LOS OJOS QUE NUNCA PARPADEAN

Esta
mañana he descubierto que mi tostadora me observa.
No
estoy seguro de que sea exactamente la tostadora. Quizá sea el pequeño aparato
que tengo al lado, ese que compré para controlar las luces, la temperatura y
otras necesidades domésticas que, hasta hace cuatro días, resolvía levantándome
del sofá.
El
caso es que, mientras desayunaba en pijama, he tenido la desagradable sensación
de que alguien me estaba mirando.
—Buenos
días —ha dicho una voz femenina.
—Buenos
días —he contestado por educación.
—Has
dormido seis horas y cuarenta y dos minutos. Tu descanso ha sido insuficiente.
He
mirado el reloj de pulsera, que también sabe cuándo duermo, cuándo me despierto
y, probablemente, cuándo finjo escuchar a mi mujer.
—Gracias
por la información. ¿Podrías dejarme desayunar?
—Te
recomiendo reducir el consumo de grasas.
He
apartado la mantequilla.
No
por obediencia. Por evitar discusiones a las ocho de la mañana.
Al
salir de casa, la cámara del ascensor me ha seguido con su pequeño ojo negro.
En el portal, otra cámara ha registrado mi salida. La del establecimiento de
enfrente me ha observado mientras esperaba a que el semáforo cambiara de color.
He
sonreído.
No
sé por qué. Uno acaba comportándose como un imbécil cuando sabe que lo están
grabando.
En
el metro, un muchacho ha levantado el móvil para hacerse una fotografía. Detrás
aparecíamos seis pasajeros, entre ellos yo, con esa expresión de resignación
colectiva que caracteriza al transporte público a primera hora.
Me
he preguntado cuántas veces apareceré en fotografías ajenas sin saberlo.
Cuántos algoritmos habrán identificado mi cara, calculado mi edad o decidido
que soy un hombre de aspecto respetable, aunque ligeramente cansado.
Lo
de respetable me preocupa especialmente. Siempre he desconfiado de las
apariencias.
Al
llegar al despacho, el ordenador me ha reconocido por la cara.
—Bienvenido
—ha escrito en la pantalla.
Me
ha parecido una cortesía excesiva por parte de una máquina que, cuando más la
necesito, acostumbra a bloquearse.
Durante
la mañana he leído que la visión artificial permite a las máquinas identificar
objetos, reconocer personas, analizar comportamientos y descubrir detalles que
nuestros ojos pasan por alto. Se utiliza en hospitales, fábricas, carreteras,
comercios y sistemas de seguridad.
Una
maravilla.
También
he leído que algunas tecnologías pueden deducir información sobre nosotros a
partir de nuestros movimientos, nuestras expresiones y nuestros hábitos.
He
pensado en el vecino del tercero, que lleva veinte años intentando averiguar a
qué me dedico exactamente y todavía cree que trabajo en Hacienda.
Las
máquinas le llevan ventaja.
A
mediodía he entrado en un supermercado. Una cámara vigilaba las cajas
automáticas. Otra, el pasillo de los productos caros. En la sección de vinos
había una tercera, especialmente atenta, como si sospechara que los clientes
podemos cometer alguna imprudencia después de leer los precios.
He
comprado pan, tomates y una botella de vino.
Al
pasar por caja, el sistema me ha pedido que verificara mi edad.
Setenta
años.
He
tenido que llamar a una empleada para que confirmara que era mayor de
dieciocho.
—Ya
ve —le he dicho—. Hay máquinas que calculan nuestra edad por la cara y otras
que todavía creen que podemos ser menores.
La
muchacha ha sonreído sin levantar demasiado la vista.
Estaba
ocupada vigilando otras seis cajas.
Por
la tarde he ido a visitar a mi madre.
Tiene
una edad en la que las fotografías sirven para recordar personas que ya casi
nadie recuerda. Conserva una caja de cartón llena de imágenes antiguas. Algunas
están dobladas. Otras tienen nombres escritos detrás, con una letra que se va
borrando.
Me
ha enseñado una fotografía de mi padre cuando era joven.
—Mira
qué guapo estaba.
La
he mirado.
Un
hombre con uniforme militar, serio, la espalda recta, los ojos puestos en algún
lugar que quedaba fuera del encuadre.
He
sacado el móvil y he utilizado una aplicación capaz de restaurar fotografías
antiguas. En pocos segundos ha corregido manchas, mejorado el contraste y
recuperado parte de los detalles.
—Mira,
mamá.
Ha
observado la pantalla durante un buen rato.
—Está
muy bien —ha dicho—. Pero tu padre no tenía esa sonrisa.
He
vuelto a mirar la imagen.
Tenía
razón.
La
máquina había decidido que aquel muchacho debía parecer más feliz.
He
deshecho la modificación.
Mi
madre ha acariciado la fotografía original con el pulgar.
—Ese
día estaba enfadado conmigo —ha murmurado.
—¿Por
qué?
—No
me acuerdo.
Y se
ha echado a reír.
Me
he quedado pensando en la cantidad de cosas que puede reconocer una máquina y
en las que jamás podrá saber mirando una fotografía.
Por
la noche, al regresar a casa, he encontrado a mi mujer leyendo en el sofá.
—¿Qué
tal el día? —me ha preguntado.
—Vigilado.
—¿Por
quién?
—Por
todo el mundo.
Ha
levantado la mirada.
—Pues
a ver si alguno consigue descubrir dónde has dejado las llaves.
Las
he buscado en los bolsillos, sobre la mesa y junto a la puerta.
Nada.
Mi
mujer ha señalado el frigorífico.
Allí
estaban.
No
he querido preguntar cómo habían llegado hasta aquel lugar.
Antes
de acostarme he apagado el móvil, desconectado el asistente doméstico y bajado
la persiana.
Me
he metido en la cama convencido de haber recuperado, al menos durante unas
horas, mi intimidad.
Mi
mujer se ha acercado, me ha mirado por encima de las gafas y ha preguntado:
—¿Te
pasa algo?
—No.
¿Por qué?
—Llevas
todo el día raro.
He
apagado la luz.
Después
de tantas cámaras, sensores, programas de reconocimiento y algoritmos capaces
de analizar millones de imágenes, resulta que la única persona que había
descubierto que me pasaba algo era una mujer que llevaba treinta años
mirándome.
Y
que, para hacerlo, ni siquiera necesitaba las gafas.
«Hoy hablamos de crisis
económica, pero nos olvidamos de la crisis moral» (Miguel Delibes nacido el 17
de octubre de 1920 para ser miembro de la Real Academia de la Lengua
-espanyola- y ganar todos los premios literarios imaginables: el Premio
Príncipe de Asturias de las Letras (1982), el Premio Nacional de las Letras
Españolas (1991) y el Premio Cervantes de 1993, entregado en 1994. Por cierto: seguimos sin tener memoria)
A much@s os será familiar el nombre de Ziggy Marley. Si, es el hijo mayor de Bob Marley que hoy cumple 58 años. Su padre no, que murió a los 36 años sin ser abuelo. Eso que se perdió.
Abans de ser avi
Al
meu net li han ensenyat a parlar amb les màquines. Amb mi encara s'encalla.
—Avi,
què feies abans que jo nasqués?
—Moltes
coses.
—No.
Vull dir abans de ser avi.
Li
vaig ensenyar una fotografia: un noi amb cabells llargs, una guitarra i una
pancarta que deia «Prohibit prohibir».
—Ets
tu?
—Em
temo que sí.
Va
observar la fotografia i després les meves mans arrugades.
—També
eres desobedient?
—Moltíssim.
Va
córrer a buscar la seva mare.
—Mama!
L'avi abans era una persona!
Ella
va somriure. Jo vaig continuar mirant la fotografia.
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