocado por tantas iniquidades como se cometen?» (Hoy traigo la frase de Josep Maria Bocabella por dos razones: la primera es porque nació el 5 de setiembre de 1815 y la segunda, más importante aunque no conocida, porque fue el impulsor -léase pagano- de la construcción del templo de la Sagrada Familia ¿A qué iglesia pensabais que se refería?)

Freddie Mercury hubiese cumplido hoy 80 redondos años. Se "liberó" de este mundo con 44. Es uno de los autores que suelo felicitar, recordar y agradecer haber coincidido con él repetidamente. Y prometo que lo volveré a hacer.

La porta era oberta

Durant trenta anys havia somiat fugir.

De la feina, del matrimoni, dels diumenges amb la sogra, de les factures i fins i tot d’aquell mirall que cada matí li tornava un desconegut.

Un dimarts va fer la maleta.

La seva dona el va mirar des del sofà.

—Te’n vas?

—Sí.

—Ja era hora.

Ell va quedar immòbil.

Ella somrigué.

—Fa anys que la porta és oberta. Eres tu qui no sortia.

Va deixar la maleta a terra.

Aquella nit va dormir al sofà.

Però, per primera vegada, ho va fer perquè va voler.


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