
En la ciudad han puesto un medidor de éxito en la puerta del metro. Parece un tótem moderno: una pantalla, un pitido y una ranura donde metes la tarjeta como si tu vida fuera un billete de diez viajes.
—Procedencia —te pide, con una voz amable de máquina que nunca ha pagado un alquiler.
Tú dudas, como si tu barrio fuera un pecado o un título universitario. Escribes “arroyo” y la pantalla se ilumina con una alegría barata: ENHORABUENA. Te felicita porque cobras el salario mínimo, porque tienes contrato indefinido, porque no te han echado todavía. Te regala fuegos artificiales digitales y una música de ascensor que huele a triunfo… de los pequeños. Los que se celebran con pan, no con champán.
Detrás de ti, un tipo con zapatos limpios y mirada cansada —cansada de otra manera— pone “clase media-alta”. Tiene máster, idiomas, fotos en aeropuertos, un violín que nunca suena fuera de Instagram. La pantalla no le da música. Le escupe una frase seca, sin emojis: FRACASO. Dos mil y pico euros al mes y ni siquiera le alcanza para comprar el mismo silencio caro que compran sus padres. Se queda quieto, como si acabara de descubrir que la herencia también puede ser una deuda.
Arriba, en la calle, el verano muerde. El asfalto fuma como una lengua negra pegada al suelo. Hay gente extendiendo alquitrán con palas, con chalecos, con esa dignidad sudada que nunca sale en los discursos. El aire quema. La suela se pega. La ciudad se comporta como una sartén y ellos como el filete que nadie quiere ser, pero alguien tiene que hacerlo.
Los miras y entiendes el truco: el medidor de éxito no cuenta dinero. Cuenta desgaste. Cuenta rodillas. Cuenta pulmones. Cuenta cuántos veranos puedes aguantar antes de que tu cuerpo diga “ya”.
La máquina vuelve a hablar, con su dulzura de plástico:
—¿Desea imprimir su resultado?
Y tú, que llevas la vida en el bolsillo como una moneda gastada, piensas que quizá el éxito no es subir de clase. Quizá es llegar vivo a la jubilación. O, al menos, no morirte trabajando para que otros puedan decir que “el trabajo dignifica” desde una terraza con sombra.
«Los Estados Des-Unidos de la América del Sur empieza a divisar el humo del campamento de los Estados-Unidos.» (Esta frase de Francisco Bilbao que nació el 9 de enero de 1823 para ser pensador, ensayista y agitador político chileno, dibuja la situación que estamos viviendo 203 años después, con la diferencia que ahora lo que vemos es el humo de los misiles al estallar)
Parece mentira que un representante de la "música pastel" como Domenico Modugno, que hubiese cumplido hoy 98 años, fuese miembro del partido radical italiano. Por cierto para viento, el que hoy ruge en Barcelona.
Corrents d’aire
Quan vas marxar, vaig tancar la finestra com qui tanca un debat. A l’escala, el vent feia d’advocat del diable: apagava les ganes petites i m’encenia les grosses. Em vaig convèncer que t’oblidaria —molt professional, molt fred. Un any després, encara em crema el palmell on et vaig dir adéu. Avui truques: “Torno?”. I jo, que m’havia entrenat per guanyar, et responc la veritat més indecent: “Si tornes, perdem tots dos… però per fi respirarem”.
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