PARCHE

El tanatorio olía a colonia barata y a floristería con complejo de culpa. Ese olor no lo quita ni el prestigio. Ni el dinero. Ni el “era un hombre muy querido” que se repite como si fuese una contraseña para entrar en el cielo.
Yo estaba allí por pura logística emocional: un compañero de trabajo, de esos que te saludan cada lunes con la sonrisa exacta para no comprometerse a nada. Se había muerto de golpe, como se mueren las noticias que no te interesan: con prisa y sin pedirte permiso.
En la sala, el muerto descansaba dentro de un mueble caro. Parecía una exposición de diseño nórdico: madera limpia, luz suave, silencio de hotel. A su lado, la foto elegida por la familia. Una foto en la que no parecía él, sino la versión de él que uno imagina cuando aún no le han tocado el cansancio, la hipoteca, la mala leche y la idea de que todo esto termina en un cajón común.
Me acerqué a firmar el libro de condolencias. El bolígrafo estaba atado con una cuerda ridícula, como si el único robo posible en un tanatorio fuera un Bic.
Y entonces me vino la frase, seca, sin poesía: todos somos nadie, una vez muertos.
Pensé en su coche, en su casa, en sus trajes bien planchados. En el esfuerzo diario por ser alguien. En el teatro que montamos para que nos miren un segundo más. ¿Para qué sirve, si al final el destino más honesto es el osario? Un lugar donde nadie pregunta tu cargo, ni tus bienes, ni el número de ceros en tu cuenta. Un lugar donde te conviertes en material: hueso, polvo, etiqueta.
Un hombre mayor —muy mayor, o quizá sólo cansado— estaba sentado al fondo, con las manos cruzadas. No lloraba. Miraba fijo un punto de la pared con esa concentración de quien está repasando una vida como si fuese un contrato mal redactado.
—Al final —dijo, sin mirarme—, acabamos todos igual.
No era una frase para impresionar a nadie. Lo dijo como se dice “mañana llueve”.
—Igual… —respondí—. Excepto los Cervantes.
El hombre sonrió con una mueca, sin alegría.
—Cervantes también acabó igual. Lo único es que a él lo siguen nombrando.
Tenía razón. Y esa razón dolía, porque es la clase de razón que no admite réplica. La fama no te salva del osario. Sólo te concede el privilegio absurdo de que te conviertan en tema de conversación. Un fantasma educado: te invocan en colegios, en discursos, en sobremesas de gente que no te ha leído.
“Uno entre millones”, pensé. Uno. Y millones que pasan sin dejar ni una sombra reconocible.
Salí al pasillo. El aire allí era más frío, más real. En una esquina había una máquina de café que parecía una broma cruel: “¿Le apetece un capuchino?” Sí, claro. Para acompañar el trámite de despedir a alguien.
Me apoyé en la pared y miré el móvil. Notificaciones, mensajes, un audio de mi hermana que no escuché. La vida empujando por la puerta como si aquí dentro no pasara nada.
Y ahí, sin querer, apareció la otra idea: somos parches temporales.
No lo pensé como metáfora bonita, sino como diagnóstico. Un parche tapa. Aguanta. A veces te salva del ridículo. Pero no está hecho para durar. Lo pones para seguir. Para caminar. Para no sangrar en público.
Y sin embargo, mientras yo me decía eso, algo en mi pecho hizo un pequeño gesto de resistencia. Porque hay parches que uno acaba confundiendo con piel. Hay decisiones que te acompañan tanto tiempo que dejan de ser arreglo y se convierten en forma.
Volví a entrar en la sala. La gente seguía hablando bajo, en ese tono de museo. Me acerqué a la hija del compañero muerto. Tendría treinta y pico. La mirada de alguien que todavía no sabe cómo se vive después de la primera bofetada seria.
—Gracias por venir —me dijo.
—Lo siento —dije yo, que es lo que se dice cuando no se sabe decir nada.
Ella apretó los labios. Y entonces soltó una frase que no era para mí, pero me la lancé encima igual.
—Mi padre tenía planes. Iba a jubilarse, viajar… —tragó saliva—. Todo eso. Ya sabes.
Sí. Ya sé. “Todo eso” es el nombre informal de la ilusión.
Salí del tanatorio con una sensación extraña, como si me hubieran quitado algo del bolsillo sin darme cuenta. En la calle, Barcelona seguía a lo suyo: motos, prisas, gente con bolsas, una pareja discutiendo por nada. El mundo tiene un talento inmenso para ignorar la muerte sin ponerse colorado.
Caminé hasta casa. Subí las escaleras sin ascensor, como siempre, y llegué con ese cansancio que no viene del cuerpo, sino del pensamiento.
En la cocina estaba ella. Mi pareja. La que lleva conmigo años y a ratos me salva y a ratos me pone frente al espejo sin piedad. Me miró con esa mezcla de ternura y cansancio que sólo se permite quien te conoce de verdad.
—¿Cómo ha ido?
—Como van estas cosas —dije—. Mucha flor, mucha frase, poco sentido.
Ella dejó el vaso en la encimera.
—¿Y tú? ¿Estás bien?
Me quedé callado. No porque no supiera responder, sino porque la pregunta era más grande de lo que parecía. “¿Estás bien?” también significa: ¿sigues creyendo en algo? ¿sigues teniendo ganas? ¿sigues aguantando el parche?
—Estoy… pensando —dije, y sonó a excusa.
Ella se acercó y me tocó el hombro. Un gesto simple. Una mano real. Eso que no sale en los libros de condolencias.
—No me vengas con filosofías —me dijo—. Dime qué te pasa.
Ahí estaba el “parche más permanente” que yo no quería nombrar. No era un parche: era una cicatriz. La certeza de que todo lo que construyes se cae. La certeza de que algún día nos meterán a todos en la misma caja de silencio. La certeza de que incluso el amor, si nadie lo recuerda, se convierte en nada.
Pero también estaba lo otro: que mientras estamos aquí, somos lo que dejamos en el cuerpo del otro. Una mano en el hombro. Una frase que te sostiene. Un “ven” cuando te estás yendo.
Me senté en la silla y la miré.
—Me pasa que no entiendo por qué nos esforzamos tanto por ser alguien… si al final…
—Si al final somos nadie —terminó ella, sin dramatismo.
Asentí.
—¿Y entonces? —preguntó.
Ahí estaba la decisión. El choque. El momento.
Podía resistirme, como si negar la muerte fuese una forma de ganar. Podía hacerme el duro, el cínico, el que ya lo sabe todo. Podía convertir la vida en un chiste largo para no sentir el golpe.
O podía aceptar que la muerte no es una idea, sino una fecha en blanco esperando su sello. Y que, mientras no llega, lo único razonable es tratar de vivir sin mentirse demasiado.
—Entonces… —dije—, supongo que lo único que nos salva un poco es lo que hacemos aquí, contigo, con los demás. Lo que dejas en la memoria mientras alguien respira.
Ella se quedó quieta.
—¿Y qué vas a hacer con eso?
La pregunta me dolió porque no era filosófica. Era práctica. Era de las que exigen actos.
Miré la ventana. Afuera, la ciudad seguía latiendo. Como si nada. Como siempre.
—No lo sé —dije—. Pero hoy no quiero pelearme con la cicatriz. Hoy quiero… convivir con ella.
Ella sonrió, apenas. Me besó en la frente. Y en ese beso, tan cotidiano, entendí algo que no me hizo feliz, pero sí más lúcido: que quizá no se trata de durar, sino de no pasar de puntillas.
Después, mientras recogíamos la cocina, me vino una idea absurda: tal vez Cervantes no sabía que iba a ser Cervantes. Tal vez sólo escribió para tapar su propia herida, su propio agujero, su propio miedo a ser nadie.
Y yo, que no soy Cervantes ni falta que me hace, pensé que igual la vida es esto: un parche bien puesto… hasta que se caiga.
La diferencia está en si lo llevas con vergüenza, o con dignidad.
O con amor.
O con esa ironía íntima que te permite seguir respirando sin pedir perdón.
«He deseado hacer el bien, pero no he deseado hacer ruido; porque he sentido que el ruido no hace bien, y que el bien no hace ruido.» (Louis Claude de Saint-Martin nacido el 18 de enero de 1743 algún lloro seguro que tuvo al nacer es decir, que ruido, hizo)
A los 57 años que cumple hoy Oscar Quijano debería dejar el café... y otros estimulantes. Hay que empezar a cuidarse y seguir cantándole a la Lola.
Manta freda
Al bar del carrer Major, la Lola riu com si li haguessin esborrat la tristesa amb llima.
Perfuma l’aire de tabac dolç i promeses barates. A la mà porta un manto de freda dama; a sota, cicatrius que brillen quan la música es trenca.
Els homes l’aplaudeixen, però no l’escolten: volen la seva pell, no la seva història. Jo li pago un got d’aigua i ella em mira com si fos un mirall que no menteix. «No em salvaràs», diu. I, per primer cop, li crec.
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