MASTERCLASS
Nos hicieron bajar al salón de
actos a las once. Dijeron que venía “un referente para la juventud”. Esa frase
ya traía dentro fluorescentes, PowerPoint y café de máquina, pero bajamos
igual, arrastrando mochilas, acné y sueño.
En el escenario habían puesto
una pantalla gigante, dos focos y una botella de agua con la etiqueta bien
girada hacia delante, como si hasta el agua quisiera salir en la foto. La
directora sonreía con esa alegría administrativa que solo aparece cuando hay
cámaras. A su lado, el invitado: un chico de dientes perfectos, bíceps de
gimnasio y vocabulario de ascensor. Famoso por hacerse vídeos diciendo que
madrugar, visualizar y quererse mucho eran la clave del éxito.
—Yo no leo —dijo entre risas—.
Para aprender, la calle. Y para triunfar, actitud.
El salón de actos aplaudió
como si acabara de citar a Séneca.
Un profesor de Filosofía,
interino, sentado en la última fila, bajó la cabeza. Lo vi porque estaba a dos
asientos de mí. Tenía la americana gastada en los codos, ojeras de corregir
exámenes y esa dignidad algo derrotada de los hombres que todavía subrayan
libros con lápiz. Llevaba meses encadenando sustituciones, cobrando tarde y
mal, y aquella misma semana le habían dicho que quizá en junio no renovaba. En
otro país, pensé, a ese hombre le habrían dado una cátedra. Allí le daban una
silla plegable y un silencio educado.
El chico del escenario siguió
repartiendo frases como quien lanza caramelos en una cabalgata.
—La cultura está
sobrevalorada. Hoy todo está en internet.
Otra ovación.
Una alumna de primero levantó
la mano y preguntó qué se hacía cuando en casa no había dinero, ni contactos,
ni tiempo para “emprenderse a una misma”, que fue la expresión exacta. El
referente la miró con compasión fotogénica y respondió:
—Mentalidad. La pobreza
empieza aquí —y se tocó la sien, muy convencido de su cerebro, que parecía
recién alquilado.
Hasta la directora sonrió.
Al terminar, le entregaron una
placa. “Por inspirar a nuestros jóvenes”. El fotógrafo pidió otra foto porque
en la primera no se veía bien el lema del instituto. Mientras tanto, el
profesor de Filosofía salió por una puerta lateral con una caja de cartón entre
los brazos: dos libros, una libreta, una taza desconchada, un jersey para el
frío del aula.
Nadie le hizo fotos.
Los chicos se fueron
repitiendo las frases del escenario como si fuesen un himno. El hombre que
sabía pensar cruzó el patio solo, con los hombros un poco vencidos y la caja
pegada al pecho, como quien rescata lo poco que aún no le han quitado.
Entonces entendí que la
mediocridad no gana porque brille más.
Gana porque cobra entrada,
pone focos y consigue que el talento salga por la puerta de servicio.
«Los países poco armados
pueden ir a la guerra con la misma facilidad que los armados hasta los dientes,
si no se eliminan las causas habituales de la guerra.» (Ludwig Quidde nació el 23 de
marzo de 1858 para ser premio nobel de la Paz en 1927; le dio tiempo, además,
de exiliarse de su país, Alemania, cuando los nazis alcanzaron el poder. Como
todos los premios nobeles de la Paz se sentiría muy decepcionado al ver como no
hemos eliminado las causas de la guerra. Hay hasta quién se inventa esas
causas)
Ric Ocasek que era el cantante del grupo The Cars, cumpliría hoy 82 años. Llegó con su coche, despeinado, polvoriento y con 6 hijos de 3 matrimonios, hasta los 75.
El copilot
Ell conduïa com estimen els covards: sense mirar gaire,
però exigint fe.
—Confia en mi.
I ella, que ja tenia una edat i prou ferides per no
confondre volant amb destí, va mirar la carretera negra, els llums trèmuls, la
seva mà massa segura.
—No —va dir.
Va baixar del cotxe enmig de
la nit. Feia fred. Feia por. Feia vida. Ell va marxar ofès, com marxen els
homes acostumats a ser porta i paret.
Ella es va quedar sola a la
cuneta, sí, però per primer cop no anava d’acompanyant.

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