HAKUNA
MATATA
Llegué pensando que hakuna
matata quería decir algo parecido a “no pasa nada”, esa frase que los
turistas usamos para tranquilizarnos cuando no entendemos nada y queremos
disimularlo con una sonrisa. Luego vi que no. Que allí no era una consigna para
camisetas, ni una coartada para la pereza, ni el estribillo domesticado de una
película. Era otra cosa. Más seria. Más limpia.
Bajo la roca, junto al fuego,
los hombres no parecían tener prisa por demostrar nada. Uno removía las brasas
como quien conversa con un viejo. Otro sostenía las flechas con la misma
naturalidad con la que aquí sostenemos el móvil, ese arco miserable con el que
nos disparamos noticias, facturas y miedo. Los niños corrían por la tierra con
un palo en la mano y el mundo entero por delante. Las mujeres, los cuerpos
pequeños, la sombra de los árboles, el agua robada al tronco, la miel
compartida en una palma abierta: todo ocurría con una lógica antigua que no
necesitaba explicaciones ni folletos.
Yo, en cambio, llevaba encima
todo lo demás: reloj, cámara, mochila, costumbre, ese cansancio elegante del
hombre civilizado que cree poseer muchas cosas y al final solo transporta
preocupaciones como quien arrastra latas atadas al alma.
Allí entendí que hakuna
matata no significa que no exista el hambre, ni la intemperie, ni el dolor,
ni la muerte. Sería una estupidez pensarlo. Significa, quizá, algo más difícil:
que incluso sabiéndolo, incluso teniéndolo cerca, todavía se puede bailar;
todavía se puede reír con la boca llena de polvo; todavía se puede compartir la
miel antes que el miedo.
Los vi y pensé que tal vez los
salvajes somos nosotros, tan expertos en complicarlo todo, en poner precio a la
calma, en encerrar la alegría detrás de una agenda.
Ellos tenían poco.
Nosotros tenemos demasiado.
Y, sin embargo, la libertad estaba allí, descalza, mirándonos sin envidia.








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