viernes, 13 de marzo de 2026

 

LA DIGNIDAD NO LLEVA PARAGUAS


La lluvia había decidido caer sin modales, como caen algunas desgracias: siempre sobre quien menos techo tiene. El barro se pegaba a la carretera con terquedad de sentencia, los charcos abrían la boca en mitad del camino y las casas, remendadas con chapa, madera, costumbre y necesidad, seguían en pie con una dignidad que ya querrían muchos despachos con aire acondicionado.


Un hombre cruzó la calle sin dramatismo, que es una forma muy seria de valentía. Un camión ocupaba media escena con su barriga de hierro. Unas niñas, con el rojo encendido sobre el gris del día, miraban desde la cuneta como quien aprende demasiado pronto que el mundo no reparte futuro: apenas deja pasar vehículos.


Más allá, junto al agua parda, unas mujeres alzaban cestos enormes, cestos donde cabía la compra, la ropa, la cosecha, el cansancio, quizá hasta la paciencia. 


En otra esquina colgaba la carne bajo una chapa oxidada y la vida seguía negociando con la muerte a precio de mercado. Ollas al fuego. Motos. Botellas apiladas. Un perro flaco. Un puesto abierto. Otro día más. La épica verdadera casi nunca lleva música; suele llevar barro en los tobillos.


Y entonces el camino siguió.

La ventanilla empezó a llenarse de árboles, de ramas húmedas, de verde lavado por la lluvia, de cercas blancas, de casas escondidas tras jardines, de cunetas más limpias, de una calma que parecía decir: aquí el mundo se peina un poco mejor. El paisaje corría al otro lado del cristal, borroso por la velocidad y por las gotas, como si la belleza también tuviera prisa por no dar explicaciones.

Pero yo ya venía de ver lo otro.

Y después de ver lo otro, ningún árbol es solo un árbol, ninguna casa es solo una casa, ninguna carretera es inocente. Todo queda partido por la misma pregunta indecente: por qué a unos la lluvia les moja el jardín y a otros les entra hasta la cocina.

Aun así, nadie allí parecía vencido.

Eso era lo incómodo. Lo admirable no era la pobreza, que solo conmueve de verdad a ratos y desde lejos. Lo admirable era la obstinación. La manera casi insolente de seguir vendiendo, cocinando, cruzando, cargando, mirando, esperando. De no dejar que la miseria les robe también la postura.

La dignidad, al final, no vive en los hoteles, ni en los discursos, ni en las estadísticas.

La dignidad cruza descalza el barro, levanta un cesto, abre un puesto de carne, mira pasar la lluvia tras una chapa torcida y sigue.

Aunque el mundo, por supuesto, mire hacia otro lado.

«Un león está hecho de los corderos que ha digerido.» (En el país donde nació el 13 de marzo de 1900 Yorgos Seferis, Grecia, no había ni hay leones; por eso sospecho que la frase es una alegoría. Por su literatura le dieron el Premio Nobel de lo mismo en 1963)

Hoy Adam Clayton bajista de U2, cumple 66 años y sigue sin encontrar aquello que buscaba. En cuanto nos diga qué es le ayudamos entre tod@s. 

El carrer que no respon

Va besar moltes portes com qui truca a Déu per error. Va dormir amb cossos càlids, amb excuses fredes, amb promeses que feien més soroll que companyia. Va canviar de ciutat, de camisa, de fe i fins i tot de manera de mentir-se. Però cada matí es trobava al mirall amb la mateixa cara de gos abandonat. No li faltava món. Li faltava una esquerda exacta on poder caure sense trencar-se. I va entendre, massa tard, que no buscava ningú. Buscava la versió d’ell mateix que no hagués fugit sempre un segon abans



No hay comentarios:

Publicar un comentario