LA
PIEZA MÁS CARA

Lo primero que dejó de
funcionar en la misión que iba a devolver la dignidad a la especie fue el
retrete.
No falló la navegación. No
explotó ningún panel. No se apagó la inteligencia artificial con voz de azafata
diplomada en sonrisas falsas. Falló el váter. Una palabra humilde, de porcelana
plebeya, infiltrada en una nave donde todo tenía nombres que parecían escritos
por un comité de marketing con complejo de Julio Verne: módulo de
habitabilidad, sistema de recuperación hídrica, interfaz de soporte vital. Ya
ves. El cuerpo humano seguía llamando a la puerta con los nudillos de siempre y
la NASA seguía contestando en latín presupuestario.
Yo era el encargado de
mantenimiento de residuos, aunque en los comunicados internos figuraba como
técnico de continuidad orgánica. Las empresas no ascienden a las personas:
ascienden el nombre del cargo, que sale más barato y no pide vacaciones. Si un
barrendero limpia Marte, no le llaman barrendero. Le llaman gestor de
superficies planetarias. Y así todos contentos, menos la escoba.
La avería empezó con un
crujido breve. Seco. Una especie de tos metálica. Después sonó la alarma
discreta, esa que no te dice “estamos jodidos”, sino “incidencia menor
detectada”, igual que un banco no te llama pobre: te llama perfil de riesgo.
Miré la pantalla.
SISTEMA SANITARIO: BLOQUEO
CRÍTICO.
A mi lado, Roldán, comandante
de la misión, siguió flotando con la solemnidad de los hombres que creen que el
universo les debe respeto porque han aprendido a mirar fijamente. Tenía esa voz
grave que gastan algunos jefes, una voz hecha para decir obviedades como si
acabaran de ser descubiertas en una cueva.
—¿Qué significa bloqueo
crítico? —preguntó.
—Significa que nadie se siente
hasta nuevo aviso —dije.
La bióloga soltó una carcajada
nerviosa. El ingeniero cerró los ojos. La inteligencia artificial intervino con
su dulzura asesina.
—Recomiendo reducir la ingesta
de sólidos durante las próximas horas.
—Qué mona —murmuré—. También
podría recomendarnos dejar de ser mamíferos.
En la Tierra, a cuatrocientos
mil kilómetros emocionales de distancia, se activó el protocolo. Los superiores
comenzaron a hablar mucho y a entender poco, que es una forma tradicional de
autoridad. Entraban sus voces por el canal principal, limpias, lejanas, felices
de no compartir nuestro aire.
—Mantengan la calma.
Eso dijo el director del
programa, un hombre que seguramente daba esa misma orden cuando se le derramaba
la sopa en la corbata.
—La mantenemos —contesté—. Lo
que no mantenemos es la presión interna.
Hubo un silencio pequeño.
Después alguien carraspeó. En los centros de control odian que les recuerden
que la épica también caga.
Yo desmonté el panel del
sistema sanitario mientras los demás fingían no mirar, como si el prestigio
científico pudiera preservarse apartando los ojos del lugar exacto donde la
civilización se demuestra. Encontré hielo en una válvula, residuos apelmazados
y una fisura mínima. Una grieta ridícula. Un fracaso del tamaño de una uña. Eso
era todo. A veces una misión de miles de millones no se hunde por una gran
traición ni por una tormenta cósmica, sino por una porquería terca y una junta
mal sellada. Lo mismo que un matrimonio, un partido político o una comunidad de
vecinos.
—¿Se puede arreglar? —preguntó
la bióloga.
—Claro que se puede —dije—. Lo
difícil será contarlo sin que parezca una metáfora.
Roldán se acercó flotando, muy
tieso, como si aún estuviera posando para la historia.
—Mide tus comentarios,
Llorente.
—No estoy comentando,
comandante. Estoy traduciendo.
No le gustó. A los hombres que
viven de la ceremonia les molesta mucho el subtítulo.
Mientras manipulaba la
válvula, pensé en los discursos previos al lanzamiento. En los patrocinadores.
En los periodistas hablando del regreso del sueño, de la frontera final, de la
ambición humana. Nadie mencionó el intestino. Nadie dijo: “también llevaremos
tripas, gases, urgencias, estreñimiento de cabina y esa vieja democracia del
cuerpo que pone a todos en su sitio”. La exploración espacial siempre se
presenta como si el ser humano fuese una estatua. Luego resulta que no: que es
una bolsa de agua con delirios, y que los delirios tienen vejiga.
El ingeniero, que hasta
entonces había permanecido callado, me pasó la herramienta de precisión.
—Mi padre era fontanero —dijo.
—Entonces eres de familia
noble.
Sonrió por primera vez en tres
días. A veces el humor no salva, pero afloja.
Conseguimos liberar el
conducto a medias. Lo justo para establecer turnos, restricciones y una
convivencia basada en la desesperación administrada. El centro de control
celebró la mejora como si hubiéramos colonizado Saturno.
—Buen trabajo, equipo —dijo
una voz desde Houston—. Están demostrando la resiliencia humana.
Miré la gota oscura que
flotaba frente a mí, indecisa, humilde, casi filosófica.
—No —dije—. Estamos
demostrando otra cosa.
—¿El qué? —preguntó la
bióloga.
Atornillé el panel despacio.
Afuera, el espacio seguía perfecto, insultantemente perfecto, como si no
tuviera nada que ver con nosotros.
—Que la pieza más cara de la
nave no era el retrete —respondí—. Era la mentira de creer que habíamos dejado
de parecernos a nosotros mismos.
Nadie dijo nada.
Y por primera vez desde el
despegue, la misión entera quedó suspendida en un silencio verdadero: no el de
las estrellas, sino el más raro, más incómodo, más humano.
El que llega cuando uno
comprende que ha viajado millones de kilómetros para descubrir, con
financiación pública y logos privados, que sigue sentado exactamente sobre lo
que es.
«Juram per nostre Senyor Deu e
la creu de Jesuchrist e los sancts Evangelis tenir e observar e fer tenir e
observar les Constitucions, privilegis, libertats, usos e costums del Principat
de Cathalunya.» (Este juramento del “cargo” hecho en catalán de la época, concretamente
el 16 de abril de 1519, lo hizo Carlos I de Espanya -y V de Alemania- ante “Les
Corts Generals de Catalunya” ¡Manda huevos!)
Que levanten la mano quiénes no hayan escuchado nunca la siguiente pieza de Henry Mancini. Ya veo: solo l@s manc@s no la levantan. Eso si, sonreír cuando la escuchan, sonríen tod@s.
La coartada del felí
Al barri, cada nit
desapareixia alguna cosa petita: un guant, una clau, una aliança, una excusa.
Ningú no veia res. Només se sentia, de lluny, una música prima, elegant,
insolent, com si el delicte portés esmòquing i somrís de perfil. La Roser va
jurar que havia vist una ombra rosa travessant l’escala. No la van creure fins
que van faltar els diners de la comunitat i, dins la caixa buida, algú hi va
deixar un bigoti negre. Des d’aleshores, quan sona aquella melodia, tothom es
toca la butxaca i dissimula.
No hay comentarios:
Publicar un comentario