A primera hora de la mañana, la sabana parece un pacto que nadie ha firmado y, sin embargo, todos respetan. Las cebras bajan con su traje de presas impecables. Los ñus avanzan con esa torpeza que, vista de lejos, parece humildad. Las gacelas tensan el aire con sus patas finas. Las jirafas vigilan desde su aristocracia de cuello largo. Incluso los leones, con toda su propaganda de rey, saben esperar. Matan para comer. Defienden un territorio. Enseñan los dientes. Pero no redactan discursos. No bendicen la sangre. No convierten el miedo en estrategia.
En la sabana no hay inocencia, claro. Hay hambre. Hay persecución. Hay muerte. Pero no hay ministerios del cinismo. No hay ruedas de prensa para llamar “daño colateral” al cachorro despedazado. No hay banderas tapando un cadáver pequeño. No hay analistas de salón explicando que una madre rota forma parte del equilibrio geopolítico.
Y entonces uno mira al mundo que se llama civilizado, ese parque temático de la razón, y descubre que Estados Unidos e Israel no logran convivir con iraníes y palestinos; que iraníes y palestinos tampoco conviven con quienes los bombardean o los ocupan; que unos y otros se miran con el ojo viejo del odio, ese animal sí verdaderamente perfecto, porque nunca duerme y siempre encuentra una excusa nueva para volver a morder. Mientras, la diplomacia bosteza, la moral se alquila por horas y la palabra “seguridad” sirve para justificar casi todo, que es una forma elegante de decir barbaridades con corbata. La violencia en la región sigue abierta y en estos días ha vuelto a escalar con fuerza.
A veces pienso que el problema no es que seamos animales.
Ojalá.
El animal mata cuando tiene hambre, huye cuando puede, descansa cuando termina. Nosotros no. Nosotros archivamos el rencor, lo educamos, lo armamos, lo financiamos y luego lo soltamos sobre niños, ciudades y fronteras como quien suelta perros en una finca ajena.
Quizá por eso, cuando veo a una gacela beber a pocos metros del lugar donde un león estuvo oliendo la tarde, no pienso en la ferocidad. Pienso en la vergüenza.
Y me hago la única pregunta decente que queda en pie:
si ellos, que no presumen de humanidad, todavía saben compartir el horizonte,
¿quiénes son de verdad los animales?







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