viernes, 20 de marzo de 2026

 

LA ALTURA DEL DESEO


Ella entró en el bar con esa clase de presencia que no pide sitio: lo ocupa sin violencia. Alta, seca, elegante. El cuello largo, la espalda recta, los ojos lejos. Más de cincuenta años y ya sin ganas de parecer más joven, que es una esclavitud muy cutre. Llevaba un vestido oscuro, sencillo, y una forma de mirar que parecía venir de bastante más arriba que el resto.

Él la vio y sonrió con esa mezcla de hambre y educación que algunos hombres confunden con encanto.

—¿Te puedo invitar a una copa? —preguntó, acercándose con prudencia de cazador civilizado.

Ella lo miró un segundo. Luego otro. Como si antes de responder quisiera comprobar si valía la pena agachar un poco el mundo.

—Puedes —dijo—. Otra cosa es que debas.

Él soltó una risa breve, complacida. No entendió que aquello era una advertencia y no una coquetería.

Se sentaron junto a la ventana. Afuera, la ciudad hacía su ruido de cubiertos, motores y gente que vuelve sola a casa. Dentro, ella sostenía la copa con dos dedos y lo escuchaba inclinarse hacia ella, hablar de viajes, de libros, de una hija que vivía en Berlín, de su reciente entusiasmo por cocinar. Hablaba bien. Demasiado bien. Como esos hombres que han confundido la conversación con una entrevista de trabajo.

—Hablas mucho —dijo ella.

—Cuando me pongo nervioso, sí.

—Pues procura no ponerte tanto. Las palabras, cuando sobran, huelen.

Él volvió a reír. Esta vez menos seguro.

Ella tenía eso: una ternura rara, con filo. No humillaba. Podía haberlo hecho. Simplemente marcaba distancia. Miraba por encima de las cosas, como si llevara años viendo venir la decepción desde mucho antes de que se presentara. Ese era su don y su condena. Detectaba el peligro, sí; pero también sospechaba del milagro. Se acercaba con gracia y se retiraba con la misma. Como si una parte de ella quisiera beber y otra recordara siempre el barro.

—¿Siempre estás tan a la defensiva? —preguntó él.

Ella giró la cabeza despacio. El gesto fue hermoso y un poco triste.

—No. A veces estoy cansada. Que parece lo mismo, pero no lo es.

Él bajó la mirada. Por primera vez dejó de interpretarse a sí mismo.

—Perdona. No quería hacerme el interesante.

—Ya —dijo ella, suave—. Pero te estaba saliendo.

Entonces él calló. Y en ese silencio, por fin, pasó algo. Ella lo observó como observan algunos animales nobles cuando el ruido cesa y el mundo deja de presumir. Le vio la torpeza, la vanidad pequeña, las ganas sinceras de gustar, la soledad mal peinada. Y algo en todo aquello, tan poco heroico, le enterneció.

Le rozó la muñeca.

—Ahora mejor —murmuró.

Él alzó los ojos.

—¿Mejor yo o mejor el silencio?

Ella sonrió.

—No seas ambicioso.

La punta de sus dedos siguió allí un instante más. Tibios. Leves. Suficientes. Había seducción en aquella caricia, sí, pero no entrega. Ella no descendía del todo. Nunca del todo. Conservaba la altura, la vigilancia, esa forma suya de querer sin dejar de mirar alrededor. Como si la vida le hubiera enseñado que el deseo puede ser hermoso y ridículo a la vez, y que conviene no olvidar ninguna de las dos cosas.

—¿En qué piensas? —preguntó él.

—En que los hombres sois muy graciosos.

—Eso no parece buena señal.

—No lo es. Pero tampoco mala.

Y lo sostuvo con la mirada. Desde arriba, sí. Desde muy arriba. No por soberbia, sino por naturaleza. Como quien ha nacido para ver antes, más lejos, mejor… y también para tardar más en bajar la cabeza hasta el corazón de otro.

«La humanidad se enfrenta hoy a una amenaza sin precedentes de autoextinción, derivada de la acumulación masiva y competitiva de las armas más destructivas jamás producidas.» (Alfonso García Robles nacido el 20 de marzo de 1911 es el autor de la frase y no se aleja mucho de la realidad actual a pesar de que murió en 1991. Antes, en 1982, le concedieron el Nobel de la paz)

Etta James cantó la versión más icónica de "At last" (¡Por fín!) que popularizó una tal Glen Miller allá por 1942.


Quan el cos, per fi, es rendeix

Ella va entrar tard, amb aquella calma de qui ja ha plorat prou.
Ell es va aixecar, maldestre.

—Pensava que no vindries.
—Jo també.

Van riure poc, però amb veritat. A fora, la nit feia olor de pluja vella. A dins, les mans d’ell tremolaven com si també haguessin esperat una vida sencera.

Ella li va tocar la galta.

—Ara no corris.
—Ja no sé córrer.
—Millor. Jo tampoc.

I, per fi, ningú no va haver de fingir joventut per desitjar-se.

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