CUANDO TE DAS CUENTA DE QUE PARA PRODUCIR NECESITAS PERMISO DE QUIEN NO PRODUCE NADA
Hay frases que circulan como si fueran un meteorito: no importa tanto de dónde vienen, sino el cráter que dejan. Y una de ellas es la del título que, por cierto, suele compartirse como si fuera de 1920 y su autora Ayn Rand (filósofa judía y fugitiva de la revolución rusa que llegó a Estados Unidos a mediados de 1920) En realidad está impresa en el Atlas Shrugged (1957) apareciendo dentro del discurso “The Meaning of Money” (en boca del personaje Francisco d’Anconia). Y ese detalle no es pedantería: si maquillamos el origen, le damos munición a quien quiera desacreditar el fondo.
Ahora, el fondo… el fondo es una alarma. Y lo más incómodo de las alarmas es que no describen un monstruo concreto: describen un clima.
La frase enumera síntomas, no culpables. Habla de un mundo en el que la energía de la gente se desvía: en vez de ir a crear, resolver, vender, curar, enseñar, construir… se va a pedir permiso, a conseguir sellos, a caer bien, a tener padrino, a negociar favores como quien cambia cromos sucios bajo la mesa. Cuando eso se vuelve normal, el trabajo ya no compite contra el trabajo, sino contra la influencia. Y entonces la meritocracia, esa palabra tan manoseada, se convierte en un chiste con corbata.
Lo trágico es que ese deterioro no suele presentarse como “corrupción” con sirenas. Suele presentarse como una sucesión de pequeñas renuncias:
· “No lo hagas por escrito, ya me entiendes.”
· “Esto aquí siempre ha sido así.”
· “Mejor no te metas en líos.”
· “El expediente está incompleto, vuelve mañana.”
Son frases blandas que, repetidas, fabrican un país duro.
Un buen modelo mental: imagina la sociedad como un sistema circulatorio. El dinero, los contratos, las licencias, las oposiciones, los concursos, la justicia… son arterias. La corrupción no es “un robo”: es un coágulo. Al principio duele poco, porque el cuerpo compensa. Más tarde el cuerpo se acostumbra a vivir con menos oxígeno y lo llama “normalidad”. Hasta que un día el infarto parece inevitable y alguien lo resume con una palabra fatalista: “estamos condenados”.
Pero ojo con el fatalismo: también es un negocio. Hay quien vive de vender la idea de que todo está podrido porque así se justifica cualquier salvador, cualquier recorte, cualquier abuso “para arreglarlo”. Y aquí aparece un sesgo típico del meme: sugiere que el problema siempre es “el que regula” frente a “el que produce”. A veces sí. Pero otras veces el que captura la norma es una élite privada; y otras, ambos se abrazan como viejos amigos: empresa que compra trato, político que compra relato. La trampa no es “Estado vs mercado”: la trampa es impunidad + discrecionalidad + opacidad, con el logo del partido que toque.
También hay algo feo en el envoltorio de la imagen: subrayar que la autora era judía no añade nada a la idea, pero sí puede funcionar como guiño ideológico. Si una frase necesita señalar el origen étnico de quien la pronuncia para parecer más “verdadera”, mala señal: se está pidiendo fe, no pensamiento.
¿Entonces qué hacemos con la frase, más allá de compartirla?
Yo la leería como una pregunta, no como sentencia: ¿dónde estoy viendo yo que la honestidad se castiga y el favor se premia? Porque esa es la grieta por donde entra el “estamos condenados”.
Y la salida —si existe— no es épica, es administrativa (qué decepción, sí): reglas claras, menos espacios para el “ya veremos”, más transparencia, menos procedimientos diseñados para agotar al ciudadano, más control real del conflicto de intereses, y una justicia que no parezca un servicio premium. Nada sexy. Pero los países funcionan (o se rompen) por cosas poco sexys.
Al final, la frase no acusa a una ideología concreta: acusa a una costumbre. Y las costumbres, por desgracia, son lo único que puede condenarnos… o salvarnos, si un día nos da por tenerlas mejores.
«Bajo propiedad pública, los trabajadores no son dueños de su trabajo… pueden estar mejor pagados, pero siguen explotados.» (Y viene muy al pelo de la reflexión de hoy la frase de Anton Pannekoek nacido el 2 de enero de 1873 para ser astrónomo, revolucionario y teórico comunista neerlandés. Algún@ funcionari@ se debe sentir aludid@ seguro)
Y después de toda la perorata y la lucha de clases que tan seriamente se ha expuesto, viene el aguafiestas de Adriano Celentano (Calentano, para l@s amig@s) recordándonos que: "Chi non lavora non fa l´amore)
Vaga d’intimitat
A la cuina, l’olor de sopa i d’atur feien parella. En Quim arribà amb les mans netes, massa netes.
—Has fet vaga?
—He fet… filosofia.
Ella li assenyalà el rebut de la llum com qui apunta amb una pistola d’aigua.
—Avui, amor, ni petons.
Ell sortí a buscar feina amb la vergonya enganxada a la llengua. Tornà tard, amb greix sota les ungles i un somriure mal pentinat.
Ella l’abraçà.
—Veus? No era pel sou. Era per veure’t tornar a tenir cos.

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