LA
GENTE BRÚJULA
La gente suele presentarse
como brújula, pero funciona como veleta: hoy te marca norte con la solemnidad
de quien jura lealtad, y mañana gira al sur con la naturalidad de quien cambia
de canción. Sin explicación. Sin aviso. Sin que tú hayas tocado nada. Un golpe
de timón y ya está: una de cal, otra de arena, y tú con la boca llena de polvo
intentando entender en qué minuto exacto dejaste de merecer el mismo trato.
Por eso hay una prudencia que
no sale en las películas: no poner tu vida —tu calma, tus planes, tu futuro— en
manos de alguien capaz de soltarte cuando más pesas. Porque hay personas que no
abandonan cuando todo va bien (eso lo hace cualquiera), abandonan cuando te ven
vulnerable, cuando ya no eres aplauso sino responsabilidad. Y ahí es donde se
sabe si había amor o solo había costumbre; si había compromiso o solo
conveniencia con buena educación.
Lo temible no es que cambien
de opinión: lo temible es que te construyan una dependencia. Una telaraña fina,
casi elegante, hecha de mensajes tibios, promesas a medias, gestos que parecen
cuidado y son control. Te van envolviendo sin ruido, y cuando por fin te das
cuenta, no estás enamorado: estás atrapado. Y cuesta salir porque la trampa no
está en el otro, está en tu propia necesidad de creer.
Al final la falta de amor no
siempre llega con gritos. A veces llega con eficiencia: te usan, te exprimen,
te sostienen lo justo para que sigas sirviendo y, cuando ya no les vales, te
desechan como un objeto que estorba. Sin moral, sin culpa, con la coartada
moderna de que “cada uno mira por sí mismo”. Un mundo donde todo vale… hasta
que te toca a ti.
«Ideas suelen durar un día;
los sentimientos y los sueños, casi para siempre.» (Gabrielle Roy nacida el 22
de marzo de 1909 para ser novelista y retratar la vida cotidiana de la gente humilde,
aunque ella no lo fuese. Es verdad que las ideas duran muy poco y es de esperar
que siempre, siempre tengamos sueños y sentimientos)
¡Como pasa el tiempo! hoy hace 63 años que The Beatles lanzaron su primer éxito: ¡Please me, please mi!
La fam de dir-ho
Va entrar al bar amb aquella
cara de no haver estat estimada bé en tota la setmana. Jo li vaig oferir foc,
tot i que no fumava. Ella va riure, que ja era una manera bastant indecent
d’acostar-se. Vam parlar poc: dues mentides petites, tres silencis útils i una
set antiga fent soroll sota la taula. Quan em va dir “sigues amable”, vaig
entendre una altra cosa. De vegades l’amor no arriba com una promesa, sinó com
una súplica mal dissimulada. I tothom, tard o d’hora, vol que algú li digui que
sí amb el cos sencer.

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