EL
HOTEL Y EL ESTRECHO

En el tiempo en que el
presidente de la gran república occidental, hombre más inclinado al golpe
súbito que al cálculo duradero, mandó castigar a la nación persa del petróleo,
creyó que la superioridad de sus armas bastaría para abreviar la guerra y que la
rapidez del daño produciría obediencia. No pidió, según decían sus adversarios,
el asentimiento de quienes en su patria debían compartir una decisión tan
grave; tampoco procuró, como otros antes que él, el acuerdo firme de los
aliados, a muchos de los cuales había cansado con desprecios, amenazas y
mudanzas de ánimo. Le bastó su propia convicción, que en los gobernantes de esa
clase suele parecerse mucho al capricho.
Mas no acontece casi nunca que
la guerra se deje gobernar por quien la inicia. Porque esta, una vez soltada,
toma consejo del miedo, del interés y del azar, y devuelve al agresor no lo que
había previsto, sino aquello que la parte ofendida encuentra a mano para no
perecer sin precio.
Por eso, cuando todavía ardían
depósitos, radares y hangares, el mar comenzó a dictar su ley. El estrecho por
donde transitan los mercaderes del mundo, y que hasta entonces muchos habían
considerado un simple paso de agua entre montes secos, resultó ser una
garganta. Y el que aprieta una garganta no necesita vencer del todo; le basta
con recordar a los demás que puede cerrarla.
Sucedió entonces que, al
término de unas semanas de bombardeos, se anunció una suspensión de
hostilidades. Los mediadores habían dispuesto en Islamabad un gran hotel,
desalojando huéspedes y cerrando salones, como si el mármol, las lámparas y las
moquetas pudieran por sí solos producir acuerdo entre enemigos que seguían
hablándose con barcos, drones y amenazas. Se prepararon mesas largas, banderas
bien alineadas y jarras de agua que nadie bebería. Los hombres del país
mediador andaban de un lado a otro con ese afán que tienen los neutrales cuando
desean que la paz ajena les confirme su importancia.
Pero los unos no llegaron, y
los otros tampoco.
Sí acudieron, sin embargo,
algunos emisarios menores, autorizados no para pactar, sino para medir la
disposición del contrario. Y así, en una sala demasiado grande para la verdad y
demasiado lujosa para la prudencia, hablaron un consejero de la potencia marítima
y un negociador del país cercado. No hablaron ante el público, ni delante de
periodistas, sino en la intimidad que buscan los poderosos cuando desean decir
con claridad lo que en las plazas no puede decirse sin escándalo.
El consejero del Imperio tomó
la palabra y dijo:
—Nuestro presidente, movido
por clemencia y por deseo de concluir, prolonga la suspensión de los ataques.
Ningún avión despegará mientras vuestros jefes presenten una propuesta unida y
se mantenga la discusión. Veis, pues, que no buscamos vuestra ruina, sino
vuestra rectificación.
El otro respondió:
—No llamáis rectificación a lo
mismo que nosotros. Si mantenéis el bloqueo de nuestros puertos y pretendéis
que eso no es guerra, también podríais llamar lluvia al fuego y medicina al
hambre.
El consejero, sin irritarse,
contestó:
—Os conviene entender las
palabras según la fuerza que las sostiene. Nosotros podemos detener los
bombardeos y continuar el cerco. Vosotros no podéis exigirnos el levantamiento
del cerco y, al mismo tiempo, conservar intacta vuestra capacidad de daño. En
toda negociación se distingue entre la parte que concede tiempo y la parte que
lo aprovecha.
El persa dijo:
—También se distingue entre el
que posee muchas armas y el que ha encontrado el lugar preciso donde esas armas
no bastan. Vosotros domináis el cielo y habláis como amos del mar; pero hoy
mismo tres naves han sido alcanzadas en el estrecho, y el comercio del mundo
sigue temiendo más a una lancha pequeña que a vuestras declaraciones.
Al oír esto, el consejero miró
hacia la mesa, como quien no desea conceder demasiado a una verdad enunciada
por su enemigo, y dijo:
—Aun así, vuestra situación es
peor. Vuestras ciudades han sufrido, vuestro aparato militar ha sido reducido y
vuestra economía depende de una paz que no podéis imponer. Nosotros, en cambio,
podemos sostener la presión el tiempo necesario.
Entonces el persa, que no
ignoraba la diferencia entre el daño sufrido y la ventaja conseguida, respondió
de esta manera:
—Puede que hayáis destruido
mucho y conseguido poco. Porque no toda victoria consiste en arrasar; a veces
consiste en obligar al vencedor a mostrar que sus medios son grandes y sus
fines pequeños. Antes de la guerra, cerrar el estrecho nos exponía a castigos
que no deseábamos. Después de vuestro ataque, el castigo ya estaba consumado, y
lo que temíamos se volvió instrumento. Nos habéis enseñado con vuestros golpes
lo que podíamos haceros con nuestra necesidad.
Aquí calló un momento y
prosiguió:
—Además, quienes eran vuestros
amigos no se han apresurado a compartir esta empresa. Algunos os han negado
ayuda; otros os la han dado con la lentitud con que se sirve a quien inspira
más recelo que afecto. Creíais mandar sobre una coalición y ahora descubrís que
mandabais, sobre todo, sobre el recuerdo de lo que fuisteis.
El consejero, que no carecía
de inteligencia aunque servía a un señor inclinado a despreciarla, percibió que
aquella herida era verdadera. Porque ya se hablaba en los ministerios de sus
aliados con menos reverencia que antes, y se contaban los misiles gastados no
como trofeos, sino como deuda. Sin embargo, no quiso ceder nada y dijo:
—Los aliados vuelven siempre
al más fuerte. Y si algunos se alejan, lo hacen por cálculo, no por virtud.
Cuando comprendan que seguimos siendo necesarios, regresarán. Así ha ocurrido
otras veces.
El persa respondió:
—Puede ser. Pero también
ocurre que, cuando un poder obliga a sus amigos a elegir entre obedecerle y
salvarse de su imprudencia, aprende demasiado tarde que la necesidad no produce
lealtad, sino distancia. Y hay otra pérdida mayor que no medís en vuestras
tablas: habéis acostumbrado al mundo a oír de vuestra boca amenazas contra
pueblos enteros, palabras de exterminio y desprecio por las leyes que antes os
servían para reprender a otros. Quien se proclama guardián del orden y habla
como pirata, debilita su estandarte más deprisa que su flota.
El consejero sonrió apenas,
como hombre que oye una verdad desagradable en labios que detesta.
—No confundáis el lenguaje de
la guerra con la esencia del dominio —dijo—. Los hombres olvidan pronto las
palabras si el vencedor conserva el poder.
Mas el otro contestó:
—Y olvidan también pronto la
majestad, si ven que un imperio necesita incendiar un país para descubrir
después que no puede abrir un paso marítimo sin pedir ayuda a quienes ya no
confían en él.
Mientras hablaban así, en los
teléfonos de ambos entraban mensajes: en una costa se había disparado contra un
mercante; en otra capital subía el precio del petróleo; en otras, más lejanas,
hombres que no habían amado ni a uno ni a otro bando calculaban provechos. Los
chinos ofrecían mediación con la paciencia con que se ocupa una silla que otro
abandona. Los rusos esperaban. Europa protestaba a media voz, como hace quien
teme tanto la guerra como la verdad sobre su propia impotencia. Y en el hotel
vacío, donde se había fingido preparar la paz, no había en realidad más que un
espejo bien iluminado en el que cada cual veía lo que la guerra le había
quitado.
Al cabo, ninguno de los dos
quiso continuar, porque ambos habían dicho ya lo esencial. El americano salió
primero. El persa se quedó aún un momento mirando las banderas dispuestas en la
mesa, y luego dijo para sí que en las guerras modernas se destruyen instalaciones
con gran perfección, pero los errores siguen siendo antiguos.
Así terminó aquella
conversación, que no cambió nada y, sin embargo, mostró mucho. Porque quedó
manifiesto que el gobernante que había entrado en la guerra creyéndose árbitro
de los hechos había pasado a ser rehén de sus efectos; que el débil, sin dejar de
ser débil, había encontrado en la herida una forma de poder; que los amigos del
fuerte empezaban a parecer socios cansados; y que la autoridad moral, una vez
cambiada por la amenaza desnuda, no se recupera con un alto el fuego anunciado
en redes ni con un hotel vacío.
Y lo más notable fue esto: que
el Imperio no comprendió enseguida su pérdida, ya que había destruido mucho y
seguía siendo formidable a los ojos de todos. Pero los más atentos vieron que
su dominio había menguado precisamente en aquello que no podía bombardear.
Porque había logrado atemorizar, sí, pero ya no persuadir; había conseguido
castigar, pero no ordenar; y había probado, ante amigos, enemigos y neutrales,
que una gran potencia puede golpear a un país entero y, aun así, no ser capaz
de someter un estrecho.
«Las ideas nuevas disgustan a
las personas mayores; les gusta convencerse de que el mundo no ha hecho más que
perder, en vez de ganar, desde que dejaron de ser jóvenes» (Esta frase la
escribió Anne-Louise-Germaine Necker, baronesa de Staël-Holstein, más conocida
como Madame de Staël. Nació el 22 de abril dew1766 y vivió durante 51 años en
la que creó uno de los primeros salones literarios de París. Soy de los que
piensa que el mundo ha ganado es decir, soy joven todavía. Lo que no enumeraré
por falta de espacio, es en qué)
Daniel Johns cumple hoy 47 años y le dedica canciones muy bonitas a Anna. Bueno él y toda la banda Silverchair.
La gana amb nom de noia
A taula, l’Ana tallava
l’enciam en trossos tan petits que semblaven excuses. La mare hi posava oli; el
pare, silencis. Ella somreia amb aquella educació de qui ja ha decidit
desaparèixer sense fer soroll. A la nit, el pis cruixia com un cos que es nega.
Obria la nevera, mirava la llum, tancava la llum. No volia menjar: volia manar
sobre alguna cosa. Un matí, el vestit li va caure damunt com una rendició. I la
mare, per primer cop, no li va dir “que guapa”, sinó “queda’t”.
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