LA
ALTURA DEL DESEO
Ella entró en el bar con esa
clase de presencia que no pide sitio: lo ocupa sin violencia. Alta, seca,
elegante. El cuello largo, la espalda recta, los ojos lejos. Más de cincuenta
años y ya sin ganas de parecer más joven, que es una esclavitud muy cutre.
Llevaba un vestido oscuro, sencillo, y una forma de mirar que parecía venir de
bastante más arriba que el resto.
Él la vio y sonrió con esa
mezcla de hambre y educación que algunos hombres confunden con encanto.
—¿Te puedo invitar a una copa?
—preguntó, acercándose con prudencia de cazador civilizado.
Ella lo miró un segundo. Luego
otro. Como si antes de responder quisiera comprobar si valía la pena agachar un
poco el mundo.
—Puedes —dijo—. Otra cosa es
que debas.
Él soltó una risa breve,
complacida. No entendió que aquello era una advertencia y no una coquetería.
Se sentaron junto a la
ventana. Afuera, la ciudad hacía su ruido de cubiertos, motores y gente que
vuelve sola a casa. Dentro, ella sostenía la copa con dos dedos y lo escuchaba
inclinarse hacia ella, hablar de viajes, de libros, de una hija que vivía en
Berlín, de su reciente entusiasmo por cocinar. Hablaba bien. Demasiado bien.
Como esos hombres que han confundido la conversación con una entrevista de
trabajo.
—Hablas mucho —dijo ella.
—Cuando me pongo nervioso, sí.
—Pues procura no ponerte
tanto. Las palabras, cuando sobran, huelen.
Él volvió a reír. Esta vez
menos seguro.
Ella tenía eso: una ternura
rara, con filo. No humillaba. Podía haberlo hecho. Simplemente marcaba
distancia. Miraba por encima de las cosas, como si llevara años viendo venir la
decepción desde mucho antes de que se presentara. Ese era su don y su condena.
Detectaba el peligro, sí; pero también sospechaba del milagro. Se acercaba con
gracia y se retiraba con la misma. Como si una parte de ella quisiera beber y
otra recordara siempre el barro.
—¿Siempre estás tan a la
defensiva? —preguntó él.
Ella giró la cabeza despacio.
El gesto fue hermoso y un poco triste.
—No. A veces estoy cansada.
Que parece lo mismo, pero no lo es.
Él bajó la mirada. Por primera
vez dejó de interpretarse a sí mismo.
—Perdona. No quería hacerme el
interesante.
—Ya —dijo ella, suave—. Pero
te estaba saliendo.
Entonces él calló. Y en ese
silencio, por fin, pasó algo. Ella lo observó como observan algunos animales
nobles cuando el ruido cesa y el mundo deja de presumir. Le vio la torpeza, la
vanidad pequeña, las ganas sinceras de gustar, la soledad mal peinada. Y algo
en todo aquello, tan poco heroico, le enterneció.
Le rozó la muñeca.
—Ahora mejor —murmuró.
Él alzó los ojos.
—¿Mejor yo o mejor el
silencio?
Ella sonrió.
—No seas ambicioso.
La punta de sus dedos siguió
allí un instante más. Tibios. Leves. Suficientes. Había seducción en aquella
caricia, sí, pero no entrega. Ella no descendía del todo. Nunca del todo.
Conservaba la altura, la vigilancia, esa forma suya de querer sin dejar de
mirar alrededor. Como si la vida le hubiera enseñado que el deseo puede ser
hermoso y ridículo a la vez, y que conviene no olvidar ninguna de las dos
cosas.
—¿En qué piensas? —preguntó
él.
—En que los hombres sois muy
graciosos.
—Eso no parece buena señal.
—No lo es. Pero tampoco mala.
Y lo sostuvo con la mirada.
Desde arriba, sí. Desde muy arriba. No por soberbia, sino por naturaleza. Como
quien ha nacido para ver antes, más lejos, mejor… y también para tardar más en
bajar la cabeza hasta el corazón de otro.
«La humanidad se enfrenta hoy
a una amenaza sin precedentes de autoextinción, derivada de la acumulación
masiva y competitiva de las armas más destructivas jamás producidas.» (Alfonso
García Robles nacido el 20 de marzo de 1911 es el autor de la frase y no se
aleja mucho de la realidad actual a pesar de que murió en 1991. Antes, en 1982,
le concedieron el Nobel de la paz)
Etta James cantó la versión más icónica de "At last" (¡Por fín!) que popularizó una tal Glen Miller allá por 1942.

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