domingo, 6 de septiembre de 2026

 

QUE NO VENGAN LOS OTROS

Esta tarde he estado mirando unas elecciones alemanas sin entender una sola palabra de alemán.

Tampoco hacía falta.

Los porcentajes son universales.

44,4.

Eso se entiende en alemán, en castellano, en catalán y hasta en ese idioma extraño que hablan los políticos cuando intentan explicarnos por qué han perdido unas elecciones sin utilizar jamás la palabra «perder».

Alternativa para Alemania, AfD, ha ganado con una ventaja enorme las elecciones de Sajonia-Anhalt. La extrema derecha. Esa que durante años estuvo detrás del llamado «cordón sanitario». Esa con la que nadie quería pactar. Esa a la que había que mantener alejada del poder porque determinadas posiciones suyas no solo son radicales, sino que cuestionan principios que Europa creyó haber aprendido a sangre y fuego durante el siglo pasado.

Y, sin embargo, ahí está.

Más de cuatro de cada diez votantes.

No sé si lo más preocupante es el resultado o que todavía haya quien se sorprenda.

Porque llevo años escuchando una explicación bastante cómoda: la extrema derecha crece porque la gente se ha vuelto de extrema derecha.

Magnífico análisis.

Es como explicar que llueve porque cae agua del cielo.

A mí me interesa bastante más saber por qué cae.

Y sobre todo por qué cada vez cae más.

No creo que millones de europeos se hayan despertado una mañana, hayan desayunado tranquilamente su café con leche y hayan pensado:

—Cariño, creo que hoy me voy a hacer fascista.

Algo habrá ocurrido entre medias.

Algo han hecho unos.

Algo han dejado de hacer otros.

Y aquí es donde quizá deberíamos hablar de una cuestión bastante menos agradable para quienes durante muchos años se han considerado depositarios naturales del progreso: ¿y si una parte importante del avance de la derecha radical tiene que ver con el fracaso de quienes debían impedirlo gobernando bien?

No digo que sea la única causa.

Sería demasiado sencillo.

Hay inmigración, inseguridades culturales, guerras, inflación, pérdida de poder adquisitivo, miedo al futuro, empleos que desaparecen, industrias que se marchan, redes sociales que convierten cualquier estupidez en doctrina política en veinte minutos y una creciente desconfianza hacia unas instituciones que mucha gente siente cada vez más alejadas de su vida.

Pero también existe otra cosa.

El agotamiento.

El agotamiento de un discurso.

Durante décadas buena parte de la izquierda europea tuvo palabras muy potentes.

Igualdad.

Trabajo.

Sanidad.

Educación.

Derechos.

Justicia social.

Vivienda.

Libertad.

Palabras que hablaban de cosas que podían tocarse. El salario que llegaba a final de mes. El colegio de tus hijos. El hospital donde atendían a tu madre. La posibilidad de alquilar una vivienda sin entregar a cambio un riñón perfectamente funcional.

Ahora, demasiadas veces, el mensaje parece haberse reducido a otro mucho más sencillo:

«Que no venga la derecha».

Y, cuando la derecha crece:

«Que no venga la ultraderecha».

No es un programa electoral.

Es una amenaza.

Vótame porque, si no, vienen ellos.

Es una forma curiosa de pedir el voto. Algo así como ese restaurante que, en lugar de anunciar que cocina bien, colocase en la puerta un cartel:

COMA AQUÍ. EL RESTAURANTE DE ENFRENTE PODRÍA ENVENENARLE.

Puede funcionar una temporada.

Pero algún día alguien cruza la calle para comprobarlo.

Y luego están los cordones sanitarios.

La expresión siempre me ha resultado curiosa.

Un cordón sanitario sirve para aislar una infección. Perfecto.

Pero el problema surge cuando dentro del cordón ya tienes al cuarenta por ciento de la población.

Entonces quizá ya no tengas solamente un problema con la infección.

Tienes un problema con el paciente.

Y habrá que preguntarle qué le pasa.

Eso no significa aceptar sus diagnósticos. Ni comprar sus remedios. Ni mucho menos considerar democráticamente aceptable cualquier propuesta por el mero hecho de que consiga votos. La democracia no consiste solamente en contar papeletas. También consiste en respetar derechos, instituciones, minorías y unas reglas sin las cuales el voto acaba sirviendo para elegir democráticamente a quien un día puede decidir que ya no hace falta votar.

La historia europea debería habernos enseñado algo al respecto.

Pero precisamente por eso combatir a la extrema derecha exige algo bastante más difícil que llamarla extrema derecha.

Hay que convencer a sus votantes.

Y para convencerlos primero habrá que escucharlos.

Incluso cuando dicen cosas que no nos gustan.

Sobre inmigración.

Sobre seguridad.

Sobre salarios.

Sobre vivienda.

Sobre impuestos.

Sobre servicios públicos.

Sobre identidad.

Sobre el miedo a que sus hijos vivan peor que ellos.

Porque si ante cada pregunta incómoda la respuesta consiste en acusar a quien pregunta de racista, insolidario, retrógrado o ignorante, llegará un partido que le dirá:

—Yo sí te escucho.

Quizá después le mienta.

Quizá le venda soluciones imposibles.

Quizá convierta sus miedos en votos.

Pero, para entonces, el otro ya ha cometido el error fundamental: ni siquiera quiso escuchar la pregunta.

Existe además una arrogancia política particularmente peligrosa: pensar que determinados ciudadanos votan mal.

Curioso concepto democrático.

El ciudadano es extraordinariamente inteligente cuando me vota a mí y víctima de la manipulación cuando vota al adversario.

Cuando gano, «la ciudadanía ha hablado».

Cuando pierdo, «hay que analizar el auge del populismo».

Nunca he escuchado a un partido reconocer:

—Quizá el problema somos nosotros.

Sería revolucionario.

Imagino una noche electoral. El dirigente sale al atril, mira a las cámaras y dice:

—Nos han dado una hostia.

Perdón por la expresión, pero sería probablemente el discurso político más sincero de los últimos treinta años.

Después podría añadir:

—Y antes de explicarles a nuestros antiguos votantes por qué se han equivocado, vamos a intentar averiguar en qué nos hemos equivocado nosotros.

Hasta es posible que recuperasen alguno.

Porque quizá el gran problema de una parte de la izquierda europea no sea haber perdido unas elecciones.

Sea haber perdido algo anterior.

El relato.

La capacidad de explicar para qué quiere gobernar.

No contra quién.

Para qué.

Qué sociedad propone.

Qué hará con la vivienda.

Cómo sostendrá las pensiones.

Cómo gestionará la inmigración sin convertir la solidaridad en ingenuidad ni la seguridad en xenofobia.

Cómo protegerá los servicios públicos.

Cómo permitirá que un trabajador vuelva a pensar que trabajar sirve para vivir mejor.

Cómo reconciliará la transición ecológica con quien teme perder su empleo.

Cómo conseguirá que un joven pueda marcharse de casa de sus padres antes de que tenga que hacerlo para ingresar directamente en una residencia de ancianos.

Eso es política.

Lo otro es resistencia.

Y nadie puede gobernar eternamente atrincherado.

Hoy, en Sajonia-Anhalt, millones de alemanes han votado. Podemos estar profundamente en desacuerdo con ellos. Podemos preocuparnos —y hay motivos— por determinadas posiciones de AfD. Podemos establecer límites democráticos a aquello que ataque los fundamentos de la propia democracia.

Lo que no podemos hacer es fingir que esos electores no existen.

Ni esperar que desaparezcan detrás de un cordón.

Porque los cordones sirven para separar.

Nunca para convencer.

Y quizá ese sea el problema.

Que durante demasiado tiempo algunos partidos han dedicado más esfuerzo a explicar a los ciudadanos a quién no deben votar que a conseguir que vuelvan a tener ganas de votarles a ellos.

Si tu mejor promesa electoral consiste en que los otros no llegarán al poder, no deberías sorprenderte demasiado cuando, un día, los ciudadanos decidan averiguar qué ocurre si llegan.

«Pero quien más no alcanza, lo hace todo a su pobre semejanza.» (Juan Eugenio Hartzenbusch nacido el 6 de setiembre de 1806 para escribir “Los amantes de Teruel”… ya sabéis cuál es la rima fácil)

Macy Gray canta que está fuera de lugar. En realidad no lo canta ella, es un cover de otra intérprete; su mejor canción, dicen las críticas, es otra. A mi me gusta más la del vídeo. Macy cumple hoy 57 años.

Fora de lloc

Durant anys va procurar passar desapercebuda.

S’asseia als racons, vestia colors discrets i va aprendre a riure quan reien els altres.

Fins que va aparèixer ell.

—Ets diferent —li va dir.

Ella va estar a punt d’enamorar-se.

Després va comprendre que diferent era una paraula bonica que la gent fa servir quan encara no s’atreveix a dir estranya.

Aquella nit es va mirar nua davant del mirall.

Arrugues. Cicatrius. Un cos que havia sobreviscut a massa explicacions.

Per primera vegada no va voler ser especial.

Ni tan sols va voler agradar-li.

Es va posar el vestit vermell.

I va sortir.

Que se sentissin incòmodes els altres.

 


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