sábado, 14 de marzo de 2026

HAKUNA MATATA


Llegué pensando que hakuna matata quería decir algo parecido a “no pasa nada”, esa frase que los turistas usamos para tranquilizarnos cuando no entendemos nada y queremos disimularlo con una sonrisa. Luego vi que no. Que allí no era una consigna para camisetas, ni una coartada para la pereza, ni el estribillo domesticado de una película. Era otra cosa. Más seria. Más limpia.

Bajo la roca, junto al fuego, los hombres no parecían tener prisa por demostrar nada. Uno removía las brasas como quien conversa con un viejo. Otro sostenía las flechas con la misma naturalidad con la que aquí sostenemos el móvil, ese arco miserable con el que nos disparamos noticias, facturas y miedo. Los niños corrían por la tierra con un palo en la mano y el mundo entero por delante. Las mujeres, los cuerpos pequeños, la sombra de los árboles, el agua robada al tronco, la miel compartida en una palma abierta: todo ocurría con una lógica antigua que no necesitaba explicaciones ni folletos.

Yo, en cambio, llevaba encima todo lo demás: reloj, cámara, mochila, costumbre, ese cansancio elegante del hombre civilizado que cree poseer muchas cosas y al final solo transporta preocupaciones como quien arrastra latas atadas al alma.

Allí entendí que hakuna matata no significa que no exista el hambre, ni la intemperie, ni el dolor, ni la muerte. Sería una estupidez pensarlo. Significa, quizá, algo más difícil: que incluso sabiéndolo, incluso teniéndolo cerca, todavía se puede bailar; todavía se puede reír con la boca llena de polvo; todavía se puede compartir la miel antes que el miedo.

Los vi y pensé que tal vez los salvajes somos nosotros, tan expertos en complicarlo todo, en poner precio a la calma, en encerrar la alegría detrás de una agenda.

Ellos tenían poco.

Nosotros tenemos demasiado.

Y, sin embargo, la libertad estaba allí, descalza, mirándonos sin envidia. 











Y recordar: no es más feliz quién más tiene sino el que menos necesita.













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