miércoles, 22 de abril de 2026

 

EL HOTEL Y EL ESTRECHO


En el tiempo en que el presidente de la gran república occidental, hombre más inclinado al golpe súbito que al cálculo duradero, mandó castigar a la nación persa del petróleo, creyó que la superioridad de sus armas bastaría para abreviar la guerra y que la rapidez del daño produciría obediencia. No pidió, según decían sus adversarios, el asentimiento de quienes en su patria debían compartir una decisión tan grave; tampoco procuró, como otros antes que él, el acuerdo firme de los aliados, a muchos de los cuales había cansado con desprecios, amenazas y mudanzas de ánimo. Le bastó su propia convicción, que en los gobernantes de esa clase suele parecerse mucho al capricho.

Mas no acontece casi nunca que la guerra se deje gobernar por quien la inicia. Porque esta, una vez soltada, toma consejo del miedo, del interés y del azar, y devuelve al agresor no lo que había previsto, sino aquello que la parte ofendida encuentra a mano para no perecer sin precio.

Por eso, cuando todavía ardían depósitos, radares y hangares, el mar comenzó a dictar su ley. El estrecho por donde transitan los mercaderes del mundo, y que hasta entonces muchos habían considerado un simple paso de agua entre montes secos, resultó ser una garganta. Y el que aprieta una garganta no necesita vencer del todo; le basta con recordar a los demás que puede cerrarla.

Sucedió entonces que, al término de unas semanas de bombardeos, se anunció una suspensión de hostilidades. Los mediadores habían dispuesto en Islamabad un gran hotel, desalojando huéspedes y cerrando salones, como si el mármol, las lámparas y las moquetas pudieran por sí solos producir acuerdo entre enemigos que seguían hablándose con barcos, drones y amenazas. Se prepararon mesas largas, banderas bien alineadas y jarras de agua que nadie bebería. Los hombres del país mediador andaban de un lado a otro con ese afán que tienen los neutrales cuando desean que la paz ajena les confirme su importancia.

Pero los unos no llegaron, y los otros tampoco.

Sí acudieron, sin embargo, algunos emisarios menores, autorizados no para pactar, sino para medir la disposición del contrario. Y así, en una sala demasiado grande para la verdad y demasiado lujosa para la prudencia, hablaron un consejero de la potencia marítima y un negociador del país cercado. No hablaron ante el público, ni delante de periodistas, sino en la intimidad que buscan los poderosos cuando desean decir con claridad lo que en las plazas no puede decirse sin escándalo.

El consejero del Imperio tomó la palabra y dijo:

—Nuestro presidente, movido por clemencia y por deseo de concluir, prolonga la suspensión de los ataques. Ningún avión despegará mientras vuestros jefes presenten una propuesta unida y se mantenga la discusión. Veis, pues, que no buscamos vuestra ruina, sino vuestra rectificación.

El otro respondió:

—No llamáis rectificación a lo mismo que nosotros. Si mantenéis el bloqueo de nuestros puertos y pretendéis que eso no es guerra, también podríais llamar lluvia al fuego y medicina al hambre.

El consejero, sin irritarse, contestó:

—Os conviene entender las palabras según la fuerza que las sostiene. Nosotros podemos detener los bombardeos y continuar el cerco. Vosotros no podéis exigirnos el levantamiento del cerco y, al mismo tiempo, conservar intacta vuestra capacidad de daño. En toda negociación se distingue entre la parte que concede tiempo y la parte que lo aprovecha.

El persa dijo:

—También se distingue entre el que posee muchas armas y el que ha encontrado el lugar preciso donde esas armas no bastan. Vosotros domináis el cielo y habláis como amos del mar; pero hoy mismo tres naves han sido alcanzadas en el estrecho, y el comercio del mundo sigue temiendo más a una lancha pequeña que a vuestras declaraciones.

Al oír esto, el consejero miró hacia la mesa, como quien no desea conceder demasiado a una verdad enunciada por su enemigo, y dijo:

—Aun así, vuestra situación es peor. Vuestras ciudades han sufrido, vuestro aparato militar ha sido reducido y vuestra economía depende de una paz que no podéis imponer. Nosotros, en cambio, podemos sostener la presión el tiempo necesario.

Entonces el persa, que no ignoraba la diferencia entre el daño sufrido y la ventaja conseguida, respondió de esta manera:

—Puede que hayáis destruido mucho y conseguido poco. Porque no toda victoria consiste en arrasar; a veces consiste en obligar al vencedor a mostrar que sus medios son grandes y sus fines pequeños. Antes de la guerra, cerrar el estrecho nos exponía a castigos que no deseábamos. Después de vuestro ataque, el castigo ya estaba consumado, y lo que temíamos se volvió instrumento. Nos habéis enseñado con vuestros golpes lo que podíamos haceros con nuestra necesidad.

Aquí calló un momento y prosiguió:

—Además, quienes eran vuestros amigos no se han apresurado a compartir esta empresa. Algunos os han negado ayuda; otros os la han dado con la lentitud con que se sirve a quien inspira más recelo que afecto. Creíais mandar sobre una coalición y ahora descubrís que mandabais, sobre todo, sobre el recuerdo de lo que fuisteis.

El consejero, que no carecía de inteligencia aunque servía a un señor inclinado a despreciarla, percibió que aquella herida era verdadera. Porque ya se hablaba en los ministerios de sus aliados con menos reverencia que antes, y se contaban los misiles gastados no como trofeos, sino como deuda. Sin embargo, no quiso ceder nada y dijo:

—Los aliados vuelven siempre al más fuerte. Y si algunos se alejan, lo hacen por cálculo, no por virtud. Cuando comprendan que seguimos siendo necesarios, regresarán. Así ha ocurrido otras veces.

El persa respondió:

—Puede ser. Pero también ocurre que, cuando un poder obliga a sus amigos a elegir entre obedecerle y salvarse de su imprudencia, aprende demasiado tarde que la necesidad no produce lealtad, sino distancia. Y hay otra pérdida mayor que no medís en vuestras tablas: habéis acostumbrado al mundo a oír de vuestra boca amenazas contra pueblos enteros, palabras de exterminio y desprecio por las leyes que antes os servían para reprender a otros. Quien se proclama guardián del orden y habla como pirata, debilita su estandarte más deprisa que su flota.

El consejero sonrió apenas, como hombre que oye una verdad desagradable en labios que detesta.

—No confundáis el lenguaje de la guerra con la esencia del dominio —dijo—. Los hombres olvidan pronto las palabras si el vencedor conserva el poder.

Mas el otro contestó:

—Y olvidan también pronto la majestad, si ven que un imperio necesita incendiar un país para descubrir después que no puede abrir un paso marítimo sin pedir ayuda a quienes ya no confían en él.

Mientras hablaban así, en los teléfonos de ambos entraban mensajes: en una costa se había disparado contra un mercante; en otra capital subía el precio del petróleo; en otras, más lejanas, hombres que no habían amado ni a uno ni a otro bando calculaban provechos. Los chinos ofrecían mediación con la paciencia con que se ocupa una silla que otro abandona. Los rusos esperaban. Europa protestaba a media voz, como hace quien teme tanto la guerra como la verdad sobre su propia impotencia. Y en el hotel vacío, donde se había fingido preparar la paz, no había en realidad más que un espejo bien iluminado en el que cada cual veía lo que la guerra le había quitado.

Al cabo, ninguno de los dos quiso continuar, porque ambos habían dicho ya lo esencial. El americano salió primero. El persa se quedó aún un momento mirando las banderas dispuestas en la mesa, y luego dijo para sí que en las guerras modernas se destruyen instalaciones con gran perfección, pero los errores siguen siendo antiguos.

Así terminó aquella conversación, que no cambió nada y, sin embargo, mostró mucho. Porque quedó manifiesto que el gobernante que había entrado en la guerra creyéndose árbitro de los hechos había pasado a ser rehén de sus efectos; que el débil, sin dejar de ser débil, había encontrado en la herida una forma de poder; que los amigos del fuerte empezaban a parecer socios cansados; y que la autoridad moral, una vez cambiada por la amenaza desnuda, no se recupera con un alto el fuego anunciado en redes ni con un hotel vacío.

Y lo más notable fue esto: que el Imperio no comprendió enseguida su pérdida, ya que había destruido mucho y seguía siendo formidable a los ojos de todos. Pero los más atentos vieron que su dominio había menguado precisamente en aquello que no podía bombardear. Porque había logrado atemorizar, sí, pero ya no persuadir; había conseguido castigar, pero no ordenar; y había probado, ante amigos, enemigos y neutrales, que una gran potencia puede golpear a un país entero y, aun así, no ser capaz de someter un estrecho.

«Las ideas nuevas disgustan a las personas mayores; les gusta convencerse de que el mundo no ha hecho más que perder, en vez de ganar, desde que dejaron de ser jóvenes» (Esta frase la escribió Anne-Louise-Germaine Necker, baronesa de Staël-Holstein, más conocida como Madame de Staël. Nació el 22 de abril dew1766 y vivió durante 51 años en la que creó uno de los primeros salones literarios de París. Soy de los que piensa que el mundo ha ganado es decir, soy joven todavía. Lo que no enumeraré por falta de espacio, es en qué)

Daniel Johns cumple hoy 47 años y le dedica canciones muy bonitas a Anna. Bueno él y toda la banda Silverchair.

La gana amb nom de noia

A taula, l’Ana tallava l’enciam en trossos tan petits que semblaven excuses. La mare hi posava oli; el pare, silencis. Ella somreia amb aquella educació de qui ja ha decidit desaparèixer sense fer soroll. A la nit, el pis cruixia com un cos que es nega. Obria la nevera, mirava la llum, tancava la llum. No volia menjar: volia manar sobre alguna cosa. Un matí, el vestit li va caure damunt com una rendició. I la mare, per primer cop, no li va dir “que guapa”, sinó “queda’t”.



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