LA ETIQUETADORA
El
otro día compré una etiquetadora.
Una
de esas maquinitas pequeñas que escriben palabras sobre una cinta adhesiva. Me
pareció muy práctica. Empecé por lo sencillo.
AZÚCAR.
SAL.
CAFÉ.
ARROZ.
Hasta
ahí, ninguna discusión ideológica. Nadie ha fundado todavía el Frente Popular
del Garbanzo ni Vox ha reivindicado la españolidad de las lentejas. Tiempo al
tiempo.
El
problema empezó cuando pensé que una etiquetadora como aquella debía de existir
también para las personas.
Porque
vivimos rodeados de etiquetas.
Este
es de izquierdas.
Aquel,
de derechas.
El
otro es fascista.
Ese,
comunista.
Aquella,
feminista.
El
de más allá, machista.
Progre.
Facha.
Rojo.
Nazi.
Bolivariano.
Terrorista.
Negacionista.
Buenista.
Radical.
Moderado.
Y
así hasta conseguir que ocho mil millones de seres humanos quepamos
perfectamente ordenados en unas cuantas cajas.
Lo
que nunca he conseguido averiguar es quién tiene la etiquetadora.
¿Quién
decide?
Me
gustaría conocerlo.
No
para discutir con él. Solo por curiosidad.
Debe
de ser alguien extraordinario. Una persona de una altura moral considerable,
con una biblioteca inmensa, conocimiento enciclopédico de historia, filosofía,
economía, sociología, derecho, política internacional y, además, esa rara
capacidad para asomarse al interior de las personas y saber exactamente qué
piensan.
Porque
para llamar fascista a alguien con propiedad habrá que saber qué es el
fascismo.
Y
para llamar nazi a otro habrá que conocer algo más del nazismo que cuatro
documentales sobre Hitler y una fotografía en blanco y negro de unas botas
desfilando.
Igual
que para llamar comunista a alguien habría que distinguir entre Marx, Lenin,
Stalin, Gramsci, eurocomunismo y probablemente unas cuantas cosas más que no
caben en un tuit.
Y
terrorista…
Esa
palabra ya debería obligarnos a detener la mano antes de pegar la etiqueta.
Porque
las palabras también tienen cadáveres dentro.
El
problema es que ahora no utilizamos muchas de estas palabras para describir.
Las
utilizamos para expulsar.
Si
consigo convencer a los demás de que tú eres fascista, ya no tengo que discutir
contigo.
Si
eres comunista, tampoco.
Si
eres ultraderechista, ultraizquierdista, reaccionario, woke, machista,
supremacista o cualquier otra denominación suficientemente desagradable, me
ahorro el enorme esfuerzo de escuchar lo que dices.
La
etiqueta hace el trabajo.
Es
comodísima.
Antes
había que rebatir argumentos.
Ahora
basta con clasificar personas.
Y
además tiene una ventaja extraordinaria: cuando etiquetamos al contrario,
nosotros quedamos automáticamente situados en el lado correcto.
Ese
es probablemente el gran negocio moral de nuestro tiempo.
No
demostrar que soy bueno.
Demostrar
que tú eres malo.
Escucho
a alguien defender que habría que controlar mejor la inmigración y alguien
grita:
—¡Fascista!
Escucho
a otro pedir impuestos más altos para financiar determinados servicios públicos
y aparece inmediatamente otro:
—¡Comunista!
Uno
critica al Gobierno:
—Extrema
derecha.
Otro
critica a la oposición:
—Radical
de izquierdas.
Y
así vamos construyendo un país extraordinariamente sencillo, compuesto
únicamente por santos y demonios.
Curiosamente,
los santos siempre somos nosotros.
No
niego que existan fascistas.
Claro
que existen.
Como
existen comunistas, racistas, fanáticos, totalitarios y terroristas.
Las
palabras tienen significado. Historia. Consecuencias.
Precisamente
por eso deberíamos utilizarlas con cuidado.
Porque
cuando llamamos fascista a cualquiera que piensa distinto acabamos consiguiendo
algo paradójico: que cuando aparezca un fascista de verdad quizá ya no sepamos
reconocerlo.
Será
uno más entre tantos.
Como
aquel pastor del cuento que gritaba «¡que viene el lobo!» hasta que el lobo
decidió presentarse.
También
ocurre algo curioso con la izquierda y la derecha.
Tengo
algunas ideas que alguien calificará de izquierdas.
Otras,
probablemente, de derechas.
Y
unas cuantas que no sé dónde colocar.
Eso
empieza a preocuparme.
¿Dónde
está escrito que una persona tenga que comprar el paquete ideológico completo?
Si
defiendo una sanidad pública potente, ¿me dan puntos de izquierdas?
Si
creo que debe controlarse rigurosamente el gasto público, ¿pierdo esos puntos?
Si
defiendo la libertad sexual, vuelvo a sumar.
Si
considero que determinados delitos deberían castigarse con mayor dureza, ¿me
desplazo otra vez hacia la derecha?
¿Existe
algún marcador luminoso?
¿Voy
3-2?
¿Quién
arbitra este partido?
Quizá
el verdadero problema sea que hemos convertido las ideas en equipos de fútbol.
Y
cuando uno se hace de un equipo ya no analiza cada jugada.
Protesta
el penalti si se lo pitan en contra y lo considera clarísimo cuando favorece a
los suyos.
La
misma entrada.
El
mismo árbitro.
El
mismo césped.
Solo
cambia la camiseta.
Tal
vez deberíamos recuperar una costumbre antigua y bastante revolucionaria.
Escuchar.
Escuchar
una idea antes de preguntar quién la dice.
Discutirla.
Pensarla.
Aceptar
incluso la incómoda posibilidad de que alguien que está muy lejos de nosotros
pueda tener razón en algo.
Y
que alguien de los nuestros pueda decir una estupidez.
Eso
último cuesta muchísimo más.
Porque
cuestionar al adversario fortalece nuestras convicciones.
Cuestionar
a los nuestros nos obliga a pensar.
Y
pensar, como es sabido, cansa.
He
decidido guardar la etiquetadora.
La
seguiré utilizando para el azúcar, la sal, el café y el arroz.
Con
las personas prefiero no hacerlo.
Entre
otras cosas porque llevo años intentando averiguar qué etiqueta debería ponerme
a mí mismo.
Y
cada vez que creo haberla encontrado, digo algo que no encaja.
Por
suerte.
«He llegado a comprender que
siempre seré conocida como la primera esposa de John.» (Cynthia Lennon es la
autora de la frase y sabia muy bien lo que eran las etiquetas. A ella le
pusieron una e incluso la wiquipedia la recuerda por esa etiqueta. Nació el 10
de setiembre de 1939 y hace 11 años que pasó a la habitación de al lado.
Supongo que no hace falta que os diga de quién se trata)
Ballar amb qui ja no hi és
Va posar el
disc quan ja havia recollit dues copes.
Una, la seva.
L’altra
continuava davant de la cadira buida.
Quan la
guitarra va començar a parlar, ell va allargar la mà, com feia abans. No
esperava res. Potser per això va notar uns dits entre els seus.
Van ballar
lentament pel menjador.
En acabar la
cançó, estava sol.
Va mirar la
copa de l’altra banda.
Era buida.
I va somriure.
—Encara beus
massa.

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