viernes, 25 de septiembre de 2026

 

REGRESO AL OTOÑO

Nunca me dijiste dónde podía encontrarte.

Tampoco te lo reprocho. Quizá ni tú lo sabías.

Así que llevo toda la vida buscándote. Y cuando digo toda la vida no exagero: exactamente tantos años como tengo. He mirado detrás de algunas puertas que no debía abrir, he recorrido caminos que terminaban donde empezaban y he esperado en lugares de los que tú ya te habías marchado. A veces por unas horas. Otras, por unos cuantos años.

No te encontré.

Pero tampoco regresé con las manos vacías.

Me llevé el azul de aquellos cielos que parecían no terminar nunca. El rojo de las hojas antes de rendirse y caer. El dorado de las que ya descansaban en el suelo, pisadas por quienes caminaban deprisa sin saber que estaban aplastando un otoño entero.

Guardé también el pardo de la corteza de los pinos, el verde húmedo del musgo abrazado a las piedras, el amarillo de ese sol de última hora que todavía presume de verano aunque ya no engaña a nadie.

Me llevé el blanco de la luna cuando consigue hacerse sitio entre las nubes. El grana de los matorrales. El naranja de esas flores tardías que se empeñan en sobrevivir cuando todo a su alrededor empieza a despedirse.

Los fui guardando sin saber muy bien para qué.

Tal vez porque, con los años, uno aprende que buscar también consiste en recoger lo que encuentra mientras no encuentra aquello que busca.

Ahora ha vuelto el otoño.

Lo reconozco porque la luz llega más cansada, las tardes empiezan a encogerse y los árboles vuelven a desprenderse de lo que ya no necesitan. Nosotros deberíamos aprender algo de ellos.

Sigo sin saber dónde estás.

Pero ya no tengo tanta prisa por encontrarte.

Tengo todos estos colores.

Y pienso conservarlos durante el invierno, cuando los días sean cortos y la memoria se empeñe en quedarse a oscuras.

Luego, cuando vuelva la primavera, iré a buscarte otra vez.

Y si entonces consigo encontrarte, te los regalaré todos.

Aunque para entonces quizá comprenda que llevaba toda una vida buscándote solo para tener algo hermoso que ofrecerte cuando llegaras.

«Por regla general, cuando no encontramos ni una sola cualidad buena en alguien, estamos prejuzgando.» (Me preocupa la afirmación de Jessica Anderson nacida el 25 de setiembre de 1916. Me preocupa porque me doy cuenta que estoy prejuzgando en más de un 90% y va en aumento)

En mis tiempos de casi juventud quería largarme a Venus; por eso me gustaba tanto la canción de Shocking Blue, un grupo neerlandés -en aquella época lo llamabamos holandés- de mi color preferido.


La deesa del Quart segona

La vaig veure cada vespre al balcó del davant.

Jo li havia posat Venus. Ella, probablement, es deia Montse.

Sortia descalça, regava dues plantes i, de vegades, mirava cap a casa meva. Aquells segons em bastaven per inventar-nos una vida sencera.

Una nit vaig reunir valor i vaig creuar el carrer.

Va obrir-me un home en pijama.

—Busques la meva mare?

Darrere seu, Venus va aparèixer amb la regadora.

Devia tenir setanta anys.

Va somriure.

—Ja era hora.

I aleshores vaig comprendre que els déus també envelleixen.

Nosaltres som els que arribem tard.


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