jueves, 10 de septiembre de 2026

 

LA ETIQUETADORA


El otro día compré una etiquetadora.

Una de esas maquinitas pequeñas que escriben palabras sobre una cinta adhesiva. Me pareció muy práctica. Empecé por lo sencillo.

AZÚCAR.

SAL.

CAFÉ.

ARROZ.

Hasta ahí, ninguna discusión ideológica. Nadie ha fundado todavía el Frente Popular del Garbanzo ni Vox ha reivindicado la españolidad de las lentejas. Tiempo al tiempo.

El problema empezó cuando pensé que una etiquetadora como aquella debía de existir también para las personas.

Porque vivimos rodeados de etiquetas.

Este es de izquierdas.

Aquel, de derechas.

El otro es fascista.

Ese, comunista.

Aquella, feminista.

El de más allá, machista.

Progre.

Facha.

Rojo.

Nazi.

Bolivariano.

Terrorista.

Negacionista.

Buenista.

Radical.

Moderado.

Y así hasta conseguir que ocho mil millones de seres humanos quepamos perfectamente ordenados en unas cuantas cajas.

Lo que nunca he conseguido averiguar es quién tiene la etiquetadora.

¿Quién decide?

Me gustaría conocerlo.

No para discutir con él. Solo por curiosidad.

Debe de ser alguien extraordinario. Una persona de una altura moral considerable, con una biblioteca inmensa, conocimiento enciclopédico de historia, filosofía, economía, sociología, derecho, política internacional y, además, esa rara capacidad para asomarse al interior de las personas y saber exactamente qué piensan.

Porque para llamar fascista a alguien con propiedad habrá que saber qué es el fascismo.

Y para llamar nazi a otro habrá que conocer algo más del nazismo que cuatro documentales sobre Hitler y una fotografía en blanco y negro de unas botas desfilando.

Igual que para llamar comunista a alguien habría que distinguir entre Marx, Lenin, Stalin, Gramsci, eurocomunismo y probablemente unas cuantas cosas más que no caben en un tuit.

Y terrorista…

Esa palabra ya debería obligarnos a detener la mano antes de pegar la etiqueta.

Porque las palabras también tienen cadáveres dentro.

El problema es que ahora no utilizamos muchas de estas palabras para describir.

Las utilizamos para expulsar.

Si consigo convencer a los demás de que tú eres fascista, ya no tengo que discutir contigo.

Si eres comunista, tampoco.

Si eres ultraderechista, ultraizquierdista, reaccionario, woke, machista, supremacista o cualquier otra denominación suficientemente desagradable, me ahorro el enorme esfuerzo de escuchar lo que dices.

La etiqueta hace el trabajo.

Es comodísima.

Antes había que rebatir argumentos.

Ahora basta con clasificar personas.

Y además tiene una ventaja extraordinaria: cuando etiquetamos al contrario, nosotros quedamos automáticamente situados en el lado correcto.

Ese es probablemente el gran negocio moral de nuestro tiempo.

No demostrar que soy bueno.

Demostrar que tú eres malo.

Escucho a alguien defender que habría que controlar mejor la inmigración y alguien grita:

—¡Fascista!

Escucho a otro pedir impuestos más altos para financiar determinados servicios públicos y aparece inmediatamente otro:

—¡Comunista!

Uno critica al Gobierno:

—Extrema derecha.

Otro critica a la oposición:

—Radical de izquierdas.

Y así vamos construyendo un país extraordinariamente sencillo, compuesto únicamente por santos y demonios.

Curiosamente, los santos siempre somos nosotros.

No niego que existan fascistas.

Claro que existen.

Como existen comunistas, racistas, fanáticos, totalitarios y terroristas.

Las palabras tienen significado. Historia. Consecuencias.

Precisamente por eso deberíamos utilizarlas con cuidado.

Porque cuando llamamos fascista a cualquiera que piensa distinto acabamos consiguiendo algo paradójico: que cuando aparezca un fascista de verdad quizá ya no sepamos reconocerlo.

Será uno más entre tantos.

Como aquel pastor del cuento que gritaba «¡que viene el lobo!» hasta que el lobo decidió presentarse.

También ocurre algo curioso con la izquierda y la derecha.

Tengo algunas ideas que alguien calificará de izquierdas.

Otras, probablemente, de derechas.

Y unas cuantas que no sé dónde colocar.

Eso empieza a preocuparme.

¿Dónde está escrito que una persona tenga que comprar el paquete ideológico completo?

Si defiendo una sanidad pública potente, ¿me dan puntos de izquierdas?

Si creo que debe controlarse rigurosamente el gasto público, ¿pierdo esos puntos?

Si defiendo la libertad sexual, vuelvo a sumar.

Si considero que determinados delitos deberían castigarse con mayor dureza, ¿me desplazo otra vez hacia la derecha?

¿Existe algún marcador luminoso?

¿Voy 3-2?

¿Quién arbitra este partido?

Quizá el verdadero problema sea que hemos convertido las ideas en equipos de fútbol.

Y cuando uno se hace de un equipo ya no analiza cada jugada.

Protesta el penalti si se lo pitan en contra y lo considera clarísimo cuando favorece a los suyos.

La misma entrada.

El mismo árbitro.

El mismo césped.

Solo cambia la camiseta.

Tal vez deberíamos recuperar una costumbre antigua y bastante revolucionaria.

Escuchar.

Escuchar una idea antes de preguntar quién la dice.

Discutirla.

Pensarla.

Aceptar incluso la incómoda posibilidad de que alguien que está muy lejos de nosotros pueda tener razón en algo.

Y que alguien de los nuestros pueda decir una estupidez.

Eso último cuesta muchísimo más.

Porque cuestionar al adversario fortalece nuestras convicciones.

Cuestionar a los nuestros nos obliga a pensar.

Y pensar, como es sabido, cansa.

He decidido guardar la etiquetadora.

La seguiré utilizando para el azúcar, la sal, el café y el arroz.

Con las personas prefiero no hacerlo.

Entre otras cosas porque llevo años intentando averiguar qué etiqueta debería ponerme a mí mismo.

Y cada vez que creo haberla encontrado, digo algo que no encaja.

Por suerte.

«He llegado a comprender que siempre seré conocida como la primera esposa de John.» (Cynthia Lennon es la autora de la frase y sabia muy bien lo que eran las etiquetas. A ella le pusieron una e incluso la wiquipedia la recuerda por esa etiqueta. Nació el 10 de setiembre de 1939 y hace 11 años que pasó a la habitación de al lado. Supongo que no hace falta que os diga de quién se trata)

Carlos Santana puso la música allá por 1970 y José Feliciano la letra que escucharéis en el vídeo. Felicidades José en tu 81 aniversario.

Ballar amb qui ja no hi és

Va posar el disc quan ja havia recollit dues copes.

Una, la seva.

L’altra continuava davant de la cadira buida.

Quan la guitarra va començar a parlar, ell va allargar la mà, com feia abans. No esperava res. Potser per això va notar uns dits entre els seus.

Van ballar lentament pel menjador.

En acabar la cançó, estava sol.

Va mirar la copa de l’altra banda.

Era buida.

I va somriure.

—Encara beus massa.


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