LOS OSOS QUE PAGABAN IMPUESTOS

El inspector llegó con una carpeta tan seria que parecía heredada.
—Buenos días. Inspección de Hacienda.
Mi madre, que a sus setenta y muchos ya no se asusta ni de los WhatsApp familiares, abrió la puerta con la bata de estar por casa y cara de “a ver qué circo traes”.
—¿Hacienda? ¿Aquí? —dijo—. Mire, si viene por el yerno, se ha equivocado de planta.
El hombre carraspeó como quien va a leer un poema de Machado, pero en vez de “caminante no hay camino” soltó:
—Venimos por una donación.
Mi padre apareció desde el pasillo con la dignidad de un general jubilado y un calcetín desparejado.
—¿Donación? ¿Qué hemos donado? ¿La paciencia? Porque esa sí, la regalamos todos los días.
El inspector no sonrió. Sacó un folio con un encabezado que parecía hecho para arruinar cumpleaños.
—Hemos tenido conocimiento de que el día de Reyes ustedes entregaron dos bienes muebles a título gratuito a dos menores.
—¿Bienes muebles? —mi madre se llevó la mano al pecho—. ¡Pero si eran osos!
—Precisamente. Osos de peluche.
Mi padre se acercó, sospechando la trampa.
—¿Y qué quiere? ¿Que les regalemos piedras? ¿O impuestos? Porque impuestos también podemos regalar, pero ya le digo que no caben en el papel de envolver.
El inspector abrió la carpeta como si fuera un altar.
—Aquí consta: dos osos de peluche. Tamaño grande. Con lazo rojo. Valor estimado…
—¡Valor estimado! —mi madre se adelantó—. ¿Qué es esto, la Bolsa de Madrid? ¿Cotizan los osos ahora?
—Según el mercado —prosiguió el inspector—, un oso de esas características…
Mi padre levantó una ceja.
—Mire, joven. Ese oso no tiene mercado. Tiene una oreja cosida por mí con un hilo que era de la guerra, y un ojo que se le cae cuando se emociona. Si eso es mercado, yo soy el Nasdaq.
Desde el salón, mis nietas asomaron la cabeza. Una abrazaba al oso como si fuera un secreto. La otra le hablaba al suyo con esa seriedad que solo tienen los niños cuando creen que el mundo todavía funciona.
—Abuelo, ¿quién es ese señor?
Mi padre, sin mirar al inspector, respondió:
—Un cazador. Pero tranquilo, que viene a por peluches, no a por personas. Por ahora.
El inspector se inclinó un milímetro hacia las niñas, en modo diplomático.
—Hola. ¿Me pueden decir si recibieron esos osos sin contraprestación?
Las niñas se miraron. Una entendió “contraprestación” como quien oye “dragón”.
—Yo le di un beso al abuelo —dijo la más pequeña.
—Y yo le di dos —añadió la otra, competitiva.
Mi padre se giró hacia el inspector, triunfal.
—¿Lo ve? Hubo contraprestación. Besos. Dos y uno. Y un dibujo de un unicornio que, si lo tasamos, igual me sale a devolver.
El inspector no se inmutó.
—Los besos no computan como contraprestación en términos tributarios.
—Pues lo siento —dijo mi madre—. En esta casa los besos valen más que el euríbor. Y además son en especie. Si quiere, se los declaro en el modelo que corresponda: “afecto no dinerario”.
El inspector respiró hondo, como quien intenta no gritar en una biblioteca.
—La normativa establece que las donaciones deben tributar.
Mi padre se sentó en una silla y, con calma teatral, se frotó las manos.
—Perfecto. Tributemos. Pero primero, necesito que me aclare una cosa: ¿el oso tributa por ser oso o por ser peluche?
—Por ser un bien.
—Ah. Entonces mi suegra también tributa.
Mi madre le clavó una mirada que habría aprobado la Agencia Tributaria.
—No empieces.
El inspector pasó página.
—Procederemos a liquidar. Necesito el valor exacto de los osos.
Mi padre se levantó y fue hacia el salón. Volvió con los osos en brazos, uno bajo cada brazo, como si fueran gemelos adormilados.
—Aquí los tiene. Valórelos usted.
El inspector los miró con desconfianza. Uno tenía un parche en la barriga. El otro olía a colonia infantil y chocolate.
—¿Estos son?
—Estos son —dijo mi padre—. Cuidado: el marrón muerde si le hablas de impuestos.
El inspector tragó saliva.
—Necesito facturas.
Mi madre soltó una carcajada que sonó a campana de iglesia.
—¿Factura? Los compramos en una tienda de esas que te venden ternura por kilos. ¿Quiere también el ticket del orgullo de abuelo? Porque ese lo perdí en 1993.
El inspector, ya con un tic en el ojo, intentó mantener la compostura.
—Sin factura, estimaremos el valor.
Mi padre asintió con una gravedad impecable.
—Estime. Pero estime bien. Ese oso ha escuchado tres broncas familiares, dos divorcios ajenos, un “abuelo, me han roto el corazón” y una confesión de que la niña cree que Dios vive en un armario. ¿Cuánto vale eso?
El inspector cerró la carpeta con un golpe seco, como un juez cansado.
—No me hagan perder el tiempo.
Mi madre se apoyó en el marco de la puerta, dulce como una abogada en modo final.
—Mire, señor inspector. Usted no está perdiendo el tiempo. Está ganando una historia ridícula para contar en la cena de Navidad. Y nosotros, si quiere, le regalamos un oso. Para que cuando vuelva a su oficina y le pidan resultados, lo abrace fuerte y recuerde que hay cosas que no deberían pasar por caja.
El inspector dudó. Por primera vez, se le movió una esquina de la boca. Casi una sonrisa, pero no quería declararla.
—No puedo aceptar regalos.
Mi padre le tendió el oso con parche.
—No es un regalo. Es una inversión emocional. Rentabilidad alta. Riesgo cero. Y además, si lo abraza, igual se le cae el alma encima y aprende algo.
El inspector miró al oso, miró a las niñas, miró la carpeta, y durante un segundo pareció humano.
—Lo dejaré en… advertencia.
—Perfecto —dijo mi madre—. Nosotros dejaremos el cariño en “régimen general”, y la ternura en “exenta por sentido común”.
Cuando el inspector se fue, mi padre cerró la puerta despacio y se quedó mirando a los osos, todavía en brazos.
—¿Sabes lo peor? —dijo.
—¿Qué? —preguntó mi madre.
—Que como un día inventen el impuesto sobre abrazos, nos arruinamos.
Mi nieta, sin entender nada, abrazó al oso con fuerza y declaró:
—Pues yo no pago.
Y el oso, que era un contribuyente ejemplar, se quedó muy quieto, como quien sabe que en este país lo único realmente gratis es la absurda capacidad de complicarlo todo.
«Solo hay una máxima absoluta: que no hay nada absoluto.» (Esta frase que pudiera parecer de otro es de Auguste Comte nacido el 19 de enero de 1798 y, como la frase del otro que se le parece, también era francés y filósofo)
Dolly Parton, la del pelo oxigenado, cumple hoy 80 años. No me extraña si sólo trabaja de 9 a.m. a 5 p.m. ... con una hora para comer y otra media para el bocadillo.
Fitxar el cor
L’ascensor fa olor de colònia cansada i de cafè reescalfat. Fitxo: el lector pita com un ocell ofès. A l’oficina, la llum blanca em passa el drap per dins, com si fos un aparador. Somric al cap —somriure de nòmina— mentre em roba minuts amb veu dolça. A mig matí, la fotocopiadora escup el meu nom en negre: sóc una còpia amb cor. Quan torno a fitxar per sortir, noto el dit tacat de tinta: avui també he treballat per a l’empresa… i per a la meva fugida.
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