sábado, 5 de septiembre de 2026

 

CINCO DE SEPTIEMBRE

Hoy es cinco de septiembre.

Lo sé porque lo dice el calendario.

Porque si tuviera que averiguarlo por la temperatura, diría que estamos a treinta y tantos de julio, quizá a cuarenta y dos, que últimamente los meses también parecen medirse en grados.

Son las siete de la tarde y acabo de salir al balcón buscando aire. Una ingenuidad. Fuera no hay aire. Hay una sustancia caliente, espesa, inmóvil, que ocupa su lugar. Algo parecido a cuando abres el horno para comprobar si está hecha la lubina y recibes en la cara el bofetón de los doscientos grados.

Solo que dentro del horno está la lubina.

Aquí estoy yo.

He cerrado las persianas durante buena parte del día, he bajado los toldos, he abierto ventanas estratégicamente, las he cerrado cuando he visto que la estrategia consistía en dejar entrar más calor, he conectado el ventilador y llevo varias horas girando con él.

El ventilador, por cierto, no refresca.

Distribuye el sufrimiento.

Lo recoge de una esquina de la habitación y te lo devuelve cuidadosamente ordenado.

Treinta y dos grados a velocidad uno.

Treinta y dos grados a velocidad dos.

Treinta y dos grados a velocidad tres, pero con sensación de huracán africano.

Y estamos en septiembre.

Eso es lo que me molesta.

No el calor. Bueno, el calor también, naturalmente. Lo que me molesta es la estafa del calendario.

Toda mi vida septiembre había significado otra cosa.

Septiembre era volver.

Volver al colegio, al trabajo, a los horarios, a las chaquetas finas por la noche. Era ese mes en el que las playas empezaban a quedarse vacías y aparecía algún valiente caminando por la orilla con jersey mientras los demás pensábamos que exageraba.

Septiembre olía a libros nuevos.

A lápices.

A goma de borrar.

A aquella sensación infantil de que empezaba algo.

Ahora empieza también algo.

Otra ola de calor.

Nos hemos acostumbrado incluso a ponerles nombre, como si fueran miembros de la familia.

—¿Qué tal estáis?

—Bien. Aquí, con la ola de calor.

Como antes decíamos:

—Aquí, con la abuela.

Y no sé cuál de las dos ocupa más espacio en casa.

En la televisión aparece un señor delante de un mapa pintado de rojo oscuro. Ya casi no quedan colores suficientes para representar las temperaturas. Recuerdo cuando el rojo significaba calor. Ahora el rojo significa fresquito y han tenido que inventarse una especie de granate apocalíptico para indicarnos que salgamos a la calle solamente si tenemos intención de cocernos.

El hombre del tiempo sonríe.

Eso siempre me ha llamado la atención.

—Mañana alcanzaremos nuevamente los treinta y ocho grados.

Y sonríe.

¿Pero de qué te ríes?

Treinta y ocho grados no es una información. Es una amenaza.

Aunque reconozco que tampoco podría anunciarlo llorando.

Imagino:

—Mañana, treinta y ocho grados en el litoral…

Y rompiendo a sollozar.

Sería poco profesional.

Así que sonríe y nosotros asumimos la noticia como asumimos tantas cosas últimamente: con una mezcla de resignación, aire acondicionado y factura eléctrica.

Porque esta es otra.

Antes, cuando hacía calor, mi madre cerraba las persianas, abría por la noche y decía:

—Ya refrescará.

Aquello era toda la tecnología climática disponible.

Y refrescaba.

Ahora hago exactamente lo mismo y a las tres de la madrugada continúan los veintiocho grados agarrados a la fachada como okupas térmicos.

No se van.

No pagan alquiler.

Y encima duermen contigo.

Te levantas sudando, das la vuelta a la almohada buscando aquel lado fresco que existía cuando éramos niños y descubres que también está caliente.

Ahí comprendí que las cosas iban mal.

Una civilización puede soportar guerras, crisis económicas, políticos mediocres e incluso programas televisivos de tertulia durante horas.

Pero cuando desaparece el lado fresco de la almohada hay que empezar a preocuparse seriamente.

Salgo otra vez al balcón.

Enfrente, una mujer riega unas plantas que presentan el mismo aspecto que yo: inclinadas hacia abajo y esperando que alguien haga algo.

Un hombre pasea a un perro que se niega a caminar.

El animal se sienta.

El hombre tira suavemente de la correa.

El perro lo mira.

Y en esa mirada hay más inteligencia climática que en muchas conferencias internacionales.

«Sal tú si quieres».

El hombre acaba cediendo y vuelve hacia casa.

Victoria de la especie animal sobre la humana.

Nosotros necesitamos informes para entender cuándo hace demasiado calor.

Ellos ponen el culo en el suelo.

También he observado otro fenómeno.

Hemos empezado a hablar del tiempo como hablaban nuestros abuelos.

Todo el día.

—Qué calor.

—Es insoportable.

—Dicen que mañana baja.

—Pues yo he oído que vuelve a subir.

—Por la noche no corre ni una gota de aire.

Nos hemos convertido en aquellos ancianos que comentaban el tiempo apoyados en un bastón.

Solo que nosotros lo hacemos mirando una aplicación del móvil que nos anuncia, con precisión científica, que dentro de tres horas seguiremos exactamente igual de jodidos.

Miro el calendario otra vez.

Cinco de septiembre.

Todavía faltan semanas para el otoño.

Aunque ahora lo del otoño es una expresión administrativa.

Una fecha.

Un trámite astronómico.

El día veintitrés alguien dirá solemnemente:

—Hoy comienza el otoño.

Y probablemente estaremos en pantalón corto, bebiendo agua con hielo y preguntándonos dónde demonios hemos guardado el mando del aire acondicionado.

Tal vez ese sea el verdadero cambio.

No que haga calor.

Siempre ha hecho calor.

Yo recuerdo veranos abrasadores, noches en las que costaba dormir, persianas bajadas y cuerpos buscando una corriente de aire imposible.

La diferencia está en que antes sabíamos que terminaría.

El verano tenía un final.

Septiembre era su despedida.

Se marchaba lentamente, todavía dando algún coletazo, como esos invitados que después de levantarse de la mesa tardan media hora en llegar hasta la puerta.

Ahora no.

Ahora parece haberse quedado a vivir con nosotros.

Y lo peor de los invitados que se quedan demasiado tiempo no es que ocupen el sofá.

Es que un día descubres que ya tienen las llaves de casa.

«¿Por qué no erigir una iglesia cuya cúpula, atravesando las nubes, sea una perenne súplica ante el trono de un Dios provocado por tantas iniquidades como se cometen?» (Hoy traigo la frase de Josep Maria Bocabella por dos razones: la primera es porque nació el 5 de setiembre de 1815 y la segunda, más importante aunque no conocida, porque fue el impulsor -léase pagano- de la construcción del templo de la Sagrada Familia ¿A qué iglesia pensabais que se refería?)

Freddie Mercury hubiese cumplido hoy 80 redondos años. Se "liberó" de este mundo con 44. Es uno de los autores que suelo felicitar, recordar y agradecer haber coincidido con él repetidamente. Y prometo que lo volveré a hacer.

La porta era oberta

Durant trenta anys havia somiat fugir.

De la feina, del matrimoni, dels diumenges amb la sogra, de les factures i fins i tot d’aquell mirall que cada matí li tornava un desconegut.

Un dimarts va fer la maleta.

La seva dona el va mirar des del sofà.

—Te’n vas?

—Sí.

—Ja era hora.

Ell va quedar immòbil.

Ella somrigué.

—Fa anys que la porta és oberta. Eres tu qui no sortia.

Va deixar la maleta a terra.

Aquella nit va dormir al sofà.

Però, per primera vegada, ho va fer perquè va voler.


viernes, 4 de septiembre de 2026

 

AL OTRO LADO DE LA CALLE

Volvía a casa pasada la medianoche. Delante de mí caminaba una mujer joven. Veinte metros, quizá treinta. Los suficientes para que ninguno de los dos tuviera que preocuparse del otro.

Eso creía yo.

En la primera esquina giró la cabeza. Apenas un segundo. Luego aceleró el paso.

Yo seguí andando.

En la siguiente calle volvió a mirar. Esta vez pude verle la cara. No me estaba mirando. Me estaba vigilando.

Instintivamente comprobé mi aspecto como si pudiera verlo desde fuera: vaqueros, chaqueta oscura, manos en los bolsillos. Un hombre caminando de noche detrás de una mujer.

Nada más.

Y, precisamente, todo eso.

Ella sacó el móvil. Habló con alguien.

—Sí, ya llego… Estoy entrando en mi calle.

No sé si había alguien al otro lado.

Después vi su mano derecha. Llevaba unas llaves entre los dedos. No en la palma. Entre los dedos, como pequeñas cuchillas domésticas.

Me molestó.

No ella. Me molestó pensar que pudiera tenerme miedo. Yo, que no había hecho nada. Yo, que jamás…

Entonces me detuve.

Porque ahí estaba el error.

Ella no tenía por qué saber quién era yo. No conocía mis buenas intenciones, mi educación, mis antecedentes penales inexistentes ni que seguramente, al llegar a casa, me pondría el pijama y abriría la nevera buscando algo dulce.

Solo sabía que un desconocido caminaba detrás de ella a las doce y media de la noche.

Crucé de acera.

La mujer volvió la cabeza. Me vio alejarme por el otro lado y guardó lentamente las llaves en el bolso.

Seguí andando.

Unos minutos después vibró mi móvil.

Era un mensaje de mi hija:

«Papá, ya estoy en casa ❤️».

Le contesté con otro corazón.

Y aquella noche comprendí algo bastante incómodo: yo había pasado unos segundos preocupado porque una desconocida pudiera confundirme con un hombre peligroso.

Ella había pasado varios minutos preocupada porque quizá no se estuviera confundiendo.

«El hombre debe escoger entre ser rico en cosas o en la libertad de usarlas» (Iván Illich nacido el 4 de setiembre de 1926 para ser anarquista y pedagogo. La paradoja en una sola frase: consumir más nos lleva a la pérdida de autonomía)

Y hoy, sin más, una canción de 1951 compuesta por Quintero, León y Quiroga, popularizada por las más grande, la Lola en 1953 e interpretada en el vídeo por el violín de Ara Malikian para ponerte los pelos como escarpias.

LA CADIRA BUIDA

Cada nit parava taula per a dos.

Els veïns deien que s’havia tornat boja. Feia vint anys que ell havia mort.

Ella somreia, servia el vi, deixava el pa al seu costat i explicava com li havia anat el dia.

Una nit, però, només va posar un plat.

Va sopar en silenci.

Després va recollir la cadira d’ell i la va baixar al carrer.

L’endemà, una veïna li preguntà si finalment l’havia oblidat.

—No. He après a recordar-lo sense convidar la pena a sopar.

I aquella nit va obrir una ampolla bona.


jueves, 3 de septiembre de 2026

 

¿Y USTEDES A QUÉ SE DEDICAN?


Esta mañana he cometido la imprudencia de poner las noticias mientras desayunaba.

No recomiendo hacerlo en ayunas.

El café puede tomarse solo. La política española, no.

Necesita omeprazol.

Apenas había dado el primer sorbo cuando apareció un político diciendo que otro político debía dimitir porque había mentido.

Inmediatamente apareció el político acusado asegurando que quien mentía era el primero.

Después salió un tercero explicando que los dos mentían, pero que uno mentía bastante más.

Y finalmente apareció un cuarto reclamando una comisión de investigación para determinar científicamente quién era el mayor mentiroso.

Supongo que luego crearán una subcomisión.

España es probablemente el único país capaz de crear una comisión para investigar por qué una comisión anterior no consiguió averiguar nada.

Seguí desayunando.

Hablaron de filtraciones.

De mensajes privados.

De informes.

De asesores.

De fiscales.

De jueces.

De audios.

De novias.

De hermanos.

De esposas.

De empresarios amigos.

De amigos empresarios.

Solo faltaba que apareciese algún cuñado y ya teníamos organizada la comida de Navidad.

En algún momento reparé en algo curioso.

Llevaba quince minutos escuchando hablar de política y nadie había hablado de ciudadanos.

Ni uno.

Aquello era como asistir a una reunión de vecinos en la que solo habla la junta de propietarios y ninguno recuerda ya que existe el edificio.

Entonces me hice una pregunta:

¿A qué se dedican nuestros políticos?

No quiero decir profesionalmente.

Eso lo sé.

A la política.

Pregunto a qué dedican su extraordinaria energía.

Porque hay que reconocerles una cosa: energía tienen.

Para insultarse, infinita.

Para investigarse, admirable.

Para pedir dimisiones, olímpica.

Para solucionar determinados problemas, parece que sufren una repentina bajada de tensión.

Los políticos españoles han conseguido crear una actividad económica nueva: el político que vive pendiente del político.

Hay diputados cuya principal ocupación parece consistir en descubrir qué hizo otro diputado hace seis años, tres meses y catorce días.

Hay partidos enteros dedicados a demostrar que los otros son peores.

El programa electoral podría resumirse perfectamente así:

«Vote por nosotros. Los otros son unos sinvergüenzas».

Y enfrente:

«No les vote a ellos. Los sinvergüenzas son ellos».

Magnífico.

Treinta y cinco millones de electores convocados periódicamente para decidir qué banda considera más indecente a la otra.

Mientras tanto, ahí fuera existe una cosa llamada realidad.

No sale demasiado en televisión porque tiene poca audiencia.

La realidad es bastante vulgar.

Consiste, por ejemplo, en levantarse a las seis de la mañana.

Coger el metro.

Trabajar ocho horas.

Volver a casa.

Abrir el frigorífico.

Mirar la cuenta corriente.

Y descubrir que quedan diecisiete días para terminar el mes.

Eso no tiene épica.

No admite rueda de prensa.

Nadie grita «¡dimisión!» delante del recibo de la electricidad.

Aunque ganas no faltan.

La realidad también consiste en que un joven tenga treinta y dos años, dos carreras, un máster, tres idiomas y una habitación alquilada.

Durante años nos dijeron:

—Estudia.

Estudiamos.

—Prepárate.

Nos preparamos.

—Aprende idiomas.

Aprendimos idiomas.

—Sé flexible.

Nos convertimos prácticamente en contorsionistas.

Y cuando lo conseguimos todo nos dijeron:

—Fantástico. Son 850 euros por la habitación.

Algo hemos debido interpretar mal.

También están los trabajadores pobres.

Ese concepto me fascina.

«Trabajador pobre».

Dos palabras que nunca deberían haber conseguido convivir y, sin embargo, ahí están, perfectamente casadas.

Porque uno podía entender que alguien fuese pobre porque no tenía trabajo.

Era terrible, pero tenía cierta lógica.

Ahora hemos conseguido algo mucho más sofisticado:

trabajar y seguir siendo pobre.

Eso sí que es progreso.

Tener empleo ya no garantiza ganarse la vida.

Garantiza estar ocupado mientras no te la ganas.

Y frente a todo esto nuestros representantes comparecen muy serios delante de los micrófonos.

—Espanya va bien.

—Espanya va mal.

Depende del micrófono.

Si gobiernas, Espanya es prácticamente Suiza con playa.

Si estás en la oposición, esto es Somalia con AVE.

No parece existir término medio.

Lo curioso es que hablan constantemente de «la gente».

La gente quiere.

La gente piensa.

La gente exige.

La gente está preocupada.

Siempre me ha maravillado la facilidad con la que los políticos saben lo que piensa «la gente».

Yo conozco bastante gente y no tengo ni idea de lo que piensa.

A veces ni siquiera sé lo que pienso yo.

Ellos, en cambio, conocen perfectamente las inquietudes de cuarenta y tantos millones de personas.

Debe de existir algún grupo de WhatsApp.

«Espany entera».

Y allí escribimos todos.

Porque luego escuchas sus discursos y descubres que, según ellos, nuestra principal preocupación es exactamente la misma que la suya.

Curiosa coincidencia.

Ellos están preocupados por ganar las próximas elecciones.

Y nosotros, aparentemente, también.

Yo creía que algunas personas estaban más preocupadas por encontrar piso.

Por cobrar un sueldo decente.

Por que les operasen antes del año que viene.

Por conseguir una plaza en una residencia para su madre.

Por que su hijo pudiese independizarse antes de cumplir cincuenta.

Pero debo estar equivocado.

Lo verdaderamente importante es quién ganó el último debate parlamentario.

Eso parece decisivo.

Especialmente para quien esta mañana ha recibido una carta comunicándole que le suben el alquiler cuatrocientos euros.

Seguro que la ha leído y ha pensado:

«Bueno, menos mal que ayer mi diputado estuvo brillante en la réplica».

Y así vamos.

Convertimos la política en una serie.

Cada temporada tiene sus villanos.

Sus traiciones.

Sus mensajes filtrados.

Sus amores secretos.

Sus investigaciones judiciales.

Sus personajes secundarios.

Incluso tenemos spin-offs.

Solo falta Netflix.

El problema es que mientras ellos protagonizan la serie, nosotros pagamos la suscripción.

Por eso quizá habría que recordarles algo muy sencillo.

Gobernar no consiste exclusivamente en derrotar al adversario.

Ni en conservar el poder.

Ni en conseguirlo.

Ni siquiera en tener razón.

Gobernar debería consistir en conseguir que la vida de las personas fuese razonablemente mejor.

No perfecta.

Eso sería sospechoso.

Simplemente mejor.

Que trabajar sirviese para vivir.

Que una vivienda fuese un lugar donde habitar y no un producto financiero con cuarto de baño.

Que tener hijos no exigiese elaborar previamente un plan de viabilidad.

Que hacerse viejo no fuese una amenaza económica.

Que enfermar no implicase estudiar previamente el calendario.

Que abrir un pequeño negocio no requiriese un abogado, un gestor, un ingeniero y cierta inclinación al masoquismo.

Nada revolucionario.

Cosas pequeñas.

Quizá ese sea precisamente el problema.

Las pequeñas cosas no caben bien en los discursos.

No queda igual decir:

«Vamos a transformar Espanya»

que:

«Vamos a procurar que usted llegue mejor a final de mes».

Lo primero tiene bandera.

Lo segundo tiene nómina.

Y las banderas siempre salen mejor en televisión.

Esta mañana terminé el desayuno.

En la radio seguían hablando.

Un político acababa de anunciar solemnemente:

—Los ciudadanos están cansados de esta situación.

Ahí estuve de acuerdo.

Por fin.

Apagué la radio.

Y mientras metía la taza en el lavavajillas pensé que quizá nuestros políticos deberían hacer de vez en cuando algo realmente revolucionario.

Dejar de hablar de nosotros.

Y empezar a escucharnos.

Aunque solo fuera para descubrir una cosa.

Que cuando preguntamos:

—¿Y de lo mío, qué?

No siempre estamos hablando de política.

Estamos hablando de vivir.

«Los gobiernos sucedidos sin programa concreto más que el de detentar el mando aunque sólo fuera por unas semanas.» (Esta frase podría referirse a una situación contemporánea pero fue escrita por Ignacio Agustí nacido Ignasi el 3 de setiembre de 1913. Este curioso personaje escribió en catalán hasta 1936 y, ya sabéis porqué, cambió al castellano idioma que utilizó hasta su traspaso en 1974. Tuvo la habilidad, eso si, para situarse en la “oposición” al generalíssimooo siendo una figura central en la revista Destino y escribir en lo más granado de los mass-media de la progresía de la época: Telexpress y Triunfo. También presidió durante unos años l’Ateneu Barcelonés)

Tomo Milicevic guitarrista del grupo 30 Seconds to Mars cumple hoy 47 años. Supongo que en esos años ha tenido tiempo para estar en una galaxia muy, muy lejana.


L’altre jo

Cada matí, davant del mirall, assajava ser un altre.

Un home més valent. Més feliç. D’aquells que saben marxar abans que els abandonin.

Aquella nit, però, el reflex no va imitar-lo.

—Ja n’hi ha prou —va dir.

Ell va retrocedir.

—De què?

—De matar-me perquè tu puguis continuar fingint.

Va trencar el mirall d’un cop de puny.

L’endemà, mentre recollia els vidres, va descobrir cent rostres seus escampats per terra.

Només un somreia.

El va guardar a la butxaca.


miércoles, 2 de septiembre de 2026

 

BESO UNO, GRANDE Y, SOBRE TODO, LIBRE


El viernes por la noche dejaste el móvil boca abajo sobre la mesa.

—Este fin de semana quiero mil besos —dijiste.

—¿Mil exactos?

—Mil para empezar. Luego cien. Después otros mil. Luego cien más…

Te miré con la seriedad que exigen los asuntos importantes.

—Tendremos que llevar la cuenta.

—Ni se te ocurra.

Y me besaste.

Uno.

El segundo llegó mientras abría una botella de vino. El tercero, cuando fingiste ayudarme con la cena y acabaste robándome un trozo de queso. Del cuarto al decimoséptimo perdimos toda precisión porque nos dio la risa. El ciento y pico debió de llegar en el sofá. O quizá en la cocina. Hubo algunos lentos, otros robados, muchos torpes y uno especialmente largo que merecía contar por doce.

El sábado ya habíamos abandonado cualquier disciplina matemática.

Nos besamos al despertar, aún con la boca llena de sueño. En el ascensor. En mitad de una calle. Esperando que cambiara un semáforo. Después de discutir por una tontería que ninguno recordaba diez minutos más tarde.

—¿Cuántos llevamos? —pregunté.

—Los suficientes para que alguien empiece a tenernos envidia.

Así que decidimos hacer lo que aconsejaban los antiguos: embrollar la cuenta.

Mil, cien, dos mil, uno, quinientos, catorce, ninguno.

El domingo por la tarde llegó demasiado pronto.

Preparaste tu bolso. Yo recogí dos copas abandonadas desde la noche anterior. En la puerta nos quedamos mirándonos con esa expresión un poco estúpida que se nos pone cuando sabemos que algo se acaba aunque solo sea un fin de semana.

Entonces me besaste otra vez.

No fue el más largo.

Ni el más apasionado.

Ni siquiera sé qué número le correspondía.

Fue simplemente un beso que no pedía nada, no prometía nada y no pertenecía a nadie.

Por eso comprendí que Catulo se había equivocado en una sola cosa.

No necesitábamos miles.

Nos bastaba uno.

Grande y, sobre todo, libre.

«Millones siguen viviendo en la necesidad, a pesar de que nuestra capacidad de producir se ha multiplicado enormemente.» (Y desde que se pronunció la frase de Hans Jæger nacido el 2 de setiembre de 1854 hasta hoy, los números de la producción se han elevado a la enésima potencia, así que hacer la cuenta de cuántos millones siguen viviendo en la necesidad)

Y como hoy va de besos los vamos a sellar; para que no se nos escapen. Eso cantaba Brian Hyland en 1962... aunque la canción no es suya y es de 1960


No hi ha petons al setembre

Es van acomiadar al juny amb un petó llarg i una promesa curta:

—Al setembre.

Durant l’estiu, ell li va escriure cada dia. Cartes plenes de mar, desig i nits sense ella. Abans de tancar cada sobre, besava el paper.

Ella no en va respondre cap.

El primer de setembre, ell va esperar-la a l’estació amb l’última carta a la butxaca.

Va arribar el tren. Després un altre.

Ella, no.

Aquella nit va obrir la carta que mai havia enviat.

Només hi havia escrit:

«Si tornes, no cal que contestis.»

I va besar-la per última vegada.


martes, 1 de septiembre de 2026

 

LA REVOLUCIÓN

Versión libre de «La revolución», de Sławomir Mrożek


Mi primera revolución empezó un domingo por la tarde, después de la siesta. No hubo barricadas, proclamas ni canciones de protesta. Solo una habitación y yo.

La cama estaba junto a la pared, el armario enfrente y la mesa en medio. Llevaban tantos años en la misma posición que parecían funcionarios con plaza fija.

De repente, aquella distribución me pareció insoportable. No estaba mal, pero me aburría, que es una razón mucho más peligrosa. Así que decidí cambiarlo todo.

Puse la cama donde estaba el armario y el armario donde estaba la cama.

Durante unos días me sentí otro hombre. Entraba en la habitación y necesitaba unos segundos para saber dónde estaba. No era felicidad, pero entonces todavía confundía la novedad con la felicidad.

Luego regresó el aburrimiento.

Observé los muebles con desconfianza y llegué a la conclusión de que el problema era la mesa. Los seres humanos somos así: cuando algo no funciona, buscamos un culpable que no pueda defenderse.

La mesa ocupaba el centro de la habitación desde hacía años. Era el poder establecido. El régimen. La dictadura de las cuatro patas.

La arrastré hasta una esquina y coloqué la cama en medio.

El resultado fue inconformista.

Dormir en el centro de una habitación produce una extraña sensación de libertad. No tienes una pared a la que volver la cara ni un rincón donde esconder los ronquidos. Estás expuesto. Desprotegido. Libre.

Descubrí entonces que la libertad se parece bastante a una corriente de aire.

Durante unos días soporté aquella incomodidad con orgullo. Cada dolor de espalda era una prueba de mi rebeldía. Cada vez que me levantaba por la noche y me golpeaba con la mesa, me sentía un poco más comprometido con la causa.

Pero llegó ese momento terrible en que la novedad deja de ser novedad y solo queda el golpe en la espinilla.

Decidí dar un paso más.

Puse la cama de nuevo junto a la pared y trasladé el armario al centro.

Aquello ya no era inconformismo. Era vanguardia.

El armario dividía la habitación en dos territorios. Para llegar a la ventana tenía que rodearlo. Para abrir la puerta, meter la barriga. Para encontrar los calcetines, realizar una expedición.

No era un mueble. Era una instalación artística.

Pensé incluso en ponerle un título: La ropa interior ocupa el espacio público.

Durante un tiempo me sentí moderno, transgresor y ligeramente idiota. Después volví a acostumbrarme. El armario dejó de parecer una obra de arte y comenzó a parecer lo que era: un armario en medio, molestando.

Comprendí entonces que el problema no estaba en la cama, en la mesa ni en el armario. El problema eran los límites de la habitación.

Si dentro de cuatro paredes no era posible un cambio verdadero, había que traspasar las fronteras de lo razonable. Cuando el inconformismo fracasa y la vanguardia acaba convertida en decoración, solo queda la revolución.

Decidí dormir dentro del armario.

Aparté los abrigos, retiré unas cajas de zapatos y me introduje de pie. Cerré las puertas.

Mi revolución olía a naftalina.

Aquella noche no dormí. Tampoco la siguiente. Se me hincharon los pies, la espalda comenzó a enviarme comunicados de protesta y perdí la sensibilidad en el brazo derecho. Pero, por primera vez, el paso del tiempo no consiguió domesticar el cambio.

Al contrario.

Cada hora que pasaba dentro del armario era más consciente de mi revolución. Principalmente porque me dolía una parte nueva del cuerpo.

Había triunfado.

La costumbre, ese animal que termina durmiendo en cualquier parte, no podía conmigo. Yo continuaba incómodo, dolorido y despierto. Exactamente como el primer día.

El único inconveniente fue que mi capacidad revolucionaria resultó superior a mi resistencia física.

A la tercera noche salí del armario arrastrándome y me metí en la cama.

Dormí tres días seguidos.

Cuando desperté, coloqué el armario junto a la pared, la cama en su lugar de siempre y la mesa en medio. El antiguo régimen recuperó el poder sin necesidad de elecciones.

Desde entonces, cuando el aburrimiento vuelve a visitarme, abro el armario y miro su interior.

A veces me da un pequeño tirón en la espalda.

Y se me pasa.

«Cuando amas, tienes que partir.» (Blaise Cendrars nacido el 1 de setiembre de 1887. Su frase no se refiere a abandonar al ser amado -como ya ha supuesto mi erudito público- sino de rechazar su posesión y la inmovilidad)

Zendaya cumple hoy 30 años justos. La canción del vídeo, Replay, es de 2013, así que ya lleva años en esto... y en lo otro como actriz y bailarina.


BOTÓ DE REPETICIÓ

Ella sempre deia que no repetia amants.

—Les segones parts solen ser pitjors.

Però aquella nit ell va trucar.

No va preguntar res. Ella tampoc.

Van acabar al mateix llit, amb els mateixos errors, les mateixes presses i aquella manera seva de besar-li el coll que encara recordava massa bé.

Quan ell es va adormir, ella el va mirar una estona.

Després va somriure.

Potser tenia raó: les segones parts eren pitjors.

Per això va decidir donar-li al botó de repetició.