CINCO DE SEPTIEMBRE

Hoy
es cinco de septiembre.
Lo
sé porque lo dice el calendario.
Porque
si tuviera que averiguarlo por la temperatura, diría que estamos a treinta y
tantos de julio, quizá a cuarenta y dos, que últimamente los meses también
parecen medirse en grados.
Son
las siete de la tarde y acabo de salir al balcón buscando aire. Una ingenuidad.
Fuera no hay aire. Hay una sustancia caliente, espesa, inmóvil, que ocupa su
lugar. Algo parecido a cuando abres el horno para comprobar si está hecha la
lubina y recibes en la cara el bofetón de los doscientos grados.
Solo
que dentro del horno está la lubina.
Aquí
estoy yo.
He
cerrado las persianas durante buena parte del día, he bajado los toldos, he
abierto ventanas estratégicamente, las he cerrado cuando he visto que la
estrategia consistía en dejar entrar más calor, he conectado el ventilador y
llevo varias horas girando con él.
El
ventilador, por cierto, no refresca.
Distribuye
el sufrimiento.
Lo
recoge de una esquina de la habitación y te lo devuelve cuidadosamente
ordenado.
Treinta
y dos grados a velocidad uno.
Treinta
y dos grados a velocidad dos.
Treinta
y dos grados a velocidad tres, pero con sensación de huracán africano.
Y
estamos en septiembre.
Eso
es lo que me molesta.
No
el calor. Bueno, el calor también, naturalmente. Lo que me molesta es la estafa
del calendario.
Toda
mi vida septiembre había significado otra cosa.
Septiembre
era volver.
Volver
al colegio, al trabajo, a los horarios, a las chaquetas finas por la noche. Era
ese mes en el que las playas empezaban a quedarse vacías y aparecía algún
valiente caminando por la orilla con jersey mientras los demás pensábamos que
exageraba.
Septiembre
olía a libros nuevos.
A
lápices.
A
goma de borrar.
A
aquella sensación infantil de que empezaba algo.
Ahora
empieza también algo.
Otra
ola de calor.
Nos
hemos acostumbrado incluso a ponerles nombre, como si fueran miembros de la
familia.
—¿Qué
tal estáis?
—Bien.
Aquí, con la ola de calor.
Como
antes decíamos:
—Aquí,
con la abuela.
Y no
sé cuál de las dos ocupa más espacio en casa.
En
la televisión aparece un señor delante de un mapa pintado de rojo oscuro. Ya
casi no quedan colores suficientes para representar las temperaturas. Recuerdo
cuando el rojo significaba calor. Ahora el rojo significa fresquito y han
tenido que inventarse una especie de granate apocalíptico para indicarnos que
salgamos a la calle solamente si tenemos intención de cocernos.
El
hombre del tiempo sonríe.
Eso
siempre me ha llamado la atención.
—Mañana
alcanzaremos nuevamente los treinta y ocho grados.
Y
sonríe.
¿Pero
de qué te ríes?
Treinta
y ocho grados no es una información. Es una amenaza.
Aunque
reconozco que tampoco podría anunciarlo llorando.
Imagino:
—Mañana,
treinta y ocho grados en el litoral…
Y
rompiendo a sollozar.
Sería
poco profesional.
Así
que sonríe y nosotros asumimos la noticia como asumimos tantas cosas
últimamente: con una mezcla de resignación, aire acondicionado y factura
eléctrica.
Porque
esta es otra.
Antes,
cuando hacía calor, mi madre cerraba las persianas, abría por la noche y decía:
—Ya
refrescará.
Aquello
era toda la tecnología climática disponible.
Y
refrescaba.
Ahora
hago exactamente lo mismo y a las tres de la madrugada continúan los veintiocho
grados agarrados a la fachada como okupas térmicos.
No
se van.
No
pagan alquiler.
Y
encima duermen contigo.
Te
levantas sudando, das la vuelta a la almohada buscando aquel lado fresco que
existía cuando éramos niños y descubres que también está caliente.
Ahí
comprendí que las cosas iban mal.
Una
civilización puede soportar guerras, crisis económicas, políticos mediocres e
incluso programas televisivos de tertulia durante horas.
Pero
cuando desaparece el lado fresco de la almohada hay que empezar a preocuparse
seriamente.
Salgo
otra vez al balcón.
Enfrente,
una mujer riega unas plantas que presentan el mismo aspecto que yo: inclinadas
hacia abajo y esperando que alguien haga algo.
Un
hombre pasea a un perro que se niega a caminar.
El
animal se sienta.
El
hombre tira suavemente de la correa.
El
perro lo mira.
Y en
esa mirada hay más inteligencia climática que en muchas conferencias
internacionales.
«Sal
tú si quieres».
El
hombre acaba cediendo y vuelve hacia casa.
Victoria
de la especie animal sobre la humana.
Nosotros
necesitamos informes para entender cuándo hace demasiado calor.
Ellos
ponen el culo en el suelo.
También
he observado otro fenómeno.
Hemos
empezado a hablar del tiempo como hablaban nuestros abuelos.
Todo
el día.
—Qué
calor.
—Es
insoportable.
—Dicen
que mañana baja.
—Pues
yo he oído que vuelve a subir.
—Por
la noche no corre ni una gota de aire.
Nos
hemos convertido en aquellos ancianos que comentaban el tiempo apoyados en un
bastón.
Solo
que nosotros lo hacemos mirando una aplicación del móvil que nos anuncia, con
precisión científica, que dentro de tres horas seguiremos exactamente igual de
jodidos.
Miro
el calendario otra vez.
Cinco
de septiembre.
Todavía
faltan semanas para el otoño.
Aunque
ahora lo del otoño es una expresión administrativa.
Una
fecha.
Un
trámite astronómico.
El
día veintitrés alguien dirá solemnemente:
—Hoy
comienza el otoño.
Y
probablemente estaremos en pantalón corto, bebiendo agua con hielo y
preguntándonos dónde demonios hemos guardado el mando del aire acondicionado.
Tal
vez ese sea el verdadero cambio.
No
que haga calor.
Siempre
ha hecho calor.
Yo
recuerdo veranos abrasadores, noches en las que costaba dormir, persianas
bajadas y cuerpos buscando una corriente de aire imposible.
La
diferencia está en que antes sabíamos que terminaría.
El
verano tenía un final.
Septiembre
era su despedida.
Se
marchaba lentamente, todavía dando algún coletazo, como esos invitados que
después de levantarse de la mesa tardan media hora en llegar hasta la puerta.
Ahora
no.
Ahora
parece haberse quedado a vivir con nosotros.
Y lo
peor de los invitados que se quedan demasiado tiempo no es que ocupen el sofá.
Es
que un día descubres que ya tienen las llaves de casa.
«¿Por qué no erigir una
iglesia cuya cúpula, atravesando las nubes, sea una perenne súplica ante el
trono de un Dios provocado por tantas iniquidades como se cometen?» (Hoy traigo
la frase de Josep Maria Bocabella por dos razones: la primera es porque nació
el 5 de setiembre de 1815 y la segunda, más importante aunque no conocida,
porque fue el impulsor -léase pagano- de la construcción del templo de la Sagrada
Familia ¿A qué iglesia pensabais que se refería?)
La
porta era oberta
Durant
trenta anys havia somiat fugir.
De
la feina, del matrimoni, dels diumenges amb la sogra, de les factures i fins i
tot d’aquell mirall que cada matí li tornava un desconegut.
Un
dimarts va fer la maleta.
La
seva dona el va mirar des del sofà.
—Te’n
vas?
—Sí.
—Ja
era hora.
Ell
va quedar immòbil.
Ella
somrigué.
—Fa
anys que la porta és oberta. Eres tu qui no sortia.
Va
deixar la maleta a terra.
Aquella
nit va dormir al sofà.
Però,
per primera vegada, ho va fer perquè va voler.
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