jueves, 8 de enero de 2026

CANCELACIÓN

En el metro, el sonido siempre llega antes que la gente.

Llega el carraspeo del hombre que se cree solo, la risa afilada de una pareja que se besa como si mordiera, el vídeo de turno a todo volumen —ese animal doméstico que ahora vive en los bolsillos—, el acordeón del músico ambulante que toca la misma canción con la fe de quien paga alquiler.

Yo bajo la mirada y me pongo los auriculares.

No por la música. La música es la excusa elegante, como decir “voy a leer” cuando en realidad vas a esconderte. Yo me los pongo para comprar una puerta. Para cerrar, aunque sea con bisagras de plástico, un mundo que no me pidió permiso para entrar en mi cabeza.

A mi derecha, una chica lleva unos auriculares blancos de imitación, con el cable cansado y una esponja ya sin dignidad. Los suyos no cancelan nada: solo decoran. La veo apretar los labios cuando el del TikTok sube todavía más el volumen, como si fuera una guerra personal contra el silencio. Ella se los ajusta, los gira, insiste. La realidad no se mueve.

—¿No te funciona? —le digo, sin pensar, con esa falsa solidaridad que te sale cuando sabes que vas ganando.

Me mira un segundo. Ojos secos, de los que ya han discutido con demasiadas paredes.

—Funciona —contesta—. Pero esto no… —y abre la mano hacia el vagón: el traqueteo, las voces, la risa, el altavoz ajeno—. Esto no se puede apagar.

Asiento como quien entiende, pero lo que hago es otra cosa: subo un poco el nivel de cancelación. Y el metro se vuelve un vídeo mudo. Las bocas se mueven como peces, las discusiones se convierten en una coreografía sin subtítulos. La ciudad pierde dientes.

Me llega, por primera vez en el trayecto, mi propia respiración. Ese roce íntimo del aire al entrar y salir, como una caricia discreta que nadie te cobra.

Pienso en los pisos con paredes finas, en las obras eternas, en la basura que cae al vidrio de madrugada como un brindis sin invitados. Pienso en la gente que no se quita el ruido ni en casa. Pienso en mí, comprando un botón para desaparecer un rato.

La chica vuelve a mirar al frente, resignada.

Yo también.

Solo que yo, si quiero, cierro el mundo. Y por eso, de pronto, me da vergüenza escuchar tan bien mi silencio.

«Una de mis reglas en la vida es no fijarme nunca en lo que no entiendo.» (Un consejo de William Wilkie Collins novelista y prolijo cuentista nacido el 8 de enero de 1824 que conviene seguir siempre)

Paul Hester hubiese cumplido hoy  67 años, se quedó en 46 a pesar de que su grupo soñaba que no se había acabado, como su canción.

El mur que respira

Quan vas tancar la porta, el pany va fer un clic com un ós petit. A l’escala, la ràdio del veí va escopir un “hey now” i el carrer va olorar a pluja vella. Jo vaig baixar sense abric, amb el teu nom enganxat a la llengua. Els semàfors canviaven de color com si tinguessin pressa per oblidar-nos. Davant del riu, vaig veure el nostre mur: no era de pedra, era de pors. Hi vaig posar la mà. Estava calent. Encara respirava


 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario