REGRESO AL OTOÑO

Nunca
me dijiste dónde podía encontrarte.
Tampoco
te lo reprocho. Quizá ni tú lo sabías.
Así
que llevo toda la vida buscándote. Y cuando digo toda la vida no exagero:
exactamente tantos años como tengo. He mirado detrás de algunas puertas que no
debía abrir, he recorrido caminos que terminaban donde empezaban y he esperado
en lugares de los que tú ya te habías marchado. A veces por unas horas. Otras,
por unos cuantos años.
No
te encontré.
Pero
tampoco regresé con las manos vacías.
Me
llevé el azul de aquellos cielos que parecían no terminar nunca. El rojo de las
hojas antes de rendirse y caer. El dorado de las que ya descansaban en el
suelo, pisadas por quienes caminaban deprisa sin saber que estaban aplastando
un otoño entero.
Guardé
también el pardo de la corteza de los pinos, el verde húmedo del musgo abrazado
a las piedras, el amarillo de ese sol de última hora que todavía presume de
verano aunque ya no engaña a nadie.
Me
llevé el blanco de la luna cuando consigue hacerse sitio entre las nubes. El
grana de los matorrales. El naranja de esas flores tardías que se empeñan en
sobrevivir cuando todo a su alrededor empieza a despedirse.
Los
fui guardando sin saber muy bien para qué.
Tal
vez porque, con los años, uno aprende que buscar también consiste en recoger lo
que encuentra mientras no encuentra aquello que busca.
Ahora
ha vuelto el otoño.
Lo
reconozco porque la luz llega más cansada, las tardes empiezan a encogerse y
los árboles vuelven a desprenderse de lo que ya no necesitan. Nosotros
deberíamos aprender algo de ellos.
Sigo
sin saber dónde estás.
Pero
ya no tengo tanta prisa por encontrarte.
Tengo
todos estos colores.
Y
pienso conservarlos durante el invierno, cuando los días sean cortos y la
memoria se empeñe en quedarse a oscuras.
Luego,
cuando vuelva la primavera, iré a buscarte otra vez.
Y si
entonces consigo encontrarte, te los regalaré todos.
Aunque
para entonces quizá comprenda que llevaba toda una vida buscándote solo para
tener algo hermoso que ofrecerte cuando llegaras.
«Por regla general,
cuando no encontramos ni una sola cualidad buena en alguien, estamos
prejuzgando.» (Me preocupa la afirmación de Jessica Anderson nacida el 25 de
setiembre de 1916. Me preocupa porque me doy cuenta que estoy prejuzgando en más
de un 90% y va en aumento)
La
deesa del Quart segona
La
vaig veure cada vespre al balcó del davant.
Jo
li havia posat Venus. Ella, probablement, es deia Montse.
Sortia
descalça, regava dues plantes i, de vegades, mirava cap a casa meva. Aquells
segons em bastaven per inventar-nos una vida sencera.
Una
nit vaig reunir valor i vaig creuar el carrer.
Va
obrir-me un home en pijama.
—Busques
la meva mare?
Darrere
seu, Venus va aparèixer amb la regadora.
Devia
tenir setanta anys.
Va
somriure.
—Ja
era hora.
I
aleshores vaig comprendre que els déus també envelleixen.
Nosaltres
som els que arribem tard.
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