DIEZ
HORAS SIN ENCHUFE
La luz se fue a las doce y treinta y tres, justo cuando el
microondas prometía calentar unas lentejas que ya venían tristes de la nevera.
Primero pensé que era mi casa. Luego el edificio. Luego la
calle. Después miré por la ventana y vi los semáforos apagados, los comercios
con las persianas a media altura, una señora atrapada en el portal con una
bolsa de congelados derritiéndosele en la mano y un repartidor mirando el móvil
como quien reza ante un santo que ha perdido cobertura.
—Se ha ido la luz —dijo alguien en la escalera.
Gran diagnóstico. España, Portugal y medio sur de Francia
paralizados, y nosotros empezando por lo obvio, como siempre.
En diez minutos dejamos de ser ciudadanos digitales y
volvimos a ser vecinos. Bajamos por las escaleras con linternas, velas,
mecheros, baterías externas que ya no servían para presumir y esa cara antigua
de cuando uno necesita al otro sin haberlo previsto. En el cuarto piso, un
hombre joven confesó que no sabía abrir la puerta del garaje manualmente. En el
segundo, una niña preguntó si Internet también dormía. Su padre le dijo que sí,
que a veces descansaba. Mentir a los hijos sigue siendo una infraestructura
crítica.
Las tiendas no podían cobrar con tarjeta. Los bares
regalaban hielo antes de que muriera en los cubos. Los ascensores se habían
quedado quietos, como si hubieran entendido algo antes que nosotros. En la
farmacia hacían cuentas a mano. En una esquina, dos desconocidos dirigían el
tráfico con más dignidad que muchos ministros en rueda de prensa.
A media tarde, cuando los móviles empezaron a convertirse
en espejos negros, la gente levantó la cabeza. Fue raro. Casi indecente. Nos
vimos las caras sin pantalla de por medio. Había ojeras, miedo, sudor,
impaciencia. También algo parecido a la calma, pero no quiero exagerar, que
seguimos siendo humanos y a la tercera hora ya había quien hablaba de
conspiraciones con la autoridad científica de un cuñado con linterna.
Por la noche cenamos pan, queso y fruta. En la mesa puse
una vela. Mi mujer dijo:
—Hace años que no cenábamos así.
No supe si lo decía con nostalgia o reproche. A veces son
la misma cosa con distinta luz.
Cuando volvió la electricidad, todos aplaudimos un segundo,
como si regresara un familiar querido. Luego cada uno corrió a cargar el móvil.
Y entonces entendí que el apagón había durado diez horas.
La oscuridad, bastante más.
«La paz no se improvisa: se organiza.» (Eso creía Tobias Michael Carel Asser nacido el 28 de abril de 1838: hay que organizar la paz mediante instituciones, conferencias, tratados y arbitrajes. Por eso le dieron el Nobel del ramo en 1911. No obstante algo hemos hecho mal organizando la paz)
Robin Schulz es de los que populariza canciones de otr@s; en este caso es de la canción Wawes del rapero Mr. Probz. Menos mal que lo hizo porque no aparecería en esta sección. Felicidades por ello y por su 39 aniversario de hoy.
La sal que torna
Va deixar-la a la platja amb
una frase seca, d’aquelles que no sagnen fins l’endemà. Ella no va plorar. Va
mirar el mar, tan exagerat, tan professional fent drama, i va pensar que l’amor
s’assemblava massa a les onades: tornava sempre, sí, però cada vegada portava
menys promeses i més restes.
Anys després, ell li va
escriure.
“Encara penso en tu.”
Ella va somriure, va tastar la
sal dels llavis i va respondre:
“Jo també. Però ja no
m’ofego.”

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