jueves, 19 de marzo de 2026

 

CUANTO MÁS OS CONOZCO



Cuanto más conozco a los hombres y a las mujeres, más me gustan los animales. No porque sean mejores en un sentido moral, que eso también es una vanidad muy humana, sino porque no esconden lo que son debajo de una frase bonita. Un animal no te promete abrigo para dejarte luego a la intemperie. No te mira con hambre y lo llama amor. No te ofrece casa mientras va cerrando puertas por dentro.


Ellos viven en la verdad desnuda del cuerpo. Si temen, retroceden. Si aman, se arriman. Si sufren, gimen o callan, pero no convierten el daño en discurso ni la traición en costumbre. Nosotros, en cambio, hemos aprendido a decorar la crueldad. Le ponemos educación, explicaciones, palabras suaves, esa cobardía elegante que consiste en herir sin alzar la voz.


A veces pienso que la tristeza de algunas personas no nace de lo que les hicieron, sino de lo que tardaron en entender. Ese instante miserable en que descubres que aquella ternura era cálculo, que aquella espera no era amor sino comodidad, que aquella mano que parecía salvarte solo estaba comprobando cuánto tardabas en hundirte. Y entonces uno recuerda a un perro apoyando la cabeza en una rodilla con una fe silenciosa, a un caballo nervioso antes de la tormenta, a un pájaro pequeño defendiendo su nido con un coraje que no presume, y siente vergüenza de nuestra especie, tan llena de palabras y tan vacía a la hora decisiva.


Los animales no saben fingir. Por eso descansan. Por eso consuelan. Por eso, incluso cuando muerden, hay en su violencia una sinceridad que casi conmueve.

Lo terrible no es que existan bestias.

Lo terrible es que muchas aprendieron a hablar, a vestirse bien y a decir “te quiero” sin sentir el menor temblor.






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