LA
DIGNIDAD NO LLEVA PARAGUAS

La lluvia había decidido caer sin modales, como caen algunas desgracias: siempre sobre quien menos techo tiene. El barro se pegaba a la carretera con terquedad de sentencia, los charcos abrían la boca en mitad del camino y las casas, remendadas con chapa, madera, costumbre y necesidad, seguían en pie con una dignidad que ya querrían muchos despachos con aire acondicionado.
Más allá, junto al agua parda, unas mujeres alzaban cestos enormes, cestos donde cabía la compra, la ropa, la cosecha, el cansancio, quizá hasta la paciencia.
Y entonces el camino siguió.
La ventanilla empezó a
llenarse de árboles, de ramas húmedas, de verde lavado por la lluvia, de cercas
blancas, de casas escondidas tras jardines, de cunetas más limpias, de una
calma que parecía decir: aquí el mundo se peina un poco mejor. El paisaje corría
al otro lado del cristal, borroso por la velocidad y por las gotas, como si la
belleza también tuviera prisa por no dar explicaciones.
Pero yo ya venía de ver lo
otro.
Y después de ver lo otro,
ningún árbol es solo un árbol, ninguna casa es solo una casa, ninguna carretera
es inocente. Todo queda partido por la misma pregunta indecente: por qué a unos
la lluvia les moja el jardín y a otros les entra hasta la cocina.
Aun así, nadie allí parecía
vencido.
Eso era lo incómodo. Lo
admirable no era la pobreza, que solo conmueve de verdad a ratos y desde lejos.
Lo admirable era la obstinación. La manera casi insolente de seguir vendiendo,
cocinando, cruzando, cargando, mirando, esperando. De no dejar que la miseria
les robe también la postura.
La dignidad, al final, no vive
en los hoteles, ni en los discursos, ni en las estadísticas.
La dignidad cruza descalza el
barro, levanta un cesto, abre un puesto de carne, mira pasar la lluvia tras una
chapa torcida y sigue.
Aunque el mundo, por supuesto,
mire hacia otro lado.
«Un león está hecho de los
corderos que ha digerido.» (En el país donde nació el 13 de marzo de 1900 Yorgos
Seferis, Grecia, no había ni hay leones; por eso sospecho que la frase es una
alegoría. Por su literatura le dieron el Premio Nobel de lo mismo en 1963)
Hoy Adam Clayton bajista de U2, cumple 66 años y sigue sin encontrar aquello que buscaba. En cuanto nos diga qué es le ayudamos entre tod@s.
El carrer que no respon
Va besar moltes portes com qui
truca a Déu per error. Va dormir amb cossos càlids, amb excuses fredes, amb
promeses que feien més soroll que companyia. Va canviar de ciutat, de camisa,
de fe i fins i tot de manera de mentir-se. Però cada matí es trobava al mirall
amb la mateixa cara de gos abandonat. No li faltava món. Li faltava una
esquerda exacta on poder caure sense trencar-se. I va entendre, massa tard, que
no buscava ningú. Buscava la versió d’ell mateix que no hagués fugit sempre un
segon abans


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