jueves, 24 de septiembre de 2026

 

LOS ZAPATOS EN EL PASILLO

—¿Sabes qué creo que nos ha pasado?

—Que llevamos media hora buscando las llaves del coche y las tienes en la mano.

Él miró su mano derecha.

—No me refería a eso.

—Pues deberías. Empieza a preocuparme.

Ella sonrió y siguió doblando la ropa sobre la mesa del comedor. Él permaneció de pie junto a la ventana, con las llaves todavía en la mano y aquella expresión solemne que utilizaba cuando estaba a punto de decir algo importante o de soltar una tontería.

Después de tantos años, ella aún no había aprendido a distinguirlo.

—Creo que hemos perdido la novedad.

—¿Qué novedad?

—La nuestra.

Ella dejó una camiseta sobre la pila.

—¿Se nos ha perdido por casa?

—Hablo en serio.

—Yo también. Podemos buscarla después de las gafas que perdiste ayer y llevabas puestas.

Él suspiró.

—Antes todo era distinto.

—Por supuesto.

—Cuando empezamos, podíamos pasarnos horas hablando.

—Ahora también.

—No es lo mismo.

—Claro que no. Ahora ya sé lo que vas a decir.

—Eso es exactamente lo que quiero decir.

—Ya lo sabía.

Él la miró.

—¿Ves?

Ella soltó una carcajada.

—Sigue.

—Antes todo era nuevo. Tú eras nueva para mí. Tu manera de reírte, de dormir, de enfadarte. Descubrirte era…

Buscó la palabra.

—¿Emocionante?

—Sí.

—Y ahora soy una señora que deja los zapatos en medio del pasillo.

—No quería decir eso.

—Pero lo has pensado muchas veces.

—Cada vez que tropiezo con ellos.

—Al principio te parecía encantador.

—Al principio también me parecía encantador que tardaras hora y media en arreglarte.

—Ahora tardo cuarenta minutos.

—Porque ya no tengo paciencia para esperar hora y media.

Ella volvió a sonreír.

Hubo unos segundos de silencio.

—Supongo que eso es lo que pasa —continuó él—. Nos acostumbramos.

—¿Y qué tiene de malo?

—Que la pasión necesita sorpresa.

Ella dejó de doblar ropa.

—¿Estás seguro?

—Bastante.

—Entonces tenemos un problema.

—¿Por qué?

—Porque yo sé cómo me vas a besar.

Él frunció el ceño.

—Sé cómo vas a abrazarme. Sé qué mano pondrás primero sobre mi cintura. Sé incluso el ruido que haces cuando te duermes.

—Yo no hago ningún ruido.

—Precisamente ese.

Él no pudo evitar reír.

—Pero ¿no echas de menos descubrir cosas nuevas?

Ella pensó unos segundos.

—A veces.

—¿Lo ves?

—No te emociones. También echo de menos tener veinte años y no por eso voy buscando una adolescencia nueva cada seis meses.

Él volvió la mirada hacia la ventana.

—Supongo que por eso algunas personas cambian de pareja.

—Naturalmente. Lo nuevo siempre tiene ventaja.

—¿Ventaja?

—Claro. Una persona nueva todavía no te ha decepcionado.

Él se volvió.

—Eso ha sonado terrible.

—Pero es verdad. Con alguien nuevo todo está por descubrir. Su infancia, sus manías, su cuerpo, sus secretos… Hasta sus defectos tienen un cierto encanto porque todavía no has tenido tiempo de sufrirlos.

—Y luego…

—Luego deja los zapatos en medio del pasillo.

Él rio.

—Otra vez los zapatos.

—Los zapatos son fundamentales en cualquier teoría seria sobre el amor.

Ella recogió otra camiseta.

—Mira. Conoces a alguien. Primera cena. Primer mensaje a medianoche. Primer beso. Primer fin de semana. Todo maravilloso.

—Sí.

—Después empiezas a contarle tu vida.

—Naturalmente.

—La infancia, tus padres, tus sueños, tus heridas…

—Es normal.

—Hasta que un día te das cuenta de que estás contando por cuarta vez la misma infancia a cuatro personas distintas.

Él guardó silencio.

—Visto así parece agotador.

—Es que lo es. Hay gente que se pasa la vida estrenando relaciones porque cree que estrenarlas significa estar viva.

—¿Y no puede serlo?

—Claro que sí. A veces marcharse es necesario. Hay relaciones que mueren, otras que hacen daño y algunas que nunca debieron empezar.

—Pero no estás hablando de esas.

—No.

Ella lo miró.

—Estoy hablando de nosotros.

Él se sentó frente a ella.

—¿Y nosotros qué somos?

—Dos personas que ya se conocen demasiado.

—Eso no suena muy romántico.

—A mí me lo parece.

—¿Por qué?

—Porque sé perfectamente quién eres y sigo aquí.

Él hizo una mueca.

—Gracias. Creo.

—Y tú sabes quién soy.

—Sí.

—Sabes que dejo los zapatos en el pasillo.

—Lo sé.

—Que me enfado cuando tengo hambre.

—También.

—Que cuando digo «no pasa nada» significa exactamente lo contrario.

—Eso lo aprendí pronto.

—Sabes cómo ha cambiado mi cuerpo.

Él la miró.

—Sí.

—Y yo el tuyo.

—Desgraciadamente.

Ella le dio un pequeño golpe en el brazo.

—Idiota.

—Continúa.

—Quizá la intimidad sea precisamente eso. Llegar al momento en que ya no queda demasiado por esconder.

Él bajó la vista hacia sus manos.

—Pero sigue existiendo la monotonía.

—Claro.

—¿Y qué hacemos con ella?

Ella se encogió de hombros.

—Vivir.

—Bonita solución.

—¿Qué quieres que te diga? La vida es bastante repetitiva. Nos levantamos, desayunamos, trabajamos, volvemos a casa. Dormimos. Al día siguiente repetimos. Incluso hacemos el amor muchas veces de formas parecidas.

—Podríamos introducir variantes.

—No te vengas arriba.

Él sonrió.

—Entonces ¿hay que resignarse?

Ella negó despacio.

—Ahí está el error.

—¿Cuál?

—Pensar que la alternativa a la novedad es la resignación.

Volvió a doblar la camiseta que tenía entre las manos.

—Quizá no necesitemos una persona nueva. Quizá tengamos que intentar mirar de otra manera a la que tenemos delante.

—Eso suena complicado.

—Lo es.

—Cambiar de pareja parece más fácil.

—Muchísimo.

Ella colocó la última prenda sobre la pila y se levantó.

Al pasar junto a él, le dio un beso rápido en los labios.

Uno de aquellos besos que habían repetido miles de veces.

Él la sujetó suavemente del brazo.

—Espera.

—¿Qué?

La besó de nuevo.

Esta vez despacio.

Ella lo miró al separarse.

—¿Y esto?

—Estoy intentando introducir novedades.

—Pues empieza por guardar las llaves del coche.

Él miró otra vez su mano.

Seguían allí.

Ella salió del comedor riéndose.

Él permaneció unos segundos observándola alejarse por el pasillo.

Y pensó que quizá el problema nunca había sido conocer demasiado a la persona que amamos.

Quizá consistía en creer que ya no quedaba nada por conocer.

«Si una mujer triunfa sobre la mala voluntad de los hombres, las leyes y los prejuicios, debe enorgullecerse de presentarse como mujer.» (Julia López de Almeida nacida el 24 de setiembre de 1862 para ser una luchadora de todas aquellas causas que aún hoy continúan sin conquistarse)

Sean McNabb es baterista del grupo Quiet Riot que se dedican a eso del heavy metal. Sean ya no va teniendo edad para eso -hoy cumple 61 años- por eso debería cuidarse los auditivos si no quiere que su canción sea, de verdad, el último decibelio que escuche.


L’últim decibel

A la residència apagaven els llums a les deu.

En Miquel, setanta-vuit anys, esperava fins que la infermera tancava la porta. Llavors es posava els auriculars, apujava el volum i tornava a tenir disset anys.

Una nit se’ls va oblidar.

La guitarra va esclatar pel passadís.

Van sortir bates, caminadors, alguna pròtesi i molts cabells blancs. La infermera va córrer disposada a restablir l’ordre.

Va arribar tard.

Algú havia començat a ballar.

L’endemà, la direcció va prohibir la música després de les deu.

A les deu i cinc, tot l’edifici picava de peus.


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